Reto 07: Machete

El 15 de septiembre del 2009 viví la tercera guerra mundial. Recuerdo la fecha exacta, y hasta la hora, porque estuve a punto de convertirme en aquello que me prometí no ser. Como cuando Anakin se convirtió en Darth Vader, y Obi-Wan argüía con él para hacerlo desistir.

Me dirigí al salón de clase nervioso por la prueba que de antemano ya habían anunciado. Aunque había estudiado para el examen de historia, no me sentía seguro. Siempre me costó memorizar las huellas dejadas atrás de las naciones. Ni siquiera las de mi país, Colombia. Cuando entré, aterricé en mi pupitre con dificultad. Era un lugar difícil para aterrizar el helicóptero. El terreno no me era familiar. Matemáticas, arte, y hasta idiomas, eran lugares conocidos, pero no historia. Había escuchado en clase recuentos de guerras antiguas, pero no sabía que la peor de todas estaba alzándose frente a mí; tan cerca, tan quemante, tan cruda… Descendí a evaluar la zona.

Instalado en mi asiento, el profesor se acercó al primero de mis compañeros con un ruple de hojas en sus manos, veinticuatro en total, y sentenció: “no las volteen hasta que haya entregado a todos”. Pasó puesto por puesto haciendo la entrega debida, y anunció: “ya pueden comenzar”. Se escuchó el raspar de las hojas con la madera del brazo de los pupitres, y el tiempo comenzó a correr. La tensión tomó su lugar.

Habían solo dos preguntas. La primera fue sencilla de responder. Por el contrario, la segunda, me apretaba los sesos. “¿En que fecha comenzó la primera guerra mundial? Año, día y mes”. “1912, 1914, 1915, 1917”, pensaba yo. Mi mente vagaba en números sin hacer pausa. “Uno de estos debe ser el año, pero aún si resolviera el año… ¡Ah!, ¿el mes y el día?” La angustia y el agobio me carcomían. De repente los matorrales en frente de donde había estacionado el helicóptero comenzaron a sisear. Cayeron gotas de sudor de mi frente al pensar en qué pudiera estar haciendo ese turbio sonido. “No puede ser lo que creo”, me dije. “No puede ser…”

Un hombre con un machete en sus manos salió de los arbustos; salió de la sombra de la selva tenebrosa a traer un mensaje del mal. “Toma, Miguel, el machete”, susurró un compañero que estaba en el asiento próximo al lateral mio, “cópiate”. Sobresaltado, lo miré con alerta tremenda, y en seguida volteé a ver hacia la mesa del maestro. Estaba despistado leyendo el periódico. Miré de nuevo a mi compañero. “¿Qué?”, le dije. “¡Que te copies…!, toma”. Extendía un papel pequeño en su mano por debajo del brazo del pupitre. Ahí estaba anotada la respuesta que me hacía falta. Mi boleto de salida. “Foruts…”, susurré su nombre, y antes de decir algo más, mi cuerpo se paralizó.

“No puedes hacerlo”, pensé, “Miguel, no puedes, no fuiste creado para esto”. “Vamos, es solo… un machete, ¿qué más da?”, me respondí a mí mismo, “solo será esta vez”. Las pepas de los ojos de Foruts me miraban fijamente sin vacilar, y me hacía señas con las manos para darme prisa a tomar el papel. El hombre que salió de los arbusto me miraba fijamente, y el filo del machete brillaba enceguecedor; sus ansias de sangre eran notables; me quería matar. Un amigo en el helicóptero me gritó: “¡Corre, Miguel, corre! ¡Regresa ya!” El temor me invadía, mis piernas temblaban. “¡¿Qué pasa?!”, pregunté desesperado. “¡Si no te devuelves ahora estás acabado!”, me decía. El hombre del machete se acercaba.

Estaba a solo un metro, a solo una extensión de brazo, de poder ganar el examen y pasar la nota. Para ello ¿valdría el costo de traicionar mis convicciones? “Si no lo tomas perderás la materia y te castigarán, te privarán de aquello que te gusta hacer, de salir, de divertirte, del placer del entretenimiento del mundo que te rodea”. Todo se escuchaba tentador. Dejé de escuchar a Foruts, dejé de escuchar los lapices de mis compañeros rayar el papel, el sonido de las manecillas del reloj desapareció y solo escuchaba a mi amigo en el helicóptero, y veía al hombre asesino delante de mí. La visión de él me absorbía infundiendo temor. Todo a mi alrededor se ralentizó. Movimientos tenues salían de mis manos. “¿Lo tomo?, ¿no lo tomo?”, pensaba. “Solo será una vez… No volveré a hacerlo más”. El hombre del machete se acercaba cada vez más a mí. Su mirada fría me apretaba la garganta.

“No”, sentencié para mis adentros. El hombre se detuvo sorprendido. Miré fijamente a Foruts. Mi mirada penetró en la suya hasta cavar hondo en su alma. Frunció el ceño. Yo fruncí el mío aun más. Negué con la cabeza. Su rostro palideció; parecía no entender. “No”, musité, con voz casi imperceptible, pero con un movimiento de labios claro. “Ni para agradecerte…”, pensé. El hombre del machete enfureció con ira explosiva y emprendió una carrera hasta mí. Como pude, me giré sobre el eje de mi cuerpo y corrí con fuerza hasta el helicóptero. “¡Cierra la puerta apenas salte!”, grité a mi amigo, “¡no acabaré acá!” Ya la guerra la había ganado, pero aun debía llegar al lugar seguro. “¿Estás loco?”, me preguntó Foruts en silencio, “¡perderás la materia…!”. “Perderé la materia”, me dije, “pero nada más”. 

“Maestro”, solté, levantándome de mi asiento. “¿Sí, Miguel?”, preguntó. “He terminado”, contesté. Marché hasta mi profesor y puse la hoja de mi examen en la mesa. “El segundo campo está vacío, Miguel”. “Lo sé”, contesté. “¿Entregarás la prueba así?”. “Sí, señor”, contesté. “Corres el riesgo de perder la materia, ¿lo sabes?”. “Sí”, conteste. “Y, bien, ¿por qué no lo terminas?”. Apreté los dientes y respondí: “No conozco la respuesta, maestro. No sé cuando inició la guerra. Aunque pierda la materia, no estoy dispuesto a perder la guerra del 15 de septiembre del 2009 que se libra en este preciso momento”. El profesor me miró extrañado. “No tiene que entenderme”, le dije, “hice mi mejor esfuerzo anoche en casa. Leí y releí las lecciones y los libros, y no pensé que me fuera a encontrar con algo tan especifico. La verdad es que no recuerdo la fecha y nada puedo hacer para pasar el examen a no ser que haga machete. Pero dicho asunto no es contemplable de ninguna manera correcta”. El profesor, tratando de entender, pausadamente soltó: “Está bien, Miguel, comprendo”, se acomodó los lentes, “comprendo…”. Guardó el papel en su carpeta y volvió su mirada a mí. Asentí con la cabeza. Bajé la mirada al suelo, una sonrisa se me escapó. “Gracias, profe”, dije. Y estando ya dentro del helicóptero, mi amigo arrancó lejos del hombre con el machete. Estábamos a salvo. Cuánto cansancio, cuánto sudor…

wnavarrojr
Author: wnavarrojr

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. Jesus Can

    Me imaginé tu historia como si la estuviera reviviendo. Me rei mucho.

  2. romina

    EL ritmo, el uso de la voz interior muy bien e incluso la escena que elegiste. Ahora recuerda que la anécdota es algo que se supone le ocurrió a alguien, se vale la fantasía pero la forma en que introduces el matorral, el helicóptero es algo confusa. Si entiendo el paralelo que deseabas hacer, pero falta algo que nos traslade de manera menos brusca a esa imagen.

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