Resultó ser el mejor de mis años

 

El sol ya se ha puesto y me he tomado el atrevimiento de romper la cuarentena. He salido de casa. Hace frío. Huele a lluvia. Necesito caminar un poco.

Quiero pensar a solas. Con el mundo de testigo.  Lo que ocurre en casa este último mes, me ha conmovido.

Llevo puestos mis audífonos, escuchando “Fly away”. Amo la mezcla de sonidos entre el piano y un chelo que libera melodías tristes. No es que me sienta así. Pero es similar a lo que ocurre en el país. Todos están asustados por la tenebrosa pandemia que azota al mundo. Sin embargo, yo me muevo sin temor en medio de tanto caos. Lo que ocurre en casa, este último mes, me ha conmovido.

Invité a mi padre para que pasáramos juntos esta cuarentena. El viejo accedió. Llegó a principios del mes y sigue conmigo.

Tengo que detenerme. EL cielo decidió bañarme. Hoy no lo he hecho. Veo un árbol muy frondoso y grande. Me colocaré bajo él.

El suelo es algo húmedo, pero las raíces me sirven de asiento. La melodía del chelo sigue acariciando mi alma. El cielo llora en mi nombre. Sabe Dios cuanto anhelaba una larga cita con el viejo.

Hoy en casa me dispuse a complacerlo con la comida que tanto le gusta. Cuando terminamos de almorzar, él levantó su mirada, pero no pudo alcanzar a fijarla directo a mí. Sus labios temblaban nerviosos, intentado darme una sonrisa y su garganta parecía querer liberar frases de agradecimiento.

Mi alma lo notó al instante. Papá no solo quería agradecer por la comida. Su corazón en ese instante latió al mismo ritmo que el mío. Había llegado el momento de aceptar el perdón frente a frente.

Lo miré fijo. A sus ojos. Sonreí. La armonía y complicidad era tanta que, nuestras vibraciones se complementaban. Estábamos descubriendo un nuevo lenguaje.

El viejo se sintió en confianza y me habló de su vida y sus dolores. Me sorprendió cuánto cargaba dentro, hiriendo su alma. Yo lo sabía. Él y yo no éramos tan distintos. Conversó de todo un poco, pasando por puntos de la vulnerable economía mundial y la crisis que la pandemia deja, hasta el golpe letal de la tecnología en las nuevas generaciones. Tocamos temas muy profundos y llegamos a uno aún más. La muerte de sus padres.

El viejo está solo en este mundo, pensé. Y en el interior de mi cuerpo lloré. Recordé que estaba pasando problemas fuertes y quería decirle que me estaba enfrentando a un problema legal, de ámbito penal. Sin embargo, lo vi tan libre soltando sus dolores, que no dije nada más y nada menos que un “te comprendo muy bien, papá, todo va a estar bien. Ya lo verás”. Su rostro se iluminó y el resplandor entró directamente a mi pecho. Sentí como viajó rincón por rincón dentro de mi ser, iluminando cada vacío. Fue el milagro que durante más de doces años pedí a Dios…

Empiezo a sentir frío, esta vez es más intenso. Gotas de lluvia caen sobre mi y se mezclan con lágrimas que brotan de mis ojos. Lo que ocurrió hoy en casa, me ha conmovido.

Afuera hay crisis, caos e incertidumbre, pero en mi interior encontré paz. Dios sabe cómo llevar a cabo sus obras. Y en medio de esto, sigue haciendo milagros.

Dhierich Jarwell Valderrama Núñez
Author: Dhierich Jarwell Valderrama Núñez

Vive el hoy. Mañana no es vida.

0

Dhierich Jarwell Valderrama Núñez

Vive el hoy. Mañana no es vida.

Esta entrada tiene un comentario

Deja una respuesta

13 + dos =