Pasado Significativo.Reto – 6

Josedejesussimon

 

Reto – 6

 

Hola Jose, te escribo nuevamente y para ser honesto no sé por dónde empezar. Hace mucho tiempo que no abro este cajón de los recuerdos. Supongo que allí no hay mucho que me guste escarbar. Sin embargo, en ocasiones me encuentro algo que me dibuje una sonrisa. 

 

Recuerdo hace quince años como jugaba a la pelota con papá en un lote baldío junto a nuestra casa; la noche anterior el invierno se hizo sentir, el olor a tierra mojada y los charcos lodosos hicieron el juego más divertido. Corrimos, salpicamos y nos ensuciamos hasta el cabello. Esa alegría era un lujo, un milagro; algo que tan solo ocurría cada glaciación.

 

Junto con esa memoria hay muchas otras. Papá está en la mayoría. Los sábados eran los días en que anhelábamos su llegada. Era su día de pago y eso significaba una cosa; si llegaba temprano a casa habría comida para la siguiente semana. Además, yo tendría el domingo para jugar con él o ver películas juntos. No obstante, si llegaba tarde o no llegaba, entonces habría hambre. Al pasar las cinco de la tarde me apartaba de la ventana, había estado allí por horas viendo hacia la calle, esperando su llegada. 

 

Al ser las siete, ya era mejor que llegara hasta la mañana siguiente, de lo contrario el licor en la sangre de papá lo haría irreconocible. En una noche de esas me encontraba de rodillas sobre el sillón, mirando por entre las cortinas de la sala. La humedad en el asfalto lo hacía brillar reflejando el amarillo del alumbrado público. Ese día no habíamos comido nada. Mientras mis dos hermanas y mi madre reían con Sábado Gigante en la habitación de al lado, decidí que ya había esperado mucho; con el estómago protestando me dirigí a la cama y preguntándome por qué papá no llegaba, me quedé dormido. 

 

Envuelto en mi cobija de cuadros desperté cuando el reloj de la sala marcaba pasadas las diez y media de la noche. Atravesé la cortina de ositos que hacía las veces de puerta en mi habitación, y escuché la voz de papá. 

 

Mi prisa se cortó de golpe cuando escuché a mi hermana mayor llorando y gritando a papá que se detuviera, que ya no le pegara más a mamá. ¿Por qué discutían? Al parecer habían cenado pollo frito justo antes de que yo despertara. Mamá guardó una pieza para mí, sabiendo que no había nada más para comer. Sin embargo, papá seguía con hambre. Aún medio dormido y envuelto en mi cobija, vi a papá cruzar la cocina asegurando que iba a comer si él quería. Desde el suelo mamá le gritó que no se atreviera porque esa era mi comida del día. 

 

En aquel momento vi a ese sujeto. Sus ojos inyectados en sangre y la cara enrojecida por el alcohol. Me clavó una mirada iracunda y arrojó el pollo contra el suelo. Sus palabras pastosas y entorpecidas me ordenaron inclinarme para comer como un perro. Odiaba cuando papá se transformaba en él. Con su andar tambaleante pero violento se abalanzó sobre nosotros. Mis hermanas se arrojaron al suelo llorando junto a mamá para cubrirla. Allí, con diez años y una pijama de Abelardo, arrojé la cobija y me puse de muralla entre ellas y la bestia. Me miró como si analizara la situación, levantó la mano para darme una bofetada. Se detuvo con la mano en el aire por un breve segundo. Un pitido agudo. Un destello de luz. Su palma grande y trabajada cayó pesadamente sobre mi sien. Abrí los ojos aturdido y vi a papá luchar consigo mismo. Llorando y gruñendo se destrozaba los puños contra la pared. Levantó la vista ligeramente hacia nosotros, pero sin mirarnos, y nos ordenó que fuéramos. 

 

Sentí que me jalaban del cuello de la pijama. Miré hacia atrás, papá golpeaba y arrojaba cosas contra el suelo. Mientras cerrábamos la puerta tras nosotros, un recipiente reventó en la pared como un proyectil; mamá entreabrió la puerta una última vez, el piso estaba lleno de cristales rotos y papá nos miraba con tristeza. Cerramos y nos fuimos. 

 

Crucé el pueblo descalzo, a media noche, en pijama y con la cabeza palpitando por el golpe. Llegamos a casa de mi tía y pasamos la noche allí. 

Desde entonces la violencia ejerce una fuerza paralizante en mí. Me cuesta reaccionar rápidamente al enfrentar este tipo de situaciones. Aprendí a defenderme y a los demás; sin embargo, jamás logro tener una respuesta inmediata. Es como si primero debiera derrotar al miedo que habita en mi cuerpo antes de hacerlo actuar. Una vez que he ganado la batalla, tras breves segundos de parálisis, doy un paso adelante y hago frente al problema. Sin duda soy fuerte, y ese pasado, aunque dejó secuelas, también aportó a mi carácter y determinación cuando se trata de proteger a mis seres queridos.

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. romina

    El primer párrafo no aporta, y revisa el texto, aquellas oraciones que no aporten, que sean innecesarias quítalas, pueden sonar bien, pero hacen lento el texto. Luego cobras fuerza, pero el cierre, que es tú victoria, se siente algo presuroso, como si quisieras terminar el reto ya.

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