Permíteme hablarte de frente

Permíteme hablarte de frente

Permíteme hablarte de frente. Al corazón. De tú a tú.

Me encuentro dando vueltas sin saber por qué el reloj de pared de mi sala parece retrasar el tiempo. Escucho sus manecillas y hasta creo poder ver el movimiento de sus pequeños engranajes. El olor del café que puse a preparar en la cafetera, está invadiendo cada rincón por donde camino. Hasta pienso que soy yo quien huele así. Me detengo frente al espejo del pasillo principal. Enciendo la luz y apoyo mis manos en la pared, mirándome cara a cara, fijamente. El silencio es ensordecedor. Las preguntas, todas, se han detenido. La voz de mi conciencia cesa y mi piel empieza a sentir el frío gélido que hace mis pelos ponerse de punta. Sigo frente al espejo, mirando mi reflejo y sintiéndome ajeno a mí mismo. Parezco un títere del egoísmo.

En un abrir y cerrar de ojos, me doy cuenta del vibrar constante de mi móvil y ni siquiera me interesa saber quién puede ser. El café ya ha de estar listo. Camino lentamente hacia la cocina. Tomo mi taza favorita y vierto el café en ella. Huelo la mezcla del vapor de su calor junto al aroma que se percibe de manera inmediata al acercar mi nariz a la taza. La tomo en mi mano derecha hasta llevarla a mi boca. Doy un sorbo y al pasar la bebida por mi garganta, siento cómo se produce una subida de los compuestos más volátiles por la zona retronasal, percibiendo así, el aroma de una forma más íntima.

Ojalá estuvieras aquí, seguramente ahora sería mejor tomar mi café en buena compañía. ¿Por qué no vienes y me acompañas? Es más, iré a servirte una taza. Te invito a sentarte. Ponte cómoda. Voy a poner música clásica. El sonido de las cuerdas del chelo, casi siempre llega a los espacios más íntimos del alma.

He estado estos días con la soledad. Atrapado entre las paredes de mi casa, que se siente inmensa solo conmigo. La soledad por defecto, siendo mi mejor amiga. Aquí, pero desde lejos, sintiendo como ella también a ti, te hace compañía.

Tengo miedo. Miedo de que mis palabras no sean lo suficientemente sensatas como para hacerte sentir un cálido y fuerte abrazo. A kilómetros de distancia de aquí, se encuentran nuestros dolores, las molestas culpas y los sinsabores que los golpes de la vida nos dejan. Pero, ¿somos realmente culpables de todo esto? Al menos completamente, no lo creo.

En estos momentos de cuarentena debido a un virus que azota al mundo, me he refugiado en el interior de mi alma, en donde me encuentro con esa versión tan pura y noble de mí. Desde aquí, siento cómo crezco en amor. Mi pequeña perrita Mandy y mi grandota Meike, han estado mostrándome durante estos difíciles días cómo se siente la fidelidad y la verdadera lealtad. Alegran mis días y los hacen resultar fáciles de llevar. Veo el amor de Dios en dos mascotas que sienten hasta la más recóndita fibra de mi espíritu. No es fácil encontrarse sólo en esta crisis, y creo que tú me entiendes, pero tengo razones por las cuales alegrarme y pensar que debo vencer esta prueba puesta al mundo, porque tengo los motivos perfectos para seguir caminando por la vida. Esos motivos son mis sobrinos. El pequeño gigante príncipe de tío, Kayden; la hermosa princesita de mi corazón, Sahian y la pequeña luz que alumbra mi vida, Sahani. Ellos me hacen pensar en la perfección que hay en la familia.

Preciosa Hillary. Estamos viendo cómo la raza humana puede pasar de creerse superior, a ser derribada por asuntos netamente microscópicos. Es entonces cuando me doy cuenta que no somos nada dentro de un universo que es infinito. Sin embargo, siendo minúsculos e imperceptibles dentro de algo tan vasto, un Ser superior a nosotros, nos regala la oportunidad a ti y a mí, de hacer la diferencia en medio de tanto caos.

El mundo entero está temblando y así temblamos nosotros, con esas ambiciones y todos nuestros sueños dibujados en frente, golpeando con desesperación la incertidumbre de poder ser cumplidos.

Puedo sentir tu soledad. Puedo oler tus miedos. Porque por alguna razón insólita, huelen a los míos.

Recordar las charlas extensas pensando en lo que alcanzaríamos muy pronto, es lo que me mantiene firme. Nuestros futuros como profesionales que ofrezcan algo bueno al mundo. Pensar que quiero ser un excelente hombre, esposo y padre. También en cómo serían los rasgos físicos de mis hijos, hasta pensar en cuántos nietos nos harían ser abuelos, mismos que veríamos jugar en el jardín, desde las mecedoras, sentados…

A veces tengo ese nudo perteneciente a las ganas de llorar, otras veces solo quisiera reírme del llanto. ¿Falta mucho? En realidad, no sé cuánto, pero no voy a quedarme de este lado de la barrera. Los sueños no se alcanzan soñando y en estos días de soledad he encontrado fortaleza. La necesaria para saber que al mundo le hace falta gente que cree y tiene esperanza, convicciones inquebrantables y ganas de vivir mejor.

No puedo decirte exactamente cuánto vaya a faltar, pero en esta cruel situación, quiero tomar tu mano y decirte: ¡Aún no te rindas! Porque saldremos victoriosos de esto.

-Dhierich Jarwell.

¿Te gustó?

Puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!.

Dhierich Jarwell Valderrama Núñez
Author: Dhierich Jarwell Valderrama Núñez

Vive el hoy. Mañana no es vida.

Dhierich Jarwell Valderrama Núñez

Vive el hoy. Mañana no es vida.

Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Dhierich,
    Las descripciones deben acercar al lector, hacerlo sentir en el lugar… Las de este texto se sienten distantes, frías… Y sigue sin verse el objetivo del reto uno, que era abrazar en la esperanza.

Deja una respuesta

13 + diecisiete =