Reto 11: Del podio al quirófano.

Argumento:

En el día de su graduación, un fuerte dolor llevará a Eduardo desde el podio hasta el quirófano, del que tal vez no salga con vida.

 

Trama:

1)   Establecimiento de salud: En espera. Dolor intenso.

2)    Recuerdos: Día de graduación. Preparativos.

3) Atención: Atención médica. Apendicitis. Operación de emergencia.

4)    Taxi: No hay ambulancia. En taxi hasta la clínica.

5)   Quirófano: No hay tiempo para riesgos quirúrgicos. Intervención directa.

6)    Recuperación: Despierto. Llevado a casa.

7)    Fiebres: Fiebres leves. No hay rastro de infección. Esperar.

8)    Alta: Los síntomas remiten. Alta definitiva.

 

Texto:

No me lograba mantener en pie, mi vientre estallaría en cualquier momento. Miraba el piso en cuclillas y con el puño apoyado en la pared del establecimiento de salud al que mi madre me había llevado mientras esperaba atención. Una mano invisible me estrujaba las entrañas con un placer sádico que me tenía al borde del desmayo, como si alguna criatura extraña devorara mis intestinos poco a poco, bocado a bocado, centímetro a centímetro… La boca se me resecaba y el sudor me congelaba la frente. Yo no tenía que estar ahí, no aquel día… ¡Era injusto! Debería estar vistiendo mi toga, recibiendo mi diploma, besos, aplausos, abrazos…

Ese día me graduaba. La tarde anterior había estado haciendo los preparativos con el pecho henchido de satisfacción. Tenía la ropa que usaría, había hecho los pagos y realizado los ensayos para la ceremonia. Se supone que debía levantarme brillante esa mañana, esbozando una sonrisa, derramando alguna lágrima por haber vencido los largos y duros años de la vida universitaria. Pero no…, todo cambió. Como paga obtuve un dolor en el abdomen que me quitó el sueño al clarear el alba y en vez de asistir a la ceremonia quizás terminaría yendo a un hospital.

Mi madre me tocó el hombro, era mi turno. El médico me recostó en la camilla e inició un ejercicio de tacto en el estómago que me hizo estallar en gritos. Era apéndice, evolución rápida y desfavorable, con menos de un par de horas para operar… Levanté el rostro. ¿Operar? ¿No sería alguna pastilla y ya…? Mi ilusión se terminaba de ir por la borda, pero todavía faltaba más: no podrían intervenirme allí, tendrían que llevarme a una clínica, y no tenían ambulancia.

Tampoco había tiempo.

Mi madre tomó un taxi y emprendimos la marcha. El trayecto se hizo eterno, calles, postes y árboles se sucedían infinitamente. Todo mi tórax palpitaba e incluso las inhalaciones empezaban a dolerme. No habría graduación y ni siquiera tenía el consuelo de algún analgésico. Llegamos al lugar, el descenso fue rápido: silla de ruedas, bata, camilla, nuevo tacto y más gritos. El cuadro no era favorable y podría evolucionar en una peritonitis fulminante, así que se tendría que operar sin hacer pruebas previas ni riesgos quirúrgicos. Mi respiración se entrecortaba y cerraba los ojos…, en vez de mi graduación podría terminar asistiendo a mi velorio.

Las luces se sucedían una tras otra sobre mi rostro mientras que la camilla que me trasladaba traqueteaba rítmicamente contra el piso. Entré a sala. Un hombre con bata verde me colocó una mascarilla y me dijo que inhale profundamente. Otro sostenía el bisturí y lo empezaba a apoyar sobre mí. Al fin el dolor empezaba a desaparecer junto con los médicos y las luces. Dejé de sentir mi cuerpo y me quedé dormido.

Al abrir los ojos tenía el techo justo encima de mí. Las paredes daban vueltas y las voces se escuchaban graves y pausadas. Tras unos minutos lograba distinguir a mi familia, aunque el médico indicó que pasaría la noche allí y que me daría de alta al día siguiente. Las horas se sucedieron en un recorrido procesional; en la clínica se escuchaban gritos, llantos y susurros a lo largo de toda la madrugada. Al día siguiente por fin estaba en casa, pero el problema no había terminado. Con el transcurrir de los días aparecían fiebres leves. Suspiraba apretando los dientes, ¿acaso no había sido todo? ¿Tenía algún tipo de deuda que el destino estaba cobrando con intereses? Procuraba relajarme, después de todo bien podría ser algún síndrome postoperatorio. Había sido mi primera intervención quirúrgica y no era razonable entrar en pánico. Los análisis de la biopsia no arrojaban nuevos signos de infección, así que solo quedaba extremar cuidados, seguir el tratamiento y sobrellevar los dolores.

Hasta que al fin, el proceso siguió su curso.

Con las semanas los síntomas remitieron y las fiebres desaparecieron. Descansaba sobre mi cama, mañana tras mañana, con el cuerpo relajado y la motilidad mejorada. Lograba permanecer más tiempo sentado, sentir la firmeza del suelo y sobrellevar caminatas más largas. Reía para mis adentros impresionado del hecho de que algo tan cotidiano pueda proporcionar tanta felicidad. Poco a poco volvía a ser yo, volvía a reiniciar mi vida, a tomar el aire en mis pulmones sin dolor… La dieta prescrita iba cambiando hacia alimentos más sólidos hasta que al fin obtuve el alta definitiva. No quedaron mayores secuelas, salvo el recuerdo del bisturí sobre mi piel, su brillo metálico, su filo que se perdía en medio de la anestesia.

Esa cicatriz me sigue hasta hoy.

Eduardo Burgos Ruidías.

burgos2099
Author: burgos2099

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    Bien argumento y trama. El texto falta corregir, quitar lo que sobra.

  2. Ana Elena

    Comprendí que hay que valorar cada minuto de nuestra vida.

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