Reto 06: Espiral hacia abajo, mirada hacía Él

Hola, @lisianamillo, Leslie León.

En octubre de 2012, cuando tenía dieciséis años, un amigo publicó un libro de poesía. Se llevó a cabo una pequeña gala en un centro de eventos de la ciudad. Ese día fuimos invitados varios compañeros de él, del colegio, y aun maestros, si mal no recuerdo. Recitó unos cuantos poemas, hubo música en vivo y al final, un bufé con un hilera de copas de champaña y vino.

Cuando la ceremonia acabó, pasamos a brindar por el éxito de nuestro camarada. Nos acercamos a las mesas y agarramos cada uno una copa. Yo nunca había tomado ninguna clase de bebida alcohólica. No sabía cómo se ingerían, no sabía cómo se tomaban. Solo sujeté la misma que los demás, creo que champaña, y di un sorbo. Luego otro, y después otro más. Pensé que estaría bien tomar una bebida con alcohol por la ocasión; el festejo del logro de un amigo. Ademas, la champaña es elegante, pensé.

Quise probar el vino, y antes de darme cuenta, ya había bebido un par, y unas más de champaña. Y perdí el control de mí. Estaba ebrio. Y pensé que se sentía chevere estar así. No cohibido por nada. Suelto. Libre… Me reía con mis amigos, hablábamos pesadeces y nunca me sentí tan eufórico. Hasta les dije que teníamos que repetir eso cada fin de semana, y es que nunca lo había experimentado. Pero minutos después, tuve que ir al baño, y mis compañeros, tuvieron que guiarme porque mis pies se cruzaban entre sí y casi que me caía. Ahí iba yo, sin control de mí, fuera de mí. Me dejaron en el baño y se fueron riendo.

Qué genial se veía todo hasta que me vi al espejo. “Alegre” por fuera, pero roto por dentro. Ver mi rostro, verme a los ojos, fue una golpiza. Un resquebrajo en mi alma. Me dije a mí mismo: “ese no eres tú, wulfran; ese no eres tú”. Con un conocimiento religioso hice, tal vez, mi primera oración al cielo: “Señor, para mis padres eres real; sé real para mí” (pues de niño siempre me llevaron a la iglesia). Y me fui, con el alma hecha pedazos. 

Decidí ese día comenzar a ir a una congregación, y lo hice. Pronto dejé de hacer muchas cosas que antes hacía, y las cambié por otras que por fuera se vieran moralmente correctas, pero siempre volvía y fallaba una vez tras otra a Dios. Alguno pensará que lo del día de mi amigo me dolió tanto tal vez por un sentido de “fallarme a mi mismo”. Y a lo mejor es cierto. Puede ser que por eso me susurré que “ese no era yo”. Pero el asunto es que ese día comenzó la espiral hacia abajo, descendiendo las escaleras hacia el piso más bajo de mi corazón, solo para encontrar otros escalones hacía un sótano, y luego otro, y después otro y otro y otro y otro… hasta llegar a ver quién realmente soy. Ese es el verdadero dolor de mi vida. Un paso errático tras otro revelando mi rostro real. Si me preguntaras por un gran dolor en mi vida te diría que toda mi vida es el dolor completo. El conglomerado entero de mis acciones.

En esta historia no verás mi “resurgir de las cenizas”, o el cómo “me vencí” y salí adelante. Porque, seré sincero contigo: nunca hubo nada que yo pudiera hacer por mí, para rescatarme. Cristo me salvó. Yo iba a un templo, pero Él vino a mí. En esta historia solo hay y habrá un héroe: Jesús de Nazaret.

Déjame y te explico. Seguí yendo a la iglesia por mucho tiempo, pero seguí fallando terriblemente. Conocí de Dios, supe que Él no puede tolerar el pecado, y resulta que su Palabra dice que todos hemos pecado, entonces no estamos en paz con Él; nadie. Una cosa es tener esta información, otra es asimilarla. No fue hasta que ese “ese no soy yo” en aquel baño, se convirtió en “ese sí soy yo”, que pude clamar en misericordia a Dios por Su ayuda. Cuando no solo conocí de Dios, sino que conocí a Dios, cara a cara, al leer su Palabra con determinación, pude ver con claridad quien es Él y quien soy yo, y en mi angustia, Él vino. Por un pecador arrepentido, Él vino. Y no las leyes o los mandamientos de una religión me salvaron de mis pecados, sino el Dios que se hizo Hombre y murió en una cruz, recibiendo el castigo de Dios que tenía que venir sobre mí. Cuando me dijo que solo por la fe, por creer en ese sacrificio, por creer solo en su Hijo, era perdonado y aceptado delante de Él, fui salvado, y mi vida rescatada por su amor. Su amor sí que me salvó. De mi pecado. De mí.

Y ¿cómo vivo ahora? ¿Cómo enfrento la vida? Con confianza. La confianza de que soy Suyo. Mis fuerzas son tan cambiantes que no podría estar seguro en ellas. Pero su brazo no ha de soltar a los Suyos. Un día me siento victorioso sobre el pecado y otro día no. Cuando peco me duele horrores, ¡pues es contra el que derramó su sangre por mí!, pero, ¡qué descanso!… qué descanso saber que estoy en las manos del Rey que todo lo puede vencer, y que ya venció. Todos mis pecados los pagó. Entonces me arrepiento, dejo eso atrás y sigo luchando. Nada me puede separar de Él. ¿Qué he de temer? Eternamente mi vida asegurada en su regazo, vivo esta vida alegre para Él. Su amor me va cambiando. No reglas. No busco hacer su voluntad, agradarlo y obedecerlo para ser salvo. Lo hago porque me salvó; por lo que hizo por mí. Su salvación no significa que no vaya a enfermar, o a sufrir, o a morir; pero sí que Él estará conmigo en todo ello, y en eso estoy seguro. Como un niño aferrado a la mano de su papá. Esperando el día de verlo y jamás separarme de Él.

Alguno podrá decir “ah, es eso; él dice que no salio adelante sino que fue salvado, pero es igual, encontró un refugio en una figura, o en la religión y halló motivación”. No. Esto fue un rescate, yo no intervine. No hay nada que yo pudiera haber hecho ni nada que podré hacer por mi cuenta, Leslie. La religión me pudiera haber dado normas para apaciguar mi conciencia con un autoengaño nada más; pudiera aun cambiar mi vida externa, pero no mi corazón. Él vino. El Salvador, el Rey del universo vino a mi encuentro y me salvó. 

No me malinterpretes, Jesús no es un amuleto o un collar con una cruz para sujetarlo y encenderse en energía cuando ya uno no puede más. No. Jesús es el Señor. Jesús es Dios. Él gobierna todo lo que existe; no hay ninguna molécula en todo el universo sobre la cual Él no diga de ella: “Mía”. Oh, Él me levanta. Él levanta mis brazos cansados, en la oscuridad de mi alma Él levanta mi mirada hacia Él. Él pone fe en mí, y me lleva a colocarla en Él. Él lo hace todo, absolutamente todo, de principio a fin, y si no fuera así, no tendría nunca yo ni un ápice de esperanza ni tranquilidad. No puedo descansar en mis fuerzas, son inútiles. Si puedo continuar caminando en esta vida hacía mi única meta (Él) pasando todos los obstáculos y las pruebas que vengan de frente, es únicamente por Él. Unido a Él.

Mentiría si te dijera que he podido salir adelante por mí mismo, o que soy más fuerte. Cada día veo que soy más y más débil, pero miro al verdadero Fuerte, y Él muestra su poder en mi debilidad.

“El discípulo que se mantiene unido a mí, y con quien yo me mantengo unido, es como una rama que da mucho fruto; pero si uno de ustedes se separa de mí, no podrá hacer nada”. Juan 15:5

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Author: wnavarrojr

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. lisianamillo

    Gracias por escogerme! Realmente pude apreciar el cambio y el contraste entre el “tú que no eres tú”, y el “tú que sí lo es”. Abordarlo desde tu fe, lo vuelve un planteamiento interesante. Me alegro porque pudiste encontrar tu camino!

  2. romina

    EL texto lo llevas muy bien, siento que tu cierre se lee algo redundante, es una ontología, y está muy bien, pero como que da muchas vueltas en lo mismo.

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