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Por todo espacio, por todo tiempo

Cuando llegué a este piso en el septiembre del segundo curso, todavía no terminaba de creerme que fuera a vivir en el centro de Madrid, el mismo centro que vi la primera de las muchas tardes que habría de pasar en esta ciudad.

No me lo creía. No por el absurdo pensamiento de “vivir en el centro” y todo lo que ello significa y conlleva, sino por lo caprichoso que ha sido el destino, me ha rodeado de contrastes.

La primera impresión que tuve del piso, siendo honesto, no fue buena.

Poco tiene que ver mi habitación de ahora con la habitación que vi al abrir la puerta blanca. Entonces era un lugar estéril de paredes blancas y desnudas con una cama baúl y una mesita de noche, nada más. Un cuarto triste. Ahora es eso y todo lo que he podido hacerle.

Las paredes se ven menos porque las he vestido de dibujos de mi hermanita y de mis niños de las prácticas en el colegio, de pósters de la lucha, de pósters de películas y también de anotaciones y de algún que otro poema mío, desperdigadas en papelitos sin seguir un orden aparente: donde queden mejor y donde pueda leerlas fácilmente. Las paredes guardan cierto parecido con las paredes de la cabina del Cine Paraíso, en sus paredes están los pósters de las películas que por allí han pasado, y en las mías están los pósters de las cosas que por mí han pasado.

Mandé a poner una repisa para mis libros, películas, videojuegos y figuras; desmantelé una puerta del armario empotrado para ganar espacio; instalé mi escritorio hecho de cuatro tablones de madera aglomerada y mi mesa de noche y poco a poco fui perdiendo metros hasta estar prácticamente acorralado por mis propios amores.

Como se trata de un piso interior las únicas vistas que tengo, que siempre he tenido, son las del patio interior común siempre solitario tanto de ropa entre las cuerdas de sus tendederos como de gente. Nunca he visto a nadie, solamente los he oído: abajo los estudiantes (como yo) con sus fiestas y sus derivados (no como yo), en frente un señor mayor con su tos, arriba un bebé con sus llantos no a todas horas pero sí a cualquier momento del día y en alguna parte personas que de vez en cuando conversan a cerca de temas banales tanto para mí como para ellos.

El máximo número de personas que han llegado a estar en este cuarto al mismo tiempo es de tres, y dudo bastante de que quepan más. Por aquí han pasado mis amigos más cercanos, mis primos, la casera, la compañera que vino y se fue, y tú.

Así es, tú has estado conmigo casi cada noche en esta habitación. Y cuando tú no estabas el silencio ensordecedor de tu ausencia, y la mía, era lo único que impregnaba el aire y tocaba cada pared.

Muy a pesar de ti en esta habitación he podido sentirme, y me siento, en el centro absoluto de mi propio universo. Aquí yo tengo el control, y el control de todo lo tengo a mi alcance. A veces pienso: no necesito más en realidad, si aquí tengo paz, si aquí me las he arreglado para ser feliz, y para no necesitar, ni querer, del mundo de allí fuera más de lo que tengo aquí, y de lo que no tengo aquí, lo más estrictamente necesario. Pero no tengo razón. Porque me has hecho mucha falta, porque imaginar que estás jamás será que estés de verdad. Porque aquí ningún momento lo he sentido compartido contigo.

Ahora mismo, son las 07:39 de la mañana de un miércoles que no es distinto a cualquier otro miércoles, o a cualquier otro día de la semana.

En el patio interior hay silencio, ya no huele más a café desde la cocina desde que mis compañeros de piso se han dejado de querer, también hay silencio en toda la casa, y en esta habitación lo hubiera de no ser por el rozar del grafito sobre la hoja de este libro y por el sonido de mi propia voz  que susurra “Pequeña serenata diurna”, de Silvio Rodríguez.

Esta soledad apenas soportable tan pronto por la mañana, me induce a pensar en que podrías bajarte del avión y pasarte por aquí algún día, estoy cansado de no escuchar más que mi voz de lobo herido y por ninguna parte tu respiración.

Si estuvieras aquí haríamos memorias con cariño, tal vez hasta con más, y luego te quedarías dormida, y yo contigo.

Tras unas horas el ruido del teclado y del ordenador te traerían suavemente de los sueños, y al despertar me verías a tu izquierda de perfil con la vista a veces en la pantalla, a veces en ti. Al tomar por primera vez aire respirarías el intenso aroma a café que volvería a pasearse por la casa porque entonces sería yo quien lo prepararía aunque solo fuese para ti. Al verte mirándome entre la sonrisa, y feliz, te diría <<Perdona si te he despertado. Buen día>>.

Tendrías todo a tu alcance, hasta mi amor.

Desayunarías conmigo más tarde, y no tendría que hacerlo yo solo ahora

Podrías aterrizar y cancelar todos tus viajes, al menos para escuchar mis te quieros, así pondrías fin a mi tedio, mi corazón volvería a latir queriendo, y sabríamos los dos qué se siente al estar… en casa.

Escribir es para mí una forma de estar vivo.

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