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Porque sufres, por eso aun te espero. Papá

PG: UN DIALOGO REVELADOR SOBRE RECLAMOS, AFECTOS Y SECRETOS FILIALES.

Papá se encuentra fuera de peligro. Ha sido atendido de urgencia en el hospital metropolitano. Una herida de arma blanca lo hirió en su pierna derecha. Abro la puerta de la habitación y me devuelvo pues ahí se encuentra esa mujer, la otra:

—Pasa hija, no te vayas.

—Vine a verte a ti. Yo regreso luego.

—Quédate, hija. Ivonne va a la farmacia —Obedece a mi padre y esquiva la mirada huyendo sobrecogida de cruzar a mi lado, escucho el cerrojo—. ¿Hasta cuándo van a tener esa actitud tú y tus hermanas? ¿No pueden perdonar acaso?

—Papá, ¿a qué viene tu reclamo? ¿Te hago mal acaso? Respeta mi forma de pensar. Ella tiene el lugar que se ganó.

—Le hacen mal a ella.

—Me hace mal a mí ver tu vida, en la miseria que has caído. Tú me importas…

—Yo la elegí a ella para que sea mi compañera, ella tiene más derecho a estar aquí —quiero creer que aún está bajos los efectos de medicamentos—. Ustedes ya son adultas y tengo derecho a reconstruir mi vida.

—Tú “reconstruiste” tu vida hace décadas… Papá, no vine a discutir contigo de “derechos” sólo quería saber cómo estabas. Veo que estas bien, mejor me marcho.

—Ella es mi mujer y deben aceptarlo.

Una punzada hincó mi interior.

—Tu vida debió haber sido a nuestro lado. A la pequeña de 12 que abandonaste, ya no se deja manipular. ¿Qué actitud debemos tener ante quien sólo quiere destruirte? ¿Cuál es tu propósito de abogar por quien ha traído desgracias a nuestra familia?

Cimenté mis principios y normas de vida haciendo exactamente lo contrario a lo él hizo. Sus ejemplos me hubieran lanzado al fracaso. Puedo perdonar sus errores y no juzgarlo por su autoridad mal ejercida pero no me dejaré caer en su mar de confusión y pesadumbre.

Me detengo de frente a él.

—¿Por qué? – es hora de hablar lo que jamás le he dicho. — ¿Crees que no sé lo que te ocurrió? Pudiste haber muerto…

—Mejor para ustedes, al fin me muero y todo queda ahí.

—Deja de hablar tonterías porque si tienes la oportunidad de estar aquí es para arreglar un poco todo el daño hecho. No estoy hablando sólo del pasado, es hora que te sacudas de su envidia y desidia. Tantos años y eres tan infeliz. ¿Qué reconstruiste? ¿Qué legado del cual te sientas orgulloso nos estas dejando? No te voy a cuestionar tu reacción ante el peligro sino tu insensatez de tapar la sinvergüencería que esa mujer ha llevado a su propio hijo a convertirse en un delincuente y tú lo has permitido en todo tu petulante y grosera manera de tratar. Yo no te conozco, fueron más los años lejos de ti pero eres mi padre y me es suficiente para estar cerca si tú quisieras. — sus arrugas marcadas más su cabeza de nieve y sus músculos flácidos me advierten sus días de invierno.

Ambos guardamos silencio por unos minutos, como asimilando lo que en el ambiente está volviendo denso. Parece aproximarse un ventarrón. Me levanto dirigiéndome a la ventana. Tal vez para evitar quebrantarme.

—¡Tienes idea de la herida profunda que hiciste al irte de casa! —es un día despejado y con un sol calicular, un heladero va pasando con su carrito—. Soy una adulta que aun lucha con la niña que descuidaste. La llena de temores, la que se quedó en un rincón y se volvió una fiera herida, la que reclama amor, tu amor, el amor de mi primer amor —un par de lágrimas ruedan —. Tengo momentos contigo, pocos, difusos, en diferentes etapas, ausente en grandes períodos. A veces me resultas un extraño. Hubiera querido que estés a mi lado siempre aunque te hayas separado de mi mamá.

—Tu mamá era muy prepotente.

—Y ¿tú?… Hasta cuando te excusas.

—Ya admití mis errores.

—Pero no los enmendaste, no te levantaste, no decidiste ser mejor por ti —me volteo hacia él encontrando su mirada—. Mi madre tenía sus defectos pero tú cometiste garrafales errores. De sobra puedo recriminarte tu desinterés por nosotros. Éramos tus tres hijas, tus cuatro mujeres. Si tu no nos protegías, entonces ¿quién?

—He visto padres peores. No somos el primero ni el último hogar desintegrado. Además, yo no espero nada de ustedes. Como ya te he dicho, el día que me esté muriendo no las voy a llamar.

—No hay padres peores sino el que cualifique una hija; sí importa que la ruptura de una pareja no sea la revancha por una patria potestad y sé que sólo una persona que no sembró amor, espera cosechar indiferencia —carraspeo, entono y prosigo —. Yo sí espero lo mejor de la vida y Dios no te dejará morir sin antes haber recibido nuestra compañía, amor y cuidados. Tú no te crees merecedor de lo mejor porque tu padre también te falló —su consternación le frena refutar ante un tema velado —. Y te incumpliste a tu promesa de no ser como él. No te diré que debes de perdonarlo esté vivo o no, se acuerde de ti o no, sea lo que sea que él haya hecho. Lo que partió tu alma: PERDONA porque no fue tu culpa así como no fue mi culpa que tú lo hayas repetido —exploto en llanto, respiro y me calmo—. Tus palabras minaron mi confianza y me hundieron en la depresión. Tu padre te hizo tanto daño, que me diste lo que de él recibiste y no tienes la más remota idea de tus cuántas balas he sanado pero la que aún me duele, es la de tu desdén… —como un parabrisas limpio mis mejillas—. Tan sólo quería escuchar una sola vez en tu existencia que realmente me habías amado desde siempre. Un “te amo” y un abrazo de papá.

Acerca del autor: Sara Murillo

Seria, formal pero muy soñadora. Introspectiva con momentos sociables. Me gusta el café, el milkshake y disfrutar con mi familia.

SARA INES MURILLO BALLADARES

Seria, formal pero muy soñadora. Introspectiva con momentos sociables. Me gusta el café, el milkshake y disfrutar con mi familia.

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