Reto 04: El Mohán

Ahí estoy. Fue un viaje interesante. O dos. No estoy muy seguro. Me parece a mí que fue solo uno, tal vez mis compañeros pudieran darme o no la razón, pero no resolveré la duda ahora. Lo importante es que fuera como fuese, fue como estar dentro de una novela de García Márquez. Una vez, si fue uno. Dos veces si fueron dos.

Era hacia algún pueblo dentro del departamento del Atlántico. Los buses iban repletos con estudiantes de tres o cuatro cursos, tal vez. Marchando por una carretera con llanuras arboladas, montes, y montañas a lado y lado. Verde por doquier.

Sé algo, el primer destino era algo macondiano. Y el segundo también. Aquí el dilema. El único valor que añadiría saber si fue uno o fueron dos viajes, es que haría más legendario el segundo destino. Ya te harás una idea de hace cuánto habrá ocurrido como para que me halle intentando recordar. Eran las épocas colegiales…

Llegamos a un pueblo. Estaba a la orilla del río, sin embargo, se alzaba por encima de él cerca de unos siete metros. El bus se detuvo en un lugar que no parecía central, pero más bien, uno de paso. Un lugar turístico. Aunque hay que decirlo, no tenía nada de fascinante. Era muy normal. Un docena de casetas, restaurantes y tiendas, una al lado de la otra en una hilera hasta un punto donde ya solo quedaban arboles y monte. Ubicadas mirando al rió, a unos ocho metros del precipicio, con espacio suficiente para un sendero de hierba desgastada por el paso de las llantas de carros.

Terminado el almuerzo, o esperándolo, un grupo de estudiantes de diferentes cursos encontraron un ring, una arena para peleas de gallos. ¡Macondo! Habíamos encontrado a Macondo. Debía haber sido allí donde el Coronel llevaba a su gallo a pelear. Pero ese día no había gallos. Solo una arena vacía. Lo que sí había era un tronco que se alzaba sobre los asientos que de manera horizontal cruzaba de extremo a extremo (Y cuando digo asientos, a círculos de piedra lisa no cómoda me quiero referir). No estoy seguro de si los jóvenes a mi alrededor sabían lo que era ese legendario lugar, algo mítico de la tradición, yo tampoco lo sabía, estoy seguro, y si me lo corroboraron no me causó mayor impresión. Pero ese tronco… Estaba tan bien sujeto al techo que podíamos saltar y engancharnos a él, y columpiarnos con los brazos. Ese día muchos cruzamos el tronco como monos solo para demostrar quien era el más fuerte. Si se soltaban, caían sobre la arena. Mataban gallos invisibles de un zarpazo. Pero si llegabas al otro lado te ganabas el respeto de todos.

Tal vez es que nunca había visto un ring para peleas de gallos lo que me llevó a sorprenderme años después al recordar ese momento. Lo cierto es que nunca más he visto uno. Qué cosas más curiosas las que tienen los pueblos. Desde luego, eso no era Macondo. Macondo no existe. Pero sin duda alguna, un lugar así debió avistar García Márquez una y otra vez.

Lo segundo fue la escalada vertical de un muro rocoso para salir por un claro en los metros más altos de una cueva. Después del almuerzo, el siguiente destino (sé que fue después porque cuando acabo esta segunda parte ya nos íbamos a casa), fue un monte selvático y húmedo, lleno de arboles que a lo mejor fueran ancestrales, y al cual para poder acceder había que cruzar un arroyo por un puente que tenía pinta de querer caerse. Estaba flojo pero no era inseguro. Cruzábamos de cuatro en cuatro. Yo grabé con mi celular. Para ese entonces la calidad no era muy buena, pero lo registré. Me gustaba registrar todo y tener el recuerdo. Mientras grababa a las personas gritaba diciendo: “El Mohán! El Mohán! Aquí es dónde vive!”. Pero no me escuchaba entre el griterío y escándalo de tantos. Obvio era molestando. La criatura es nada más que un mito. Pero de tal manera lucía aquel lugar tan fantástico y legendario, que gritaba aquello. 

Al fondo uno quedaba encerrado. La pared de la montaña se alzaba al frente y a los lados. No sabía qué ganaríamos con llegar hasta allá, pero fuimos. Saltábamos por medio de esa selva sobre peñones enormes y pequeños charcos y arroyuelos. Espantábamos los mosquitos que se metían en el camino. Yo, con el celular en la mano, grabando. El final de todo no era el final. Contrario a lo que creo que pensé en el momento, había un sendero que subía a mano derecha, a lo alto de la montaña. Algo resbaladizo por la abundante humedad. Tierra frágil y con cantidad impresionante de arboles que llegaban hasta el cielo en su margen. Y subimos un grupo de amigos que íbamos en plan “molestar”. Risas y bromas. Mientras subíamos, estudiantes y profesores que habían subido antes de nosotros iban descendiendo, agarrándose de plantas y troncos para no resbalar y caer. Tratando de pisar fuerte. Parece que no había mucho arriba, hasta que llegamos.

Había una pared de roca arenosa que marcaba el fin. Muchos se tomaron una foto allá arriba y luego bajaban. Pero no. El grupo de cinco o seis que iban conmigo descubrió una cueva al fondo. Una cueva iluminada en la parte superior. Y de alguna manera decidimos escalar. Era un agujero estrecho entre dos paredes, tuvimos dificultades para llegar a la cima. Algunos temieron, pero nos íbamos ayudando a subir. El que estaba arriba jalaba al que iba escalando, y el que estaba abajo le ayudaba a acomodar los pies. Cuando todos subimos, descubrimos que había más monte! Más arboles y el otro lado de la montaña adelante nuestro. Viendo la luz al final de la cueva, seguimos al claro y descubrimos la cima. Sé que era la cima verdadera de la montaña porque todos los matorrales y la vegetación, y la misma tierra iba de ahí en adelante en descenso. Ahí nos tomamos la verdadera foto. La verdadera cima. Escaladores. Héroes de nuestra propia aventura macondiana.

Mientras escalábamos, la gente seguía subiendo y bajando. No nos prestaba atención. Creerían que jugábamos, pero no. Bajaban y se iban. Lo cierto es que duramos un buen tiempo en nuestra travesía dentro de la travesía, y cuando estábamos allá arriba, reaccionamos y nos devolvimos corriendo. El camino de regreso fue difícil. Bajar no fue lo mismo. Tuvimos miedo y hasta resbalábamos, pero no caímos, gracias a Dios. Solo pensábamos en que ya nos habrían dejado. Y tan pronto todos bajamos de lo alto en la cueva, comenzó el descenso de la montaña. Corriendo y grabando. Saltando y diciendo del deslumbre que habíamos experimentado. Casi que resbalábamos, pero íbamos felices. No descubrimos un continente nuevo, ni nada más allá de lo normal, pero fuimos buscadores en una expedición. Y eso era algo nuevo en nosotros. Un mérito secreto no conocido por nadie más, sino nosotros seis o siete. Cruzamos los charcos, los arroyuelos, el puente colgante, matorrales, dejando atrás la aventura, la selva, la montaña que parecía encerrar a quién se metía al fondo, y con una sonrisa adelante. 

Cuando llegamos al bus todos empezaron a preguntar que dónde estábamos, que nos estaban buscando, que ya se iban a ir. Y nosotros con alegría que no podían comprender contábamos de nuestro hallazgo. No sé quién nos creyó, no lo recuerdo, ni sé quién se impresionó o no, pero algo sé, y es que no sé si fue un viaje o dos, si conté esto bien, cien por ciento tal cual como ocurrió, o me traicionan un poco las memorias en detalles específicos y menores, y tal vez mis compañeros pudieran sacarme de la duda después, pero sé que estuve allí, y fue fantástico. Ay, el colegio…

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Author: wnavarrojr

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Esta entrada tiene 6 comentarios

        1. wnavarrojr

          Yo pensé igual en dirigirme a ti jaja; aunque no pude hacer el reto hasta ahora, lo haré, estate pendiente. Me pasaré por el tuyo.

  1. romina

    En el vivo explicamos el PG nuevamente. Era UNA anécdota que dibujara en el lector una sonrisa. Piensa en el lector, en ser claro para él, tu inicio es muy enredado. Se vale hacer que el narrador dude, desvaríe, pero hay que hacerlo muy bien, para no soltar al lector.

    1. wnavarrojr

      Anotado. Intenté sacar una sonrisa con una forma de “epicidad” al final, como de transmitir un sentido de realización al lector.

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