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Redescubrirnos

¿Hace cuánto nos conocemos? El tiempo pasa rápido y yo aún siento que hay tanto por descubrir. A veces solo quisiera cerrar los ojos y que pudieras leer mi mente. Que me ahorraras las palabras y entendieras que con solo mirarme podrías desnudar mi alma. ¿Debo acaso explicarte cada uno de mis pensamientos?

Constantemente me pregunto si es posible que entiendas mis silencios, si cada palabra que pronuncio tiene ese efecto esperanzador con el que es concebida.  ¿Ha sido siempre así? O, ¿es hasta ahora, que veo mi vida, nuestra vida, en retrospectiva, que me doy cuenta que no hemos entendido la finalidad de nuestro encuentro? Porque siempre ha habido buenos momentos, alegrías, días mágicos y noches inolvidables, pero siempre ha quedado impregnado en mi alma el olor a soledad. Se me pega en los huesos como esa humedad que carcome la ropa guardada y provoca rechazo y malestar.

Y no es que sea una víctima. Al contrario, en ocasiones presiento que no importa el momento en que estemos juntos, queda una sensación de que ambos nos sentimos solos. ¿Nos falta apoyo? ¿Será acaso que nos hemos olvidado de ofrecer algo más que compañía y regalos? Dejamos de ver los colores de la complicidad que nos caracterizaba y nos llenamos de tonos monocromáticos para pintar nuestros días.

Ya no recuerdo la última vez que te escribí un poema. ¡Te hice tantos! Siempre pensé que al escribir te regalaba una parte de mi ser. Fueron pocas las personas que leyeron mis letras porque siempre tuve miedo al pensar que no eran valiosas. Pero contigo fue diferente desde el principio, y cada palabra que plasmaba en papel revelaba esa complicidad que nos ataba. No te he escrito más. Quizás he llegado a ese punto equivocado donde nos apagamos al pensar que ya no es necesario luchar.

Sí, creo que perdimos ese deseo de descubrirnos. De seguir percibiendo un rastro de novedad en cada acto que realizamos. Nos dejamos llevar por nuestros miedos, por las ocupaciones que se enmascararon de necesidad, por todos esos cansancios que no nos permitían disfrutar de unos minutos de sonrisas y charlas de amigos. Me sofoca el pensar que poco a poco le hemos dado más importancia a todo eso que tenemos y podemos adquirir, y hemos relegado todo aquello que podemos llegar a vivir. Los momentos pasaron a segundo plano solo por el hecho de sacarnos de nuestro conformismo. Por eso te escribo nuevamente. Recuperemos ese lazo que nos unió desde el principio. Me gustaría recuperar esa curiosidad que marcaba nuestros días.

No puedo negar que siempre hemos intentado mejorar, darle un vuelco a ese sillón de resignación, y ponerle unas ruedas que nos haga viajar más lejos y conocer todo cuanto deseamos. Pero el esfuerzo no es el óptimo. Llegamos a la conclusión, muy a menudo, que no importa cuánto se trate, el resultado será el mismo. Y la apatía nos gana; las dudas nos invaden de nuevo y preferimos continuar como siempre, con ese miedo a esforzarnos para poder comunicar con nuestros cuerpos lo que nuestras almas desean gritar.

¿Será más sencillo olvidarse de luchar? Posiblemente. Pero lo maravilloso de ser dos es que hay infinitas posibilidades de construir juntos, a pesar de lo difícil del proceso. Cuando uno crea que ya no vale la pena, siempre puede el otro detonar esa reacción que le haga despertar y encontrar la fuerza para abrir puertas, levantar cimientos, rediseñar planos y continuar con una visión nueva y esperanzadora. No es solo el hecho de darse la mano; es la voluntad de entender que, sin importar cuánto haya que luchar, siempre habrá una fuerza que te acompañe y te aliente.

Lo mejor es dejar de suponer y dedicarnos a re-descubrir con ojos de inocencia y sorpresa lo que hemos olvidado. No hacen falta las palabras, eso es cierto. Lo que debemos hacer es dejar que sean nuestras almas las que nos guíen; y que esos sueños que ya estaban por borrarse se conviertan en la brújula que nos marque el camino de nuestro reencuentro.

Eliecer Gutierrez Lopez

Soy costarricense, amante de la lectura y el fútbol.

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