Muerte de un Deportista Extremo

Era el primer día de la tercera semana de octubre. Como me era de costumbre cada domingo, desperté a las 4:45 am. Dejé preparando mi café, mientras tomaba una ducha. El agua era helada, así la necesitaba. Salí del baño rápido. Tomé la toalla y sequé mi cabello rizado, la coloqué alrededor de mi cadera. Fui a la cocina y serví mi café. Aún debía despertar más. Tomé mis ropas brevemente, mientras afuera de la casa sonaba una bocina paranoica de un auto. Mis locos amigos. Siempre me criticaban por ser el último en estar listo. Y esta vez, no fue diferente.

Tomé mis protectores y mi casco, dentro de él, mis pucks (guantes especiales de longboard). Busqué las llaves de casa y salí. Al subir al auto saludé a mis amigos y todos se rieron. “¡otra vez tarde por ti!”. No podía negarlo.

Hablamos del plan del viaje y entre ellos, decidimos llegar primero al pueblo a donde nos dirigíamos y entonces compraríamos la comida. Llegamos al pueblo, nos abastecimos de golosinas y chocolates para aumentar energía, porque lo que íbamos a realizar no era de personas cuerdas.

Desayunamos en una típica fonda de frituras y seguían todos ansiosos del momento. Llegamos a la ruta automovilística más peligrosa y empinada del corregimiento de Tierras Altas, en la provincia donde vivo.

Bajamos del auto. Tomamos nuestro equipo de seguridad (protectores de rodillas y codos), también los cascos. Hicimos una que otra broma y se notaba a millas que era miedo. Cada quien agarró su tabla de downhill (descenso de colinas) y se lanzó en la ruta Volcán – Río Sereno. Yo, esperé para ir de último, mientras con una rodilla sobre la carretera y la otra en la tabla, con ojos cerrados me encomendaba a mi Dios. Pensaba lo peligrosa que sería la hazaña. Por qué razón no medí con seriedad, el riesgo desde antes.

En la primera hora de descenso, la velocidad que promediábamos era de 65 kilómetros por hora, algo normal para nosotros. Nos detuvimos a comer barras de granola y chocolates. Uno de mis amigos, muy perezoso, propuso bajar hasta un árbol que se veía al costado de la ruta. Caminamos hasta allá todos. El mismo genio de la idea del árbol, saca una manzana con orificios y una pelotita verde, con forma de un mini brócoli. Él, había propuesto todo eso para fumar marihuana. ¡Sabía que algo no cuadraba! Dentro de mí había incertidumbre, empecé a esperar lo peor. Sentí que olfateaba la muerte.

 

Ese mismo “genio”, ofrece a todos fumar, yo, desde un costado, solamente los miraba. No les dije nada, hasta que vi que llegó la manzana a manos del único menor de edad, Ian, de dieciséis años. Me molesté con todos, pero a nadie le importó. Ese menor fumó. Reiteré en mi interior, algo malo iba a suceder.

Estuve pensando mucho mientras caminaba de regreso. Algo no estaba bien. Tenía mucho temor. Presentía algo malo. Mi conciencia me aclaraba que el hecho de haberle dado de fumar a Ian, era un acto que traería consecuencias. Pero no sabía qué tan graves. ¿Por qué permití que Ian consumiera? Eso, me atormentaba.

Salimos a la carretera y volvimos al descenso, pero ahora las colinas eran más altas, nuestra velocidad, por supuesto también. Nuestro camarógrafo y conductor del auto suena varias veces la bocina y grita que vamos a 85 kilómetros por hora. ¡Vaya que se sintió el cambio! Debo tener mucho cuidado, decía.

Luego de unos minutos me acostumbré a la brisa casi material que golpeaba mi rostro. La bocina suena seguidas veces y se escucha un grito. Estábamos sobre los 90 kilómetros por hora. Me sentí asustado.

En abrir y cerrar de ojos estábamos frente a una vuelta en forma de “S”, lo sabía por la señalización color rojo al borde de la carretera. Debíamos disminuir la velocidad o sería catastrófico. Hice una maniobra llamada slide, que consiste en frenar friccionando las llantas de la tabla contra el pavimiento, adoptando una posición especial. Una maniobra peligrosa, pero todos sabíamos los riesgos del deporte.

Ian estaba frente a mí, en la primera vuelta. Pero pronto lo perdí. Frené un poco justo antes de las curvas y pude pasar sin problemas el puente. Mi piel estaba erizada y al detenerme, por impulso grité muy fuerte que lo había logrado. Seguido de tres voces que preguntaban dónde estaba Ian.

Cuando lo perdí de vista, antes de la última curva… Él perdió el control. Su cuerpo chocó abruptamente contra el muro de contención. Cayó varios metros hasta el borde del río. Bajé de manera instintiva. Lo tomé en mis brazos. Su piel era fría, sus ojos estaban por completo blancos y en su boca había algo parecido a espuma. Subí a la carretera, lo puse en el asiento de atrás, lo llevamos hasta un centro de salud rural. Dos paramédicos lo subieron a la ambulancia, el doctor revisó sus signos vitales. Me llamó aparte y me dijo que ya mi amigo había muerto. Empalidecí. Me desconectaron de la realidad. No quería creer lo que escuchaba.

Fuimos a declarar a la policía la defunción de nuestro amigo. Cada quien dio su versión por separado. Estuvimos retenidos varias horas hasta esclarecer los hechos. Su madre llegó. Se mostraba fría, dura. No parecía dolerle nada. Dudaba de todos. No era para menos, ese era su único hijo y, estaba muerto. Solo tenía 16 años… Nosotros, legalmente adultos.

Se realizaron pruebas de dopaje. Mis amigos dieron positivo. Yo no.

Mi versión fue aceptada, creída. Pude salir libre. Pero, mis compañeros tuvieron que enfrentar serios cargos por hacer consumir droga a un menor. Resultando en muerte.

Respiré hondo al salir. Suspiré y pensé que una pequeña decisión, para otros insignificante, pudo haber cambiado toda mi vida.

 

Dhierich Jarwell Valderrama Núñez
Author: Dhierich Jarwell Valderrama Núñez

Vive el hoy. Mañana no es vida.

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Dhierich Jarwell Valderrama Núñez

Vive el hoy. Mañana no es vida.

Esta entrada tiene un comentario

  1. romina

    Falta centrarte en la anécdota, hay mucho marco referencial innecesario. Y cuida la repetición, ejemplo, en el primer párrafo ERA

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