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Mi getsemaní

Fue un día jueves por la tarde en la que empezó mi  tormento, desde temprana edad  la visita al odontólogo me resultaba desagradable, tenía mi mente sin temores y risueña como siempre, el odontólogo me invitó a sentarme en su camilla era un poco anciano confié en su experiencia, él evaluó mis dientes que parecían granos de maíz gigantes y desordenados, sólo tenía un par de caries y tristemente aún tenía dos molares o muelas del juicio en mi boca, pensando que todo eso me iba a tomar tiempo y dolor. No era todo. El doctor llegó y trajo las placas que me había tomado me indicó que era una de las personas que poseía dientes supernumerarios. No podía creerlo. Pensé que era una broma por cierto de mal gusto; siendo amiga de odontólogos esta vez se convertían en mis enemigos al darme esta  terrible noticia. Era mi tumba no podía creerlo. Esta pequeña experiencia me trajo el dolor de dolores sentí que me sacudió hasta el alma. Empezó la tarde de cirugías, para poner la anestesia el doctor tenía que pincharme las encías varias veces, pude sentir la aguja atravesar mi piel, fue un dolor físico indescriptible quise tomar valor pero vino el siguiente pinchazo y  las lágrimas empezaron a caer. No pude. Sentí que estaban crucificándome. Ya no quería estar allí quería huir de mi verdugo. La anestesia empezó a ser efecto poco a poco y mi boca ya estaba adormecida.

Es imposible que no sientas nada de nada cuando te están extrayendo una molar no hay anestesia total para eso. Permanecer con la boca abierta para la extracción de mis molares me trajo otro dolor en la comisura de mis labios, sufrí demasiado esas tres horas, mis ojos se perdieron en el techo del consultorio sintiendo el dolor que la anestesia no pudo vencer y pensando que la misión era demasiado sacrificio, sentía que no valía la pena.

Terminó las cirugías pero aún faltaba varias tenía dos meses para completarlas, sentía como si me hubieran arrancado la lengua, no podía hablar, llegué a casa y con mucho esfuerzo en mis palabras y mi mirada inundada de lágrimas acusé al Odontólogo  con mi papá como si fuera una niña a quien le habían causado un golpe, mi papá lejos de ignorarme me abrazo y me dijo: Hijita tienes que ser valiente el dolor ya pasará, recuerda que todo sacrificio tiene su recompensa, sólo podía pensar entre mi diciéndome: qué clase de recompensa podía tener de esto. Me sentía débil tampoco podía comer nada, el efecto de la anestesia empezaba a pasar y los dolores empezaron a venir sentía agujeros de sangre en varios zonas de mi boca, el dolor era insoportable, cual delirio, en mi cama acostada imaginé a Jesucristo en la cruz quizás sentí un granito de arena del dolor que él sufrió, tanto amor pudo tenernos para pasar  por tan grande dolor imaginarlo a él me dio valentía de continuar con mis cirugías.

 

 

Acerca del autor: Gianina Erika Romero Cantorín

Me gusta transmitir esperanza de un mundo mejor y que las adversidades nos regalan las mas ricas enseñanzas para siempre.

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GIANINA EROMERO

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