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Memorias Amargas

Hoy amanecí con un sabor amargo en el corazón. Desperté con memorias muertas dentro de mí… y resucitaron. Soñé con él, con aquel que me abandonó, con mi padre, o más bien, con el señor que me dio su apellido porque padre nunca tuve.

El sueño sacudió mi cabeza, me recuesto y trato de analizar el pasado, no se oye nada más que las ligeras gotas que chocan contra mi ventana. Hace frio.

Me coloco boca abajo, estiro las cobijas y me tapo por completo, abrazo la almohada y cierro los ojos. Visualizo cada capítulo de mi corta vida, segundo tras segundo recorro hasta el rincón más escondido de mi mente.

Jamás crecí con una figura paternal a mi lado, desde que tengo uso de memoria nunca viví con alguien que me pudiera comprender de hijo a padre, y ahora de hombre a hombre. Nuca recibí un abrazo de fortaleza y tampoco estuvo alguien para consolarme, para enseñarme el mundo o para contarme anécdotas, esas que yo tanto necesité de manera especial.

De niño me tocó ver jugar a los demás con su papá, se lanzaban el balón uno al otro, los padres eran pacientes, los niños reían, y yo, incluso a mi corta edad, ya podía percibir el dolor de una ausencia.

Fue una etapa bastante obscura, recuerdo a mi mamá llorar todas las tardes, escuchando música triste, sola y sollozando en silencio. A mi hermano mayor siendo arrogante, transformándose en un adolescente rebelde y encerrado en su propio mundo, la soledad. Y a una pequeña en brazos que también nunca supo lo que fue vivir con un papá.

Era un caos total mi hogar, nos mudamos, las cosas empeoraron, y viajábamos sin rumbo alguno… me volví un niño callado, tímido, inseguro, desconfiado, etc. Crecí con un sentimiento de rencor casi involuntariamente; en la escuela me preguntaban por mi papá en los festivales y yo no sabía que responder, incluso, en ciertas ocasiones invente historias sobre un héroe que nunca existió, y mi papá imaginario fue el mejor, y los demás lo admiraban pero en el fondo sabía que nada era real y mi vacío crecía más y más.

Pasaron los años y de apoco me fui acostumbrando a estar solitario, taciturno, a no hablar con nadie y a resolver mis problemas por cuenta propia.

Mi mamá trabajaba todo el día y diario. Ella sola nos sacó adelante a mis hermano y a mí. Fue y es una guerrera, la admiro tanto, y eso me hizo recapacitar, vi todo su esfuerzo, se limpió las lágrimas y se puso de pie. Nos enseñó que una persona no es vital para ser feliz, a luchar por nuestros seres queridos con valentía y lo más importante, me enseñó a amar a Dios… sí, Dios se convirtió en el centro de mi pequeño universo, en Él encontré a un amigo, a un confidente y aun papá amoroso. No me da pena decir que lo amo sobre todas las cosas, que es mi principio y mi fin que gracias a Él soy lo que soy ahora.

Fue una infancia gris, muy diferente a la de muchos niños, pero similar a la de otros más. Fue duro no sólo para mí, sino para mi familia también. Pero todo ese dolor y todo ese rencor lo convertimos en fortaleza y supimos ser felices nosotros mismos, con dificultades pero juntos.
Aprendimos que seriamos los cuatro contra todos, y que si sólo había un plato en la mesa tenía que alcanzar para todos. Comprendimos que el amor familiar no se compone de cosas materiales, sino de paciencia, fe, pero sobre todo de esperanza y unión. Y esa es la lección que quiero dejarles a los de mi alrededor. Que amen a su familia tal y como son, con sus defectos y sus virtudes, con sus carencias y con sus atributos, porque estoy seguro que un hermano, una mamá, un papá o un tío y tal vez hasta un abuelo siempre estará contigo.

La vida es hermosa si sabemos apreciarla y muy bondadosa si aprendemos a perdonar. Se vale decir adiós a las persona que te llenan de malas vibras y di hola a los que te quieren ver triunfar, y mejor aún… triunfar contigo.

Los ruidos se hacen presentes en la habitación, de apoco abro los ojos, me siento en el borde de la cama, todos esos recuerdos estuvieron guardados por años, pero, es bueno sacarlo de vez en cuando. Llega a mi mente una frase que mi hermano me regaló y que jamás la podré olvidar: “familia, donde la vida comienza y el amor nunca termina”.

Afuera ya salió el Sol.

 

 

 

 

 

 

 

 

Acerca del autor: José Pablo Pérez Hernández

Joven escritor, poeta y futuro administrador.
Libro: "Siempre hay esperanza" te invito a leerlo, sólo mándame un mensaje y listo!
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JosePablo4

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