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Mi mejor inversión

Tenía quince años cuando fui diagnosticada con miopía, ese defecto ocular que produce una visión borrosa de los objetos lejanos. Recuerdo que estaba en un aula del colegio, a lo lejos se escuchaban los demás estudiantes disfrutando del recreo, junto a dos amigas habíamos decidido ir a realizarnos la prueba visual, más por invertir el tiempo que por necesidad. Siempre había gozado de excelente salud y nunca había percibido ninguna deficiencia visual, cuando la enfermera me diagnosticó miopía me negué a creerle, y a utilizar los lentes a pesar de que me los recetaron con la graduación especial para mi problema.

Me negué a utilizar los lentes por aproximadamente un año, temía al estigma social que sufrían los jóvenes con lentes en ese momento, no quería pasar a formar parte del grupo de “cuatro ojos” que existía en nuestra generación. Un año después de ese episodio traumático, me encontraba sentada en la tercera fila del salón y descubrí que no lograba distinguir lo que escribían en el pizarrón, en ese momento me sentí frustrada porque me di cuenta que llevaba un mes copiando la materia del cuaderno de mi compañero más cercano. Conversando con mis padres me persuadieron de utilizar los lentes, a pesar de mi resistencia mi necesidad era tanta, que logré acostumbrarme a ellos rápidamente y ya no me importaba lo que pensaran los demás.

A mis veinte años, mis padres investigaron que existía una posibilidad de corregir el problema visual con cirugía láser, pero estaba tan acostumbrada a mis lentes que incluso al quitarlos frente al espejo dejaba de sentirme yo misma. Sumado a eso, el temor que me generaba la idea de una cirugía ocular, provocaron que evadiera dicha opción por aproximadamente tres años.

Llena de dudas y temores inicié el proceso de pruebas médicas, más por influencia de mis padres que por decisión propia. Esto con el fin de comprobar si era candidata a la cirugía, ya que existen varios factores que lo determinan. Entre gotas dilatadoras, lámparas y microscopios pasé varias semanas, detectaron una curvatura peculiar en mi córnea que no podía ser tratada con cualquier láser, la ventaja es que mi córnea resultó ser bastante gruesa por lo que no habría riesgo al desgastarla en la cirugía.

El láser lo que pretende es corregir una capa superficial de la córnea, retira una de las capas del tejido corneal con el fin de aplanarla y así permitir que los rayos de luz se enfoquen con más precisión en la retina, de esta forma, se logra enfocar los objetos lejanos sin necesidad de depender de gafas o lentes correctivos.

Mi médico particular, al que tuve que acudir porque el Seguro Social califica este tipo de cirugías como estéticas sin contemplarlas dentro de sus servicios, consiguió un láser que se adaptaba a la deformación de mi córnea. Esa tarde llegué a la clínica nerviosa, un enfermero me acompañó a un cuarto cerrado para que me vistiera con la bata de hospital, después de bañar mis ojos con gotas oftálmicas me dejó en una sala de espera hasta que tocara mi turno, todo estaba en silencio, solo se escuchaba el murmullo de un televisor que tenía el volumen al mínimo, las sillas de espera eran de aluminio, estaban frías y la tela de la bata era tan delgada que me estaba congelando hasta el alma, no podía dejar mis manos quietas, ya estaban sudando frío, me estaban ganando los nervios cuando apareció el enfermero en la puerta, me guió en silencio por un largo pasillo, las paredes blancas y la luz tenue le daban al lugar un aspecto tenebroso, abrió una puerta al final del pasillo y una ráfaga de aire frío me besó la frente, bajo una luz blanca radiante estaba mi médico, me acostaron en una camilla que estaba igual de fría que el aire que me recibió, ahora temblaba de pies a cabeza, mi médico colocó un espéculo en cada uno de mis ojos y me ordenó mirar fijamente una luz, en algunos momentos podía distinguirlo trabajando en mis ojos y en otros no podía ver nada, de pronto detecté un olor a quemado, comprendí que ya estaban aplicando el láser, estaba tan asustada que me quedé quieta por lo que me pareció una eternidad, hasta que me liberaron de aquél lugar. La cirugía en ambos ojos tardó aproximadamente quince minutos y al ser ambulatoria, pude retirarme a mi casa inmediatamente.

Durante el mes siguiente tuve que seguir los cuidados recomendados: evitar el polvo, no ingresar a piscinas, no realizar actividades físicas donde pudiera resultar golpeada y utilizar las gotas oftálmicas recetadas. Todo iba resultando bien, podía ver mejor que antes, sin embargo, no me sentía recuperada en su totalidad, podía sentir que aún existía cierta deficiencia visual. Tras varias citas de control postoperatorias, el médico me diagnosticó miopía residual, por lo que debía practicar nuevamente la cirugía para desgastar aún más la córnea. La ventaja es que dicha intervención se practicaría sin cobro alguno, correría bajo la cuenta de la cirugía inicial que tuvo un costo de mil dólares.

A los seis meses de la primera intervención, ya menos nerviosa, me practicaron la segunda cirugía, la cual tuvo un éxito rotundo. Los mismos cuidados, las mismas citas de control, pero ésta vez disfrutando al cien porciento de los resultados.

Algunas veces me acuesto en el césped por las noches, miró las estrellas y me maravillo al poder precisar cada una de ellas. Esta ha sido la mejor inversión que he hecho en mi vida, el ochenta porciento de la información que recibimos entra a través de los ojos, por eso nos permite percibir lo que nos rodea. Constantemente estamos recibiendo información visual que va creando experiencias en nosotros, las cuales pueden ser buenas o malas dependiendo de la calidad de la información que observamos, por eso la vista es uno de los principales sentidos del cuerpo humano y la mayoría de nosotros no lo valoramos. Yo no lo hacía, y no me había dado cuenta de lo mal que me encontraba hasta que me recuperé y descubrí todos los colores, experiencias y emociones que me había perdido durante años.

Por eso debemos cuidar nuestra visión y disfrutarla mientras la tengamos, aprovecharla para observar los pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos ante nuestros ojos. La pequeña flor que nació entre el pavimento, las gotas de lluvia resbalando por la ventana o los rayos de sol abriéndose paso entre los árboles. Observa y detalla, y te darás cuenta de que puedes alimentar tu ser de cosas bellas, porque por algo los ojos son las ventanas del alma.

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