RETO 10: Una fiesta con amigos

Año 2008. Transcurría un hermoso día de junio en Bagua Grande, ciudad del eterno calor como algunos la llamaban, por el inclemente sol que los azotaba casi todos los días del año. Ubicada en el nororiente del Perú, figuraba como nexo entre la costa y los pueblos más profundos de la selva, lo que les permitía una posición privilegiada en comercio de alimentos, herramientas y otros productos.

Crecía poco a poco, igual que el resto del país; en una década de cierta estabilidad económica después de los horrores vividos durante el terrorismo. Ni la malicia, ni la contaminación o el desarrollo tecnológico habían llegado todavía a la pequeña localidad.

Por la avenida principal caminaba un grupo de jovencitas que apenas iniciaba la adolescencia. Emocionadas y nerviosas, se dirigían a la casa de una compañera que celebraba su cumpleaños. Las mototaxis hacían ruido sobre la pista, pero su alegría no era interrumpida. Sus mejores ropas, obsequio en mano y el corazón latiendo a mil; la tarde era prometedora.

La cumpleañera abrió la puerta y saludó con un beso en la mejilla a todas mientras recogía sus regalos. Ella, hija de comerciantes, era de las pocas estudiantes de su clase que podía permitirse celebrar un cumpleaños. Por eso era todo un acontecimiento.

Varios invitados ya habían llegado. Como era costumbre, estaban a un lado del recinto todas las chicas, con los caballeros al frente, guardando prudencial respeto. Más o menos a media tarde, los chicos se iban animando a vencer sus nervios y temores para invitar a sus compañeras a bailar. Lo más osado para ellos, era tener una pieza de baile muy de cerca, y al ritmo del reggaetón que estaba en pleno auge, menearse hasta terminar exhaustos.

Comenzó a sonar en el equipo Te quiero del cantante urbano Nigga. Los corazones se removieron, ¡era la canción romántica de moda! Un joven sobresaltado, se acercó muy nervioso pero veloz a la chica que le gustaba, antes de que alguien más se le pudiera anticipar. Los dos en la pista. Ella, ruborizada, se movía lento; mientras él, algo torpe, se esforzaba por enamorarla con miradas y sonrisas, entonando bajito la canción. Hacía poco que habían comenzado a enviarse correos electrónicos, con poemas y mensajes de amor, sin atreverse a confesarse en persona todavía. Quizás éste era el momento.

La fiesta crecía: murmullos, risas y bocaditos. Algunos se divertían más que otros, pero todos compartían la emoción: este acontecimiento sería comidilla toda la semana en el colegio.

La tarde caía. El sol teñido de naranja intenso se iba escondiendo al final de un hermoso cielo.  Poco a poco los chicos decidían irse.

Con las últimas luces del día se desplazaban por las calles, en medio de las risas y comentarios sobre la fiesta. Era hermoso el panorama. Perfecto. En ese tiempo en que la felicidad en sus vidas, solo dependía de una fiesta con amigos.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Oye, a Piura también se le llama la ciudad del eterno calor, qué loco no? Buen escrito!!! 😀

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