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Personas

Recuerdo la primera vez que lo vi, estaba de pie, recostado a una pared de la cafetería del colegio, mientras muy concentrado observaba el partido de la Champions League. A la par de él habían otros chicos también, y resultaba gracioso observar que todos a su alrededor eran mucho más bajitos que él, por lo que no le era difícil sobresalir, menos si a eso le sumamos lo atractivo que era, con su cabello y ojos negros que hacían babear a muchas chicas del colegio.

No me di cuenta del tiempo que lo había estado observando, hasta que de pronto su mirada se cruzó con la mía. Recuerdo que mi primer instinto fue alejar rápidamente la mirada, sin embargo, por alguna razón, al cabo de unos segundos, volví a dirigir mi mirada a él, con la esperanza de que ya estuviera de nuevo viendo a la pantalla. No les voy a mentir, observarlo era todo un placer para la vista.

 

Pero no, el chico estaba observándome por lo que nuestras miradas se encontraron una vez más. Solo que esa vez, el chico con el autoestima más alta del mundo, no quito la mirada, al contrario, espero que hiciéramos contacto visual para luego sonreírme y guiñarme un ojo con las mayor seguridad en sí mismo que yo antes hubiera visto en alguna persona.

 

Al año siguiente, coincidimos en algunas clases, por lo que poco a poco nos fuimos conociendo y así fue como luego formamos un vínculo de hermandad, Mateo se convirtió en mi confidente, mi mano de derecha y mi hombro para llorar.

Recuerdo la primera vez que le había dicho a Mateo que me gustaba un chico. Al principio se puso serio y me dijo que él aún no estaba seguro si le gustaban las mujeres o los hombres y que él no me podía hacer feliz en una relación ─ ¿Es en serio? ─ le había dicho yo─ ¿Crees que hablo de ti? Mateo eres como un hermano para mi─ al decir esto, Mateo había respirado  profundo, como si le quitasen un peso de encima.

Y siempre fue así, fui de las pocas chicas que no sufrió una decepción al enterarse que a Mateo, el chico más guapo del colegio, le gustaban los chicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estoy sentada, al frente de un gran tocador con espejo y luces amarillas que iluminan mi rostro. Una chica esta peinando mi cabello, mientras otras pasa miles de brochas por mis pómulos, frente y mejillas.

Ha pasado ya medio año en que mis compañeros de danza y yo hemos preparado un de nuestras mejores obras. Ha sido agotador, hubo días en los que ensayamos hasta en la madrugada. Pero ha valido la pena, de eso estoy segura. Cómo dice mi abuela: “Todo éxito, con lleva un gran sacrificio”

Las chicas se han ido ya, por lo que puedo ahora mirarme en el espejo. Tengo una mariposa posada en la mitad de mi rostro. He pedido que sea azul. Mi cabello está recogido en un moño alto y visto un tutu de color plateado, con un leotardo azul también. Las zapatillas son las mismas que he usado desde hace ya tres años. Nunca es bueno estrenar en una presentación. “Más vale viejo conocido, que nuevo por conocer”

Me pongo de pie y empiezo a caminar por el camerino para evitar el estrés, mientras escucho los aplausos del público. Siempre he pensado que la espera es lo peor, te vuelve loca.

Una chica de la organización entra y la escucho decir mi nombre. Estoy tan concentrada que solo la sigo mientras escucho a lo lejos como mis amigos de la academia me apoyan con gritos. Cada presentación y competencia es igual, y los nervios nunca cambian.

Espero a un lado del escenario, hasta que escucho al presentador decir mi nombre a la gran multitud. Y luego la música empieza a sonar.

Pero algo está mal, la música no es la indicada, no es mi canción, y el pánico empieza a invadirme. No sé qué hacer, no puedo pensar. Por lo que no lo hago. Solo entro al escenario y empiezo mi rutina, una rutina que esta fuera de lugar con el ritmo de esta canción. Pero sigo, no me detengo. Y mis lágrimas tampoco. Las siento correr por mis mejillas pero las ignoro.

Cuando todo a terminado, voy al centro del escenario y hago mi reverencia, mientras el público desconcertado, por todo este espectáculo mediocre que acabo de dar, aplaude por educación.

Salgo del escenario y me dirijo a la área de música a toda velocidad, exijo una explicación del por qué en lugar de sonar “Say Something” de Cristina Aguilera, ha sonado nada más y nada menos que una de las canciones de Drake.

Pero no es necesario. Me detengo de inmediato cuando mi canción empieza a sonar y escucho como la gente grita el nombre de Melania. Corro hasta el escenario y ahí está ella, con una rutina más que parecida a la mía.

Me siento furiosa, frustrada y llena de ira. Así que no pienso, por una vez en la noche, no pienso. La adrenalina empieza a correr por todo mi cuerpo y cuando me percato, estoy en el centro del escenario presentándome al frente de ella y bailando como se suponía que lo hiciera.

Sé que ella ha sido la culpable del error en mi presentación. Siempre se ha encargado de hacer la vida imposible. De niñas fue el extravío de mis zapatillas a solo minutos de salir al escenario, luego fue todo el bulling hasta hacerme creer que de verdad no servía para el baile, y ahora esto.

La presentación al final no queda nada mal, todo el público piensa que ha sido parte del show, al parecer, por los aplausos y las ovaciones. Dos bailarinas de alto nivel en una presentación. Nada más que pedir.

Salgo primero del escenario con Melania pisándome los talones mientras me grita y me llama de todas las maneras posibles.

Sé que no estuvo bien lo que hice, pero no se siente nada mal.

Acerca del autor: Catalina Gomez

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Comentarios

Romina Bayo

A ambos textos le falta corrección ortográfica. Me ha costado leerlos. No esperes a última hora para escribirlos y publicarlos. Escribes bien, pero correr provoca un descuido en los escritos.

Hace 6 días
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