Saltear al contenido principal

NO HAY ADIÓS. SOLO AMOR…

El consultorio médico lucía limpio y ordenado. Manuel esperaba sentado frente al escritorio con los dedos de las manos entrecruzadas. Estaba nervioso. Echó un vistazo a su alrededor. A su lado izquierdo había una camilla y junto a ella una báscula clínica. Las paredes de color blanco estaban repletas de reconocimientos médicos, un título profesional y diversos carteles avisando una segunda semana de vacunación. Frente a él, sentado en una silla Liberty color negro, con la vista puesta sobre una hoja, se encontraba un hombre canoso de alrededor de cincuenta años, con anteojos redondos, voz grave y mirada seria.

—Lo siento mucho, sr. Manuel —dijo el doctor mientras metía la hoja en un sobre y levantaba la vista—, quisiera estar equivocado, pero no hay ninguna duda —le entregó el sobre—. Los resultados son irrefutables. Puede usted consultar otra opinión, si gusta, pero le aseguro que el diagnóstico será el mismo.

Manuel quedó callado y frío. No podía creerlo. Todo su mundo se vino abajo. Por inercia, recibió el sobre y salió del consultorio en un mar de pensamientos. Desde la semana pasada había sentido dolores intensos en la cabeza y pensó que era producto del estrés al que estaba sometido en su trabajo. Como director de la empresa de autoservicio más importante de la ciudad tenía que lidiar con clientes y proveedores; por eso nunca les había dado importancia a los síntomas. Hasta ese día.

Ensimismado en sus pensamientos, cruzó la calle sin poner atención al semáforo que estaba en luz verde. Los conductores frenaron en seco al ver que cruzaba la calle sin la menor precaución. A él parecía no importarle. En su mente había una especie de cortos circuitos. La película de su vida pasó por su mente en cámara lenta. Pensaba en sus padres, en Elisa, en su empresa. ¿Qué les diría? ¿Cómo lo tomarían?

Llegó hasta su automóvil. Reclinó su espalda en el asiento y pensó en su novia. Se abandonó en los recuerdos de una tarde a la orilla del mar hacía un año, cuando festejaron juntos su segundo aniversario de novios.

 

Era un fin de semana en las paradisíacas playas de Huatulco. El cielo despejado y los rayos del sol invitaban a zambullirse en las aguas del mar. Manuel y Elisa caminaban tomados de la mano mientras las brisas de las olas acariciaban su rostro. En el horizonte se divisaban algunas gaviotas surcando el atardecer.

            —Alcánzame si puedes —de repente se soltó de la mano de su amado mientras corría hacia las olas.

            —Espera —dijo él sonriente al momento que iba tras ella—, te voy a alcanzar y ya verás.

            —Ah, si —se detuvo—, ¿qué voy a ver? —su mirada irradiaba una chispa infantil de saberse ya la respuesta.

            Manuel llegó hasta ella y la tomó de la cintura. Sus miradas se cruzaron. Se fundieron en un beso tierno y apasionado.

            —Te amo —susurró él a sus oídos—, desde el momento en que supe que ya no podía estar lejos de ti.

            —Y yo a ti, mi amor —ella la veía con sus ojos rasgados color café—, como nunca antes.

            Los dos eran uno solo esa tarde de verano. Las aguas llegaban hasta sus rodillas y a ellos parecía no importarles. Nada importaba en ese momento. Sólo su amor que cada día crecía aún más y más. Sus miradas irradiaban esa complicidad que solo los enamorados pueden entender.

 

El tono intermitente de un ruido lo volvió a la realidad. Era su celular que no paraba de sonar. Tenía seis llamadas perdidas. Eran de su novia. No le importó. No tenía ánimos de nada. Se acomodó bien en el asiento de su auto y empezó a conducir rumbo a su casa, preguntándose mil veces que decisión tomar.

La noche le pareció larga. No pudo dormir. Los dolores de cabeza volvían una y otra vez, pero lo que más lo martirizaba era el recuerdo de los resultados clínicos. Vio con cierto enojo aquél cuadro con la reflexión titulada “Vivir” que le había regalado su madre. La descolgó y la arrojó contra la pared. Sentía que era una burla. Estaba enojado con Dios. Quería gritar, llorar, reclamarle que porqué a él. Pero no pudo. Siempre le había costado dirigirse a Él y esa noche no fue la excepción. En un momento de lucidez, apenas pudo decir:

            Dios…

            Perdóname por lo que voy a hacer. En tus manos encomiendo mi alma.

Con lágrimas en los ojos, se dejó abandonar en su cama.

 

Al día siguiente no fue a trabajar. Revisó su celular y encontró varios mensajes de su novia. Se quedó pensando. En ese momento se dio cuenta de lo que tenía que hacer.  Con todo el dolor de su alma citó a su novia en el café de siempre. Le dijo que tenían que hablar.

El lugar estaba construido de mampostería, con puertas y ventanas de cristal hecho de placa y piso de mosaico. Era el lugar preferido de ambos, donde muchas veces compartieron planes y sueños. El lugar donde él le había pedido que fuera su novia. El lugar que, al sonido de la canción Yo te extrañaré del dúo cristiano Tercer Cielo, que sonaba en ese momento, sería testigo del más trágico final de una historia de amor.

—Hola —dijo ella en cuanto llegó. En su rostro había una combinación entre molestia e incertidumbre. Él le dio un beso y se ofreció a acomodarle el asiento—. ¿Qué pasó? ¿Para qué me citaste?

El mesero llegó. Ella ordenó un frappé y él un té de limón.

—Elisa, yo… —intentó empezar al momento en que el mesero se alejaba. No pudo. Las palabras se le atoraron.

—¿Qué pasa Manuel? Me estás poniendo nerviosa.

—Lo que pasa es que —al fin se atrevió—, tenemos que terminar…

 

            Yo te extrañaré…

            tenlo por seguro,

            fueron tantos bellos y malos momentos,

            que vivimos juntos…

 

—¡¿Qué?! ¿Es una broma, ¿verdad?

—No. ¿Sabes por qué ayer que me hablaste por teléfono y me enviaste mensajes no te contesté? —la estaba lastimando, pero ya no importaba—. Estaba con otra…      

Los ojos de Elisa comenzaron a brillar, pero no era un brillo de alegría como el de aquél verano en el mar. Era el brillo de algunas lágrimas que se negaban a salir, el brillo del dolor que le estaban causando sus palabras, el brillo de coraje y tristeza, porque lo amaba y deseaba que todo fuera mentira.

—No, no… dime que no es cierto.

—Lo siento. Ya no te amo —fue la mentira más grande que dijo él en toda su vida.

                       

                        Ojalá pudiera devolver el tiempo,

                        para verte de nuevo,

                        para darte un abrazo

                        y nunca soltarte.

 

Y ella lo creyó.

—Eres un estúpido —tomó sus cosas y se alejó del lugar con lágrimas en los ojos.

 

Pasó el tiempo.

El diagnóstico del doctor se cumplió. Las células cancerígenas se adueñaron del cuerpo de Manuel e impidieron que se reprodujeran glóbulos rojos, plaquetas y glóbulos blancos saludables. Tenía Leucemia. Los tres meses que le habían dado de vida llegaba a su fin. Después de aquélla tarde en que terminó con su novia, acudió a la casa de su padre y le dijo la verdad. Él y sus hermanos estuvieron a su lado en sus últimos días.

En el ocaso de su muerte le entregó un sobre a su hermano. Él ya sabía para quién era.

 

            Querida Elisa:

            Es reconfortante escuchar la música de Beethoven mientras pienso en ti. Es muy probable que cuando esta carta llegue a tus manos ya habré dejado de existir. Cada día me voy consumiendo más y más. Apenas puedo sostener la pluma frente a esta hoja de papel.

            Nada me gustaría más que verte a los ojos por última vez y despedirme.

            Perdóname por haberte alejado de mí. Fui muy egoísta, lo sé. Pero no quería que sufrieras en carne propia el dolor de mi partida. Yo lo viví cuando mamá falleció  y es algo por la que no quería que tú pasaras cuando llegara a mi etapa final. Por eso te mentí cuando dije que te fui infiel. Nunca fue así, pero tenía que encontrar la manera de que te alejaras. Perdóname.

            La música y mi vida se están terminando. Quiero pedirte un favor. Sé feliz. Sigue adelante. Enamórate de nuevo, cásate, ten hijos, disfruta a tu familia. No dejes  que el recuerdo de nuestro amor te quite las ganas de vivir. Eres una gran mujer, tienes una vida por delante y mereces ser feliz.

Hasta siempre, amor mío. Te llevaré siempre conmigo.

No hay adiós. Sólo amor.

Te amo.

Siempre tuyo…

Alkysirez.

 

El corazón de Manuel dejó de latir la mañana de un viernes 17 de junio. Ese día los pajarillos dejaron de cantar, el sol no se asomó y lágrimas del cielo comenzaron a caer.

Dios, en su infinita misericordia, lo recibía en sus brazos.

Alkysirez92

El día que llegue a tirar la toalla, será porque ya me he secado la frente y me falta pelear un round más...

Volver arriba