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Reflujo Gastroesofágico

Era el final de los años 60. Nací yo: una hermosa princesita con cabellos rizados, ojos inquietos, sonrisa traviesa, voz y expresión clara y sonora. En mi fantasía infantil volaba como ave, y mientras revoloteaban mis alas, tras el arco iris en el horizonte, entonaba dulces notas. Sí, amé la música, el canto y el baile desde muy niña. Claro está, era mi refugio en medio de la tormenta. Danzaba al ritmo del suave y profundo vals, vestida de traje color ensueño; la música se adentraba en mis oídos recorriendo cada célula y neurona, hasta invadir todos mis sentidos. Bailaba de forma mágica, casi que volaba. Mi alma era inquieta aunque las circunstancias familiares quisieran mantenerme cautiva.

Mi gusto por el canto era superior a cualquier espanto. Mis notas musicales elevadas a los cielos, eran mis sueños lastimados que a tan temprana edad, no podían crecer. Prefería ausentarme a través del pentagrama hacia armónicos mundos donde no existe el dolor. Cuando cantaba, emergía triunfante cual guerrero en batalla.

Se llegó mi mayoría de edad y a mis dieciocho ingresé a la universidad. Pero el camino escogido fue seguir mi sueño elegido; cantar en orquestas. Así pasé mis siguientes quince años.

Empezó a ocurrir algo en mi garganta, ya no cantaba igual. No lograba los tonos altos, carraspeaba continuamente, mi voz se volvía ronca. La molestia se hacía cada vez más intensa y molesta, pasé así un par de años. Busqué toda clase de especialistas. Me refirieron al gastroenterólogo porque me diagnosticaron reflujo gastroesofágico. De allí me enviaron a un neumólogo porque no tenía capacidad respiratoria. Al final me remitieron al otorrinolaringólogo.

Fue una nublada tarde, sentada en aquel consultorio. Me recorría un escalofrío generalizado por todo mi cuerpo. Mi corazón latía aprisa, las manos me sudaban, mi mente divagaba pensando y adelantándose a lo peor. Mis pensamientos absurdos fueron interrumpidos por el Doctor Candanedo, médico otorrinolaringólogo. Me habló con mesura, me dio confianza y luego me revisó con un laringoscopio, me hizo pruebas de movimientos de cuerdas vocales y lo que a continuación diagnosticó fue mi mayor dolor: Tus cuerdas vocales se han atrofiado, están rígidas, no tienen movilidad, jamás podrás volver a cantar. La tierra se abrió a mis pies, la respiración se me paralizó, sentí que mi mente estaba confundida, no tenía o no quería tener el alcance de entendimiento. Entré en negación. A los días caí en una gran depresión. Aquella herramienta que el Creador me dotó para alejar de mí la tristeza, me la estaba quitando poco a poco. Lloré, sufrí, me aislé. El desgano hizo eco en mí, la ausencia de mi voz me llevó al fondo mismo de un pozo profundo.

Reaccioné y medité. El doctor no tiene la última palabra. Tengo un Dios creador que sabe la funcionalidad de cada célula en mi interior, así que puse en sus manos mi problema, haciendo la parte que me correspondía.

Seguí el tratamiento ordenado más ejercicios vocales, mucho líquido, nada frío, nada caliente, todo temperado y reinicié con mis prácticas de canto. Mi garganta comenzaba a calentarse, sentía un agradecimiento profundo. Tuve más sonoridad en mi voz. La alegría empezaba a alejar a la tristeza y el temor. Mi voz fue volviéndose una conmigo nuevamente. Recuerdo mi primera canción después de aquel parangón. No puedo decir que recuperé al 100% mi voz, pero tengo mucho que agradecer a mi Poder Superior. Logré mi autorrealización. Mientras no cantaba escribí mi primera producción y la concreté a mis cuarenta y nueve años. Al primero que le compartí mis canciones fue a mi otorrinolaringólogo. No podía creerlo. Me elogió mi constancia y mi empeño, y reconoció que el único dueño del futuro es nuestro Creador.

Tengo en manos de mucha gente mi primera producción, en la cual le doy gracias a Dios por cada una de sus misericordias, porque es el Dios de las oportunidades y a mí me regaló una más. Gozo de lindos testimonios por parte de los oyentes que me hablan de la paz que les transmito. Recibo agradecida cada experiencia porque me retroalimenta y hoy yo puedo decir: Sí se puede. Cree, al que cree todo le es posible.

 Hoy sentada frente al mar siento la brisa acariciarme, el sonido portentoso de las olas, el vasto horizonte azul, la puesta magnífica del sol, esto me lleva a ser una con la naturaleza. Practicar canto en la playa, no tiene precio. Agradezco a Dios sus nuevas oportunidades.

Acerca del autor: Arianys Del Carmen Núñez

no cambiaría ninguna de las vivencias que he tenido, aunque dolorosas unas, y muy fuertes otras, pero, son ellas las que me han hecho ser mi mejor versión.!!!!!

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Comentarios

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arianysnunez

no cambiaría ninguna de las vivencias que he tenido, aunque dolorosas unas, y muy fuertes otras, pero, son ellas las que me han hecho ser mi mejor versión.!!!!!

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