Reto 10: ¡Oh Patria tan pequeña!

¡Oh Patria tan pequeña!

Estoy en mi casa, tirada en la alfombra de la sala revisando unas cajas polvorientas. A mi derecha voy colocando lo que considero útil y valioso; a mi izquierda, lo que deseo descartar. Afuera ha empezado a llover y mis hijos no tardan en caerme encima como avalancha. La tarde de juegos, en el jardín, ha terminado debido al aguacero; ahora lo más interesante es unirse a mi expedición. Sin preguntar, empiezan a sacar lo que a cada uno les llama la atención. Mi hija ha encontrado un álbum de fotografías impresas y, mágicamente, queda inmersa en las imágenes que contemplan sus asombrados ojos. Su hermano menor se le une con rapidez para empezar a bombardearme con sus curiosas preguntas. De pronto, sus vocecitas se emocionan al descubrir que viajé en avión y conocí la nieve. Quieren saber más, y me piden que les cuente todo, sobre esa aventura, y el por qué, ellos, no estaban allí.

Fue hace cinco años, en el 2015. Era época de verano en Panamá. La brisa y calor inundaba el ambiente. Era tiempo de visitar las playas y vacacionar. Ya estaba casada y tenía una hermosa bebé. Mientras cuidaba de mi hija, decidí estudiar una maestría y, justo ese año, debía volar a España para culminarla con una práctica profesional. Estaba emocionada, pero triste al mismo tiempo porque no podría viajar con mi familia. Me preocupaba dejarlos para ir a cumplir un sueño, una meta profesional; pues era poco frecuente que una mujer saliera del hogar para emprender y, en su lugar, el esposo se hiciera cargo. Sin embargo, tenía todo su apoyo y consentimiento, lo que me dio la seguridad suficiente para saber que estarían bien. Además, con la aplicación de WhatsApp en mi teléfono móvil, los sentiría cerca a pesar de la distancia. 

Pero, ahora surgía otro inconveniente, no teníamos dinero. Estábamos desempleados. A pesar de tener hasta dos títulos universitarios, se hacía difícil conseguir un buen empleo; a no ser que tuvieras palanca en el gobierno (que no la teníamos). Vivíamos con lo poco o mucho que le saliera a mi esposo: un diseño, algún plano y, pocas veces, una pequeña construcción. Sin embargo, nada impidió que siguiéramos con los planes. Con la ayuda y cariño de familiares y grandes amigos, conseguimos recaudar lo suficiente para comprar los pasajes de ida y vuelta en avión. Lo demás se iría resolviendo sobre la marcha.

Sin problemas, tramité el pasaporte y desplegué mis alas hacia el continente Europeo, aterrizando en España. Todo era nuevo, inmenso y hermoso. Un nivel sociocultural superior se reflejaba hacia donde mis ojos se posaran.

Me adapté rápidamente al cambio de horario, al frío y a mi rutina. Todos los días atravesaba varias estaciones, en tren, para llegar al hospital, donde realizaba mis prácticas. Pasaba por la biblioteca, dos veces a la semana, buscando los textos que me recomendaba mi tutora. Me propuse aprender todo lo necesario para implementarlo, luego, en mi país.

Durante mi estancia en España, disfruté y aproveché cualquier oportunidad de crecimiento y aprendizaje. Visité museos, recorrí las principales atracciones de Madrid, toqué la nieve por primera vez y compartí con personas grandiosas.

Un día, mientras hacía transbordo en la fría estación de Atocha, me sonreía al pensar quién era yo y de dónde venía. Una mujer de campo, sencilla, un tanto temerosa, proveniente de un país pequeñito del cual solo conocían por su famoso canal. Ahora parada allí, decidida, segura y viviendo sus sueños ¡Ni yo me lo podía creer! Pero, era una realidad y la estaba disfrutando al máximo. Extrañaba mucho a mi pequeña hija y esposo, pero sabía que esto iba a cambiar el rumbo de nuestras vidas para bien.

Así, fueron pasando los días, llegó la primavera y, con ella, el retorno a mi hogar. Nunca había visto tan marcadas las estaciones porque en Panamá solo hay dos temporadas, la lluviosa y el verano. Una parte de mí quería quedarse allí, y otra anhelaba regresar.

Mi gran amiga, Margarita, me acompañó al aeropuerto para despedirse de mí. Solo fue un hasta luego, porque pronto volvería con mi familia para que conocieran y vivieran por ellos mismos esta inigualable experiencia.

Las once horas de vuelo, se hicieron eternas. Al llegar a Panamá, mi pequeña patria, solo quería estar con mi bebita. Pero aún nos separaban 7 horas de viaje por carretera. A pesar del cansancio, decidí comprar mi boleto rumbo a Chiriquí, mi tierra. Logré dormir un poco en el trayecto y, entrada la madrugada, llegué a la terminal. Qué emoción, el corazón quería salirse de mi pecho. Me estaban esperando. Allí estabas tú, mi pequeñita, dormida en brazos de tu abuela. Te cargué suavemente, abriste tus ojos y me sonreíste. Al fin estaba completa. Tu papá, tú y yo.

Mi hijo pequeño me interrumpe preguntando ¿y yo mamá? Todos nos reímos. Lo abracé y susurré en su oído: tú no habías nacido, mi amor. 

-Saranyi Drisselley-

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Esta entrada tiene 4 comentarios

  1. romina

    MUy bien la redacción, en marco temporal nos faltaría un poco más, pero el texto super.

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