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Pasado Y Presente

Nuestro Viaje Al Continente Asiático.

Invadidas por la ansiedad, propia de nuestro primer viaje al continente Asiático, con escala en Francia, caminábamos de un lado a otro observando a otros cientos de personas que aguardaban en el aeropuerto. Unos leían, otros hablaban por teléfono, otros chateaban. Uno que otro, como mi amiga Mirna, mi compañera de viaje, se dedicaba a observar cada movimiento del personal del Aeropuerto Tocumen, en la ciudad de Panamá. Al igual que yo, nos devorábamos aquella experiencia. Todo era nuevo para nosotras. Por un momento nos tomamos de las manos y nos dispusimos a orar, encomendándonos a nuestro Creador.

¡Pasajeros del vuelo AF475 con destino a Francia, favor abordar por la puerta 8! Aquella frase sonó como música a nuestros oídos. ¡Wao, exclamamos al unísono!

 Entre risas, emotividad y nerviosismo, entramos a aquel avión de la línea AirFrance. Me correspondió un asiento delante de la fila donde mi amiga iba. Nos miramos a la vez que respiramos corto. Estábamos hiperactivas, sacudíamos los pies en un vaivén rítmico. Nuestra mente volaba aún sin que el avión despegara. Las emociones nos embargaban. Mezcla de emoción por el viaje, pero un poco de temor a las diez horas de vuelo que teníamos que atravesar hasta Francia. Pero aquí ganó la confianza en Dios. Pronto, muy pronto, nos tranquilizamos. Basta decir que disfrutamos hasta los vacíos que sacudían aquel vuelo.

 Se suscitaron aquellas diez horas en el cielo, hasta nuestro deseado París, Francia. Debíamos pasar diez horas en aquella ciudad, por lo que contratamos un uber. Un chico alto, moreno y de hermoso acento. El mismo nos platicó en español, se dirigía a mi diciéndome: “Cherie”. Abordamos aquella van negra. Visitamos nuestros más anhelados lugares de aquella ciudad parisina: La Torre Eiffel, imponente y majestuosa, el famoso Arco Del triunfo y los Campos Elíseos. No pudimos dejar de tomar el aromático café con su respectivo cruasán. Mirna me miraba extasiada a la vez que musitaba: Francia, Arianys, Francia, repetía. Esto es un sueño, pellízcame me decía. Yo solo asentía, no quería perderme un segundo de esa mágica vivencia.

Reanudamos nuestro viaje a la famosa China, agotadas por las tantas horas de vuelo. Realmente viajamos hacia el futuro, porque teníamos 13 horas de diferencia con nuestro Panamá. Mi amiga y yo nos abrazamos al llegar, continuó nuestra aventura.

Visitamos tres hermosas ciudades: Beijing, Shanghai, Shenzhen. Tuvimos cuatro guías turísticos que hablaban español y nos llevaron a conocer hermosos lugares, entre ellos: El Palacio De Verano, La Gran Muralla China, El Templo Del Cielo, La Ciudad Prohibida, El Gran Zoológico De Pekín, Los Famosos Rascacielos, el Teatro Nacional De La China, La Sede De los Juegos Olímpicos del 2008, El Antiguo Palacio De Verano y atravesamos ciudades en el tren bala que viajaba al 350 kilómetros por hora. 

Nuestro mes de septiembre del 2017, mi amiga y yo vivimos mil aventuras. Cada una de ellas las disfrutamos y nos convertimos en verdaderas hermanas. Cada logro se hizo una gran hazaña.

 

 

La Doctora Amanda.

 Hoy como todos los días, entré al consultorio para dejar unos expedientes de pacientes que van a ser atendidos. Saludo a la Dra Amanda, a la cual considero mi amiga, ella vagamente me responde “entre los dientes”. Me mira desafiante y me pregunta ¿A qué has venido? Le respondo: a dejar las historias clínicas. A lo que contesta descortésmente: ya los dejaste, retírate, vete, largo de aquí, delante de un paciente. Cierro la puerta asimilando apenas ese comportamiento. ¡Me está echando como a un perro! Me han sobrevenido una y mil interrogantes, respiro profundo y me aíslo en el baño. El coraje, la rabia e impotencia quieren adueñarse de mi conciencia. Siento mi cara encendida, las manos apretadas y la respiración agitada. Repaso una y otra vez lo sucedido. Nuevamente las manos me sudan y en mi mente hay confusión, pero a su vez, una voz interior me tranquiliza: ¡espera que atienda a sus veinte pacientes y la enfrentas!  Así, que espero. Sigo llamando a los enfermos para medirles los signos vitales. Asisto al médico de turno, doy docencia de HIV y TUBERCULOSIS.

Es la hora de almorzar pero tengo algo que arreglar. Entro al consultorio de la directora médico. La increpo y ella me responde con displicencia. Insisto y al fin nos enfrentamos.  Amanda me vapulea diciendo: te di la orden de suspender a la paciente de higiene social número 14, María Martínez. Me desobedeciste. Yo solo puedo responder la verdad. Doctora, la paciente ha cumplido con los requisitos solicitados. Por lo tanto ella necesita su carné para laborar. Suspenderla, basada en su apreciación, no me parece ético. Me mira sin poder creer que la esté enfrentando. Reitero doctora, ella no se lo merece.

 

arianysnunez

no cambiaría ninguna de las vivencias que he tenido, aunque dolorosas unas, y muy fuertes otras, pero, son ellas las que me han hecho ser mi mejor versión.!!!!!

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