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Piel nueva

La poesía la había abandonado. No tardó más de tres días en irse después de que él se había ido. Ya no podía escribir. Sin las letras, ¿Qué se supone que haría con su vida?

No había espacio entre los renglones vacíos, su corazón estaba seco de inspiración. Así que no había problema, ¿no? Si no hay nada que llenar, entonces no necesitaba nada. Pero no era así de sencillo. La cosa era que el sentido no existía. Romina vivía y respiraba palabras, y si ya no las tenía, ¿Qué era eso que entraba en sus pulmones y la forzaba a respirar? Oxígeno, lo llaman. Esa mañana se giró en la cama, al otro costado, al que da a la ventana, traicionada por la rutina, solo para comprobar que estaba vacío y frío, porque no había un cuerpo que lo calentara, que lo llenara con su peso. Las cortinas estaban entreabiertas, a través de la ventana se colaba el primer rayo de sol del día. Entrecerró los ojos para despertar de la realidad. No lo logró. El sol calentaba sus párpados y la obligó a abrirlos, era hora de levantarse y hacer como que vivía. Se revolvió la maraña que tenía por cabello.

Un maullido constante era la música del ambiente. Se dirigió a la cocina a preparar el café que la haría asimilar un día más. El gato se paseó entre sus pies, una y otra vez ronroneando, exigiendo cariño y atención. “Y si yo también hubiera exigido la atención que merecía, ¿tal vez no se hubiera ido o solo hubiera acelerado el futuro?”, pensó, mientras mezclaba los ingredientes en su taza favorita. Untó mermelada en pan tostado y se quedó sentada, observando como el vapor se desprendía del aromático café. El gato volvió a maullar porque tenía hambre; Romina lo ignoro y devoró su desayuno. El reloj dio las ocho de la mañana, ya era tarde. Se dio un baño, el más largo de su vida. Porque se lo merecía.  Dedicar algunos minutos para ella, para hacer nada, para sentir el agua tibia de la regadera correr por su cuerpo. Los minutos pasaron y salió a la vida como por inercia. Porque tenía que hacerlo.

Los “Buenos días”, seguían siendo parte de la rutina, eso no había cambiado, esa parte y las demás ahí estaban, continuas, fluyendo como el agua sin obstáculos. Los amigos, el reír de los chistes que no entendía, reír aún más de los que sí. Fingir que no pasa nada cuando ellos preguntaban si todo estaba bien, que como seguía sin él.

—Pues aquí sigo…

—Sabes que puedes llamar a cualquier hora, ¿cierto?

—Cierto.

Ella solo decía que estaba bien, que no se preocuparan. Pero a cada instante se preguntaba, cómo era posible que hubiera sangre en sus venas, si se habían llevado su corazón. Otro suceso ilógico agregado a la lista de cosas que no tienen sentido. Y así como salió el sol, este se ocultó, dejando tras de sí un crepúsculo de hermosos tonos nacarados. Y Romina sonrió, por primera vez en todo el día, lo hizo de verdad. A ella le encantan esos colores, y ese momento del día, es lo único bueno de la partida de la estrella solar. ¿Y qué le dejó su partida?, se preguntó ella, mientras los coches y el transporte público se iban de paso. Él la dejó con una cama demasiado grande, la mitad del armario y el último cajón vacíos. Una taza solitaria, que ya nadie usa en la cocina y unas ganas de llorar que se quedaban a medio camino, ahogándola.

Llegó a casa y el gato aún exigía que lo alimentarán. Por fin cedió a sus deseos y fue inevitable no ver su imagen reflejada en el espejo. Y en un impulso, se cortó el cabello. Un vago intento de dejar atrás un pasado que no olvidaría. Ahora su cabello, también era parte del pasado.

—¿Te gusta cómo me veo? —le pregunta al gato, que solo la miraba fijamente mientras movía la cola.

Recogió su cabello del piso e imaginó que cada mechón, representaba un pedazo de lo que ya no tenía, un recuerdo que no valía la pena recordar. Ahí va, a la basura, el momento en el que se besaron en el pasillo de carnes frías del supermercado, y ahí va en el que veían una película acurrucados en el pequeño sofá de la sala. ¡Ay, no! También se va el primer beso, que lástima. Siempre habrá otros para recordar.

Sin apetito, sin nada que hacer, decide enfrentarse a la página en blanco. Transcurren los primeros treinta y cinco minutos, el cursor no deja de parpadear en la inmensa blancura de la pantalla. Aún no regresan. Algo hizo que ofendió a las letras, que también la abandonaron. Deberá hacer una búsqueda implacable si quiere recuperar algo que alguna vez tuvo. Y no, esta vez no se refiere a él. Si no a ellas, a las letras, las palabras.

Las estrellas habían aparecido en lo alto del cielo e iluminaban el rincón de Romina, la página en blanco amenazaba con salirse de la pantalla y devorarla. No parecía mala idea, pero ya era hora de salir del hoyo depresivo, saldría de la tierra como una pequeña semilla germinada. Sus pequeñas hojas buscarían el sol. Y volvería a florecer. Sí, eso haría. Explotaría la burbuja en la que ella misma había decidido aislarse del mundo, esperando que alguien se apiadara de ella, lo esperaba a él, pero no volvería, al igual que el pasado, igual que su cabello. Los impulsos eran los dueños de la noche. Romina salió de casa descalza y con su pijama de los jueves; bajó los escalones que la llevarían a la puerta principal y se fue a donde la oscuridad va cuando tiene miedo. Y deseó no encontrar el camino de regreso. Sin embargo, lo conocía demasiado bien como para olvidarlo. El mismo camino, las mismas cosas y las mismas personas durante muchos años, eran imposibles de ignorar. Comenzó a hacer un ligero frío, una brisa que llevaba hielo consigo, obligando a las criaturas nocturnas a esconderse, a refugiarse. Quizás ahí se encontraba lo que buscaba. En donde todo tiene miedo.

Lo que conocía dejó de existir. Ya no había camino, no había nada. La oscuridad se lo había tragado todo, excepto a Romina, que no sabía si estaba parada sobre algo o flotaba. Había conseguido lo que quería. No sabía dónde estaba. Y si bien, no encontró emoción para describir cómo se sentía, al menos el vacío de su pecho parecía haber desaparecido. Susurros comenzaron a inundar la nada. Eran demasiados como para ignorarlos, a pesar de que no estaban en un nivel de sonido alto, pero eran constantes. Y en un instante todo quedó envuelto en un repentino silencio otra vez. El frío se fue, solo quedaba el viento sin transmitir nada, o ella sin sentir nada.

—¿Por qué nos dejaste? —suena a una vocecilla casi infantil.

—¿Disculpa?

—Queremos saber porque te fuiste.

—Yo no me he ido a ningún lado. Aquí estoy.

—Ahora si estás aquí. ¿Pero porque te fuiste?

—Yo…no lo sé. Aquí estoy, ¿qué más da?

—Todo.

—¿Todo?

—¿Qué haces aquí?

—Yo solo quería irme.

—¿A dónde?

—No lo sé.

—¿Por qué no sabes? ¿Por qué nos dejaste?

—¿Nos dejaste? ¿Por qué solo escucho tu voz? ¿Dónde están las demás?

—Yo puedo hablar por todas.

—¿Y dónde están?

—No importa. Pero te pueden escuchar.

¡Las había encontrado!

—¡Fueron ustedes las que me abandonaron!

—Nosotras estábamos contigo…y nos ignoraste.

Se queda sin palabras. Solo se escucha el sonido del viento, que no existe. Romina camina sin rumbo, principalmente porque donde se encuentra no hay a donde ir, hasta que después de vagar sin sentido y en silencio; porque la voz se ha callado, se cansa, y como no hay nada mejor que hacer, se acuesta en la espesa negrura del lugar. No hace frío ni calor, como si no estuviera en ninguna parte.

—Esto debe de ser un sueño —se pellizca el brazo solo para comprobarlo. Le duele.

—No es un sueño, pero tampoco es la realidad.

—Creí que me habían abandonado otra vez.

—Siempre estamos contigo.

—Ya lo creo… ¿entonces porque no las encontraba?

—Porque tú no querías.

—Tonterías, ¡pasaba horas frente a la computadora y nada!

—Pero tú no querías escribir. Estabas ahí y al mismo tiempo no lo estabas. ¿Entiendes?

—¡Pero yo quería escribir! Si no para que me quedaba horas frente al teclado…

—Es evidente que no lo hiciste, ¿cierto?

—Evidente, claro.

Romina se deja caer de rodillas en el suelo oscuro.  Ahora ya no es una, sino varias voces que retumban en su cabeza, exigiendo una respuesta a la misma pregunta, una y otra y otra vez. A pesar del ruido, ella solo puede pensar en una cosa: el día que se fue.

La mañana era extrañamente fría y el sol se negaba a salir. Romina no se levantó de la cama cuando sonó la alarma, se quedó envuelta entre las sábanas protegiendo su cuerpo y pudo ver por la ventana entreabierta que seguía en oscuridad el exterior. Debían de ser 5:30 a.m. Incluso demasiado temprano para que él estuviera levantado, pero lo estaba. Sus pasos sigilosos, pero no tan silenciosos como los del gato, lo delataban. Se escuchó el ruido de las llaves al chocar entre ellas. Y el ruido de una puerta abriéndose y cerrarse casi de inmediato. No le dio mayor importancia, el sueño la estaba poseyendo, cerró los ojos nuevamente.

El sol empezó a filtrarse entre sus párpados, la alarma sonó y al abrir los ojos lo primero que vio fue la puerta del armario abierta y el interior medio vacío. Su ropa no estaba. Las emociones se le subieron a la garganta; se levantó de un tirón y lo comprobó. Corrió al baño, para ver que ya solo estaba un cepillo de dientes, una toalla de baño vieja, y que había desaparecido el hilo dental. Era lógico que un obsesivo de la limpieza y cuidado personal se lo llevara. Con pasos lentos regreso a la habitación, para sentirse sola. Aún no lograba asimilar que no se hubiera dignado a darle la cara. A decir adiós de frente como lo hubiera hecho cualquier otra persona. Reviso su celular, tampoco había mensajes. Nada. Aprovecho la oscuridad para desaparecer.

—Me abandonó.

Decirlo en voz alta lo hacía real. Romina sintió que el peso del mundo entero caía sobre sus hombros y no sabía cuanta más fuerza tenía ni cuánto tiempo podría soportarlo. De lo que estaba segura, era que pesaba y mucho. Su recuerdo invadiendo cada rincón de su casa, su perfume aún impregnado en el ambiente, y su risa acosándola en su mente.

Llegar a la cocina fue un acto de verdadera fortaleza, requirió de toda su fuerza mental y física para lograrlo. Todo parecía estar donde debería. Excepto una cosa. El lugar donde siempre colocaba la taza donde él tomaba café, estaba vacío. Pequeñas gotas estaban esparcidas en la cocina. Era claro que lo había planeado, incluso le sobró tiempo para tomarlo. La cafetera estaba encendida, y había para una taza más. ¡Que detalle de su parte! Le preparo un último café antes de irse, se lució. Romina lo bebió sin azúcar; nada podría superar la amargura que se había instalado en su interior. El gato brincó sobre la mesa y maulló, tal vez, impactado por la soledad que percibía.

El vapor del café se disipó. El gato se calló. Y el frío se coló por las paredes. Romina se derrumbó. ¿De qué había servido la conversación de la semana pasada? De nada.

—Oye, no te pongas así, solo es una etapa en nuestra relación…

—Pero debemos hablar más, siento que no me estas entendiendo, que estamos en etapas, sí, pero diferentes. ¿En qué etapa estas tú?

—No lo sé Romina.

Y ahí se quedó. La duda estuvo frente a su cara todo el tiempo. La vio a los ojos. Se sentó a comer con ella. Se acostó en la cama en medio de los dos y durmió plácidamente mientras todo llegaba a su fin.  ¿Pensó en eso?, Claro que lo hizo. La duda también estuvo paseando por la cabeza de Romina, por sus ojos y por su piel. ¿Y qué hizo ella? Ignorarla, por supuesto. Porque tenía esperanza. Porque ella cree en el amor.

¿Valía la pena creer en el amor?, Claro, salvo por un pequeño detalle. Romina había olvidado a amarse a sí misma. Después del día de su partida, la casa parecía extrañarlo, aunque el gato se veía más feliz sin su presencia. Ella tenía una rutina que seguir y cosas por hacer. Entre ellas no estaba perderse, pero lo hizo.

—¿Estás dormida?

—¿Qué quieren?

—Queremos estar contigo.

—Ya no sé si pueda volver a escribir…me siento tan tonta.

—Y lo eres. Pero aún puedes escribir, si eso es lo que quieres.

—No lo sé.

Ahí estaba la duda acosando otra vez.

—Deberías despertar y escribir.

—Creí que había muerto.

—Aún no es tu tiempo.

—Pero me abandonó…

—No. Tú te abandonaste, y eso es peor.

La garganta de Romina se cerró, no podía respirar, el oxígeno se le estaba acabando. Una electricidad le recorría el cuerpo por dentro. Ahora sí moriría, y lo peor era que estaba sola en una penumbra inalcanzable para los mortales.

Abrió los ojos y una luz incandescente casi la deja ciega. Se incorporó, escupió el agua que tenía atorada en la garganta y el aire entró con gran alegría a sus pulmones. Se dejó caer al suelo y por primera vez en mucho tiempo, se sintió aliviada. Respiro profundamente, una, dos, tres veces para sentir que era real. Parecía que el aire de la mañana la purificaba por dentro. Y al mismo tiempo sintió frío. Se abrazó a sí misma, hasta quedar en posición fetal. Noto que su ropa estaba mojada, y se abrazó aún más para calentar las prendas húmedas. Una mano que no era la suya, le tocó el hombro. Ella se estremeció al tacto cálido y suspiro. Se giró, abrió los ojos.

—¿Señora se encuentra bien?

Una chica, de no más de veinte años la miraba con preocupación. Romina se sintió ofendida por la palabra “señora”. Solo le llevaba al menos diez años a la joven. ¿Tan mal se veía para que la llamaran así?, Dejó a un lado su orgullo herido y le sonrió. Se tomó unos instantes para observarla antes de contestar. Viste ropa deportiva. Piel apiñonada, cabello impecablemente negro y largo, labios perfectos y una mirada de inocencia juvenil.  Era obvio que ella aún no conocía las secuelas que puede dejar el desamor en el rostro de una mujer.

—Ya me encuentro mucho mejor, gracias.

—No debería nadar tan lejos, este lago es traicionero. De repente desaparece el suelo que uno está pisando —empieza a jugar con su cabello mojado—. Me asusté mucho cuando me di cuenta que ya llevaba mucho tiempo sumergida.

—Lamento haberte asustado.

—¿Usted quería ahogarse?

La pregunta toma por sorpresa a Romina. Incluso ella misma se hace esa pregunta. No lo sabe. Los ojos de la chica, enormes y profundos, la escrutan.

—Eso creo.

La chica baja la mirada y observa sus manos, luego exprime su cabello y lo sacude un poco. Romina intenta hacer lo mismo, aunque el suyo es corto y no hay mucho que pueda hacer. El silencio le taladra la cabeza.

—Sabes, a veces uno intenta morir para sentirse vivo.

—Me parece muy razonable —la chica esbozó una sonrisa—. También me parece, que usted acaba de renacer.

Ambas mujeres se quedan sentadas, en un silencio que es interrumpido de vez en cuando por el cantar de los pájaros o el sonido del batir de las alas de un insecto; sin importar que la ropa que traen puesta siga húmeda. El sol por fin ha salido. El viento juega entre las hojas de los árboles y le dice a Romina que ya todo estará bien, lo malo por fin ha pasado. El lago está en calma, ya no tiene intención de llevársela a la oscuridad. Incluso, a sus aguas le gusta la luz.  Los rayos solares empiezan a calentar la piel. Ya es hora de que la chica se vaya a hacer cosas, a hacer su vida. Se despide de Romina con un abrazo.

—Vivir no es tan malo, solo que a veces tiene etapas que no son bonitas.

—Morir no es tan bueno, así que tendré en cuenta eso de vivir.

Romina se queda un poco más frente al lago, hasta que la tranquilidad es sustituida por el ajetreo de las mañanas y el tráfico.  La puerta de su casa está entreabierta; anoche tenía prisa por irse y no regresar. Pero aquí está, más lista que nunca para enfrentarse a la hoja en blanco. Se va directo a la cocina, donde su gato lo espera ansioso moviendo la cola de un lado a otro. Las pupilas de sus ojos grises se dilatan al entrar en contacto con los de Romina. Sabe que está bien. Maúlla para darle la bienvenida a su ama, y salta para irse a acostar a uno de los cojines de la sala. Ella enciende la cafetera y revisa su celular. Tiene varias llamadas perdidas del trabajo. Aún no tiene humor para hablar con otra persona, y solo manda un texto a su jefe inmediato, con un pretexto, muy utilizado para justificar la falta.

Prenda por prenda, se va deshaciendo del pijama hasta llegar a la regadera.  Las primeras gotas caen en su cara y se estremece, la poesía recorre cada centímetro de su cuerpo. El agua fría la revitaliza. Después, el vapor caliente la rodea, y ella comienza a pensar, a recordar en qué momento se olvidó de ella. ¿Quién le dijo que necesitaba a otra persona para vivir? En efecto, fue ella misma. Su corazón se partió en dos con su partida, y creía que herido, ya no podría bombear sangre. Pero hoy, Romina se dio cuenta de que un corazón maltratado, es más fuerte que cualquier otro, porque conoce el dolor. Ahora ella también lo conocía y escribiría sobre eso.

Las prendas limpias se deslizaban por su cuerpo. El café estaba listo. Caliente y humeante; esta vez sí le añadió azúcar. La casa ya no lo extrañaba, su aroma se había disipado, ni siquiera la playera olvidada; que estaba en la ropa sucia, olía a él. Su voz ya no resonaba por la cabeza de Romina, ni hacía eco por los rincones. El gato ya lo había olvidado. Pero ella todavía recordaba los ángulos de su cuerpo desnudo. El punto exacto donde se unía su cuello a su hombro, y que cada mañana besaba. Increíblemente ella no había llorado. Y hoy al recordarlo, sus lágrimas se escaparon de sus ojos. El llanto también es una forma de sanar.

Se enfrentó a la hoja en blanco. Sus lamentos caían sobre el teclado, indicándole a Romina las teclas que tenía que oprimir, para sacar el dolor de su pecho. Lloró y lloró, escribió y escribió lo que le decía su interior maltrecho.  Había tantas cosas por decir, que tal vez las páginas no alcanzarían y las palabras no tendrían la fuerza para explicar lo que significa arrancarse la piel para no sentir sus dedos recorrerla. Arrancarse el corazón de tajo, para que no pueda sentir dolor. Para olvidar lo que una vez amó.

Llegó la tarde, con sus aires de grandeza, creyéndose mejor que la mañana con sus melodías de alegría; para dar paso a un crepúsculo anaranjado, presumiendo su sensualidad y después a una oscuridad que domina las noches, envolviendola en susurros y los sonidos que produce el viento al pasar entre las hojas de los árboles, seductora y misteriosa. Para al final, abrirle la puerta a una melancolía que solo se puede sentir en la madrugada, con un café entre en las manos. Caliente, muy caliente, porque las manos ya no pueden sentir. Nada tiene el suficiente valor. Dormir no es necesario.

Romina ganó la guerra contra la hoja en blanco; todo el dolor estaba en esas letras que había plasmado. Lo expulsó con todas las fuerzas de su cuerpo y las estrelló contra las páginas. La última lágrima se escapó de sus ojos, bajó por su mejilla, y fue dar a sus labios. No tenía sabor. Pero no estaba mal. Era la señal, el destino mandando un aviso. Ya no iba a doler. Aunque el frío era intenso y calaba hasta los huesos. Solo quedaría un recuerdo en el fondo de su memoria, y bajo la piel que renacería. Era una pena que el dolor no se robara las memorias. Siempre las dejaba, como una huella que no desaparecería. Sus manos temblaban. Una ansiedad, por la incertidumbre del futuro.

La resiliencia ahora formaba parte de su ser.

Abrió la ventana. La luna, en lo más alto del cielo estrellado, observaba a Romina ponerse una nueva piel. Sentir la brisa de la noche y escuchar los silencios que emanaba la oscuridad. Ella le habló del amor. Le advirtió que muchas veces viene de la mano del desamor; no siempre es malo. Pero le gusta quedarse más tiempo del necesario. Como un invitado molesto.

El viento se hizo cálido, se adentró con timidez y la acarició muy suave. La hizo sentir viva. Recorrió cada membrana, cada célula de su cuerpo. Vibró por dentro. Fue como un nuevo amanecer, en lo profundo de la penumbra nocturna. La noche cantó en susurros, una canción que no pudo distinguir, pero la hacía sentir en calma. Le daba la paz que había perdido, el día que se perdió en sí misma.

—¡Gracias, por enseñarme que puedo salvarme yo misma! —le gritó al cielo. Le susurró al universo.

Las palabras volvieron. Y así, el dolor se fue.

Ella regresó.

Karen Yuritzi Salas Gomez

Me gusta el café y los libros.
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