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Mi pasado no define mi presente.

He comido la mitad del pequeño pedazo de tarta que tengo frente a mí, por alguna razón no puedo comerme el resto y la angustia me atrapa. Camino con rapidez hacia el corredor trasero de mi casa mientras empieza a llover y me acerco a la barrera entre el corredor y el patio para inclinarme y apoyar mi mano izquierda en la división mirando hacia abajo mientras mi dedo índice junto al medio de la mano derecha empiezan a entrar en mi boca. De repente decido morder suavemente los dedos para evitar que avancen y los saco de mi boca apoyando la mano derecha en la barrera mientras subo lentamente mi mirada hacia la oscuridad y quedo en blanco por unos largos segundos.

 

Mi bulimia inició un solitario día del año 2012, cuando cursaba primer año de secundaria. Me encontraba sólo en casa y empecé a tener grandes atracones; no tenía hambre pero sentía un gran vacío y de verdad quería llenarlo, aunque obviamente la comida no ayudó en nada para ello.

Cuando los atracones acabaron me sentí extremadamente culpable por haber ingerido tal cantidad de comida; a razón de ésto, decidí caminar hasta el sanitario y ponerme de rodillas al llegar a él. Entonces pasó, me induje el vómito por primera vez; no voy a negarlo, las primeras veces es horrible y parece imposible hasta que se naturaliza y se vuelve algo rutinario de mucha sencillez.

No era algo diario (probablemente por esa razón nunca llegué a la anorexia ni bajé de peso), pero lo hacía cada vez que me entraba la culpa; a escondidas de mis padres y amigos, donde nadie descubriera que estaba sufriendo. Llegó el punto en que lloraba con cada atracón que me daba, pues ya tenía claro cómo iba a terminar todo y cuando concluía mi propósito lloraba aún más, lleno de amargura por lo que me estaba haciendo.

Un par de amigas notaron mi rechazo hacia la comida en la hora de almuerzo, por lo que descubrieron mi situación; querían ayudar pero si no permites ser ayudado no hay nada que se pueda hacer. Pasé casi todo el segundo grado de secundaria sin almorzar algo decente, pero los atracones y el vómito se presentaban después de clases, en la tarde. Recuerdo a mi madre persiguiéndome varias mañanas con mi almuerzo en sus manos antes de que tomara el autobús escolar amarillo y pidiéndome que lo llevara; sin embargo, mi respuesta era negativa, me volteaba y caminaba hacia la calle; lo hacía con un enorme dolor en el alma que aún siento al recordarlo.

¿Por qué lo hacía? Supongo que para bajar de peso y ganar la aprobación de personas que solamente me criticaban por mi gordura a pesar de saber mi situación con la bulimia y poder encajar en algún molde de la sociedad. Sí, he sufrido bullying, me he autodañado y he lastimado a mis seres queridos; esto último es lo que más duele, lo que más cuesta perdonarse.

Lloré, mostré sonrisas falsas, mentí, usé una máscara, critiqué y humillé públicamente; tal vez fue un karma adelantado por todo lo que iba a hacer en el futuro cercano para tratar de ser ‘‘guay’’. Casi pierdo mi verdadera identidad.

Decidí buscar ayuda cuando a pesar de no adelgazar, empecé a presentar problemas de salud; como bajas defensas, desgaste dental muy leve y llagas bucales. Expresé todo; lloramos, nos abrazamos y buscamos ayuda para seguir luchando y continuar con nuestras vidas, al igual que cualquier familia buena haría.

 

Después de cuatro años y medio de lucha aquí estoy, a punto de caer. Ahora la lluvia ha cedido y se me humedecen los ojos aún cuando mantengo la mirada fija a la oscuridad, hasta que una lágrima baja por mi mejilla izquierda y recapacito. Recuerdo mi esfuerzo, mi dolor y mis caídas; me siento orgulloso de quién soy y a donde he llegado hasta ahora, sabiendo que mejores cosas están por venir. Me enderezo y vuelvo a la cocina para terminar la deliciosa tarta de mi plato, para después esperar a mis padres ansiosamente por abrazarlos y recordarlos cuánto los amo.

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