Reto 04

Examen. Lapiceros emitiendo raspones opacos en su agónica marcha, zapatos escolares golpeando rítmicamente el piso, hojas de evaluación raspando unas contra otras. Bien, Matemáticas… Tres preguntas conceptuales y una operativa que valía poco más de la mitad del examen. La típica pregunta cuatro, en quinto de primaria. Nuestras pequeñas cabezas giraban a la derecha e izquierda con el mayor disimulo que creíamos posible. Susurrábamos y hacíamos señales sigilosas con los dedos. Nada, todo perdido. La pregunta cuatro sin respuesta. Era todo, se acabó. Quedaba esperar el reloj. Reprobaríamos y nos quedaríamos castigados en nuestras casas, restringida la televisión y prohibidos dulces y postres. Los zapatos seguían golpeando y nuestras manos sudando. Las piernas se movían de manera compulsiva. El avance del segundero envenenaba el aire. El profesor observaba regodeándose en nuestro dolor, como los grandes señores feudales de nuestras clases de Historia. Por fin, una esperanza: Edgar la había resuelto. La transcribía en papeles y los pasaba poco a poco. Hombre, era el mejor, nos estaba salvando la vida. Hábil para las letras y rápido con los números. Los chicos le celebraríamos en todos nuestros recreos y las niñas le cubrirían el rostro completo a besos. La alegría se esparcía lenta, subterránea, como una ola que se acerca del fondo del mar a la orilla. Los papeles con la respuesta circulaban poco a poco. Manos alegres y lapiceros ágiles nos anunciaban vencedores. La pregunta cuatro había sido destruida y el profesor feudal derrocado. A los pocos minutos yo también tenía la respuesta. Había algarabía opaca, lágrimas y sonrisas. Se acabaron los castigos, salvaríamos el bimestre. Todos marcharíamos en victoria con Edgar a la cabeza. Nuestras madres nos felicitarían y el profesor lloraría humillado. Al fin, tiempo cumplido. Entregamos nuestras hojas. Traquetearon los pupitres y salimos a nuestras casas.

Fue una apabullante victoria, pero del señor feudal.

Caímos en batalla, una verdadera masacre. Reprobados frente y fondo, diestra y siniestra del aula. Sin postres ni televisión, dulces ni juegos por semanas. Aquella mañana nos miramos confundidos. Edgar salió corriendo al momento del recreo.

Así, desde aquel día, todos dejamos de copiar.

Eduardo Burgos Ruidías.

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burgos2099
Author: burgos2099

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    La anécdota muy bien. En esta anécdota, se siente un abuso del punto seguido y se lee como telegrama. Falta conexión.

  2. Dulce Ruiz

    Me hiciste sentir el nerviosismo del examen, incluso aceleré la lectura, me gustó.

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