Saltear al contenido principal

¡mayo ha marcado nuestra vida!

Ha iniciado un día más, la luz del sol lucha por entrar a través de las cortinas que cubren el ventanal, el trinar de los pájaros brindan un concierto magistral. Me levanto con suavidad para no despertar a mí esposa, no quiero perturbar ese descanso tan apacible en el que se encuentra, camino hacia el ventanal y miro a través de una pequeña abertura para contemplar el cielo límpido que el creador nos ha regalado, a pesar de lo maravilloso del día no puedo evitar que en mi mente comience a nombrar insistentemente el mes en el que nos encontramos… mayo, mayo, mayo.

Un mes muy significativo en mí vida y en la de mí familia y, no me refiero con esto, a que es el mes en el que honramos a nuestras madres. Este mes en particular nos ha marcado porque en él, hemos perdido a varios de nuestros seres más queridos. El cuerpo tibio de mi esposa me saca de mis pensamientos, sus manos recorren suavemente mi pecho al tiempo que me pregunta…

—¿En qué piensas? —Sus labios besan mi espalda y sus tersas manos recorren todo mi pecho, es una caricia tan agradable que no puedo evitar estremecerme.

—En nada, solo contemplo la maravilla de este día que estamos iniciando —Me giro y veo con agrado la desnudez de su cuerpo, ese cuerpo que me enloquece día a día.

—¡Mentiroso! Sé que estabas pensando en algo —frunce de forma graciosa su ceño y me mira con picardía, mientras restriega su cuerpo en el mío.

—Sí, tienes razón, pienso en lo mucho que te quiero y que tu cuerpo me sigue enloqueciendo como lo ha hecho desde el primer día que nos conocimos —La veo con ternura, con deseo y pasión. Ella se acurruca en mi pecho, abrazándome con infinito amor, siento cómo su cuerpo tiembla entre mis brazos, ese temblor que corresponde a la pasión, al deseo de dos cuerpos que quieren fundirse en uno solo.

Nuestros labios se unen en un beso ardiente a la vez que nos estrechamos llenos de deseo, la tomo entre mis brazos llevándola hasta la cama para depositarla suavemente y dejar que nuestras manos recorran nuestra desnudez, exaltando así la pasión que nos invade. Después de un agradable escarceo, nos fundimos en uno solo, iniciando una cabalgata por senderos de pasión desmedida, arrancando suspiros de placer para llegar al unísono a la cúspide del éxtasis.

Sin duda vivimos uno de nuestros mejores momentos, nuestras hijas ya son todas unas profesionistas, volvemos a tener tiempo para nosotros.

No quisiera pararme del mullido lecho pero, debo bañarme e ir por unos resultados de unos estudios que me han hecho. Al salir de la ducha, Jovita mi esposa lleva puesta una bata y cepilla su cabello al tiempo que me mira arrobada y me pregunta…

—¿A dónde vas?

—Recuerda que hoy tengo que ir por los estudios que me hicieron y llevárselos al doctor —me pongo unos pantalones vaqueros, una camisa blanca y me calzo unos zapatos deportivos, miro su rostro a través del espejo, ese rostro que comienza a mostrar señas de cansancio y envejecimiento pero que aún es hermoso. Deposito un tierno beso en sus labios antes de irme.

Ya en la calle aspiro la humedad de la tierra, esa humedad que permanece después de una lluvia que ha durado toda la noche y que, permite que el sol esté en todo su esplendor, entrecierro los ojos y evoco las imágenes de lo que viví en la intimidad con mi esposa, me siento simplemente genial.

Horas más tarde, me encuentro en el consultorio, miro con extrañeza las expresiones del doctor al revisar mis estudios, no puedo evitar empezar a ponerme nervioso. Después de varios minutos que me parecieron eternos deja los resultados en su escritorio y mirándome fijamente rompe el silencio del lugar…

—¿Cómo se ha sentido? —me mira inquisidor, pareciera que quisiera entrar en mi mente, intranquilo juguetea con su bolígrafo.

—¡B-Bien! Con lo que me dio el ardor del estómago ha disminuido.

—¡Mmm! ¿Seguro que no se ha incrementado el malestar? —Se levanta de su lugar y vuelve a tomar los resultados de los análisis.

—¿Qué pasa doctor? —ante su actitud me siento molesto y lo enfrento—, deje de darle vueltas al asunto y lo que tenga que decirme… ¡Dígamelo de una buena vez!

—¿Viene alguien con usted? —se acerca a la puerta y mira hacia la sala de espera.

—No, he venido solo —Me paro y me acerco a él, no puedo evitar estar nervioso.

—Por favor siéntese… —me sujeta del hombro, no puedo evitar estremecerme al sentir su mano, sin duda mi semblante denota ya cierta angustia, lo miro contrariado ante mi actitud.

—Así estoy bien… ¿Qué tiene que decirme? —nos vemos frente a frente, aunque trata de aparenta tranquilidad, su rostro está lívido.

—Sus estudios indican que tiene cáncer en un estado muy avanzado, ha invadido ya otros órganos, no hay nada que hacer, está en estado terminal ­—Al escuchar lo que me dice, siento como si hubiera recibido un terrible golpe en la quijada, me desplomo en la silla, pareciera abrirse un abismo bajo mis pies, la voz del doctor la escucho cada vez más lejos, no puedo dar crédito a lo que me está diciendo—, su umbral del dolor sin duda es muy amplio, me asombra que no haya ningún otro tipo de malestar en usted. Lamento darle esta terrible noticia.

Tratando de sobreponerme le pregunto: —¿Qué tratamiento debo seguir? —lo miro con angustia, estoy al borde de la desesperación y él lo sabe.

—Solo le daré morfina para cuando los dolores se incrementen, no vale la pena someterlo a quimioterapia, con eso sólo provocaríamos debilitar su cuerpo e incrementar su dolor.

—¿Cuánto tiempo me queda de vida? Por favor sea honesto —estoy abatido, intento ponerme de pie pero las fuerzas me han abandonado.

—Pueden ser días, meses, todo depende de la fortaleza de su cuerpo. —me toma por el hombro tratando de reconfortarme, pero solo consigue que me sienta más angustiado, desesperado, quisiera gritar aunque de mi boca no sale un solo sonido, se ha formado un nudo en mi garganta.

Poco después, camino como zombi por las calles, me dirijo hacía mí casa no sé cómo decirles lo que me sucede, se angustiarán y sufrirán, desafortunadamente es algo inevitable, seré fuerte ante ellas, si demuestro debilidad, no podrán soportar esta gran carga.

Horas más tarde mi hogar era invadido por el llanto y reclamos ante el creador. Sacando fuerza de lo más profundo de mi ser trato de darles un poco de consuelo.

—Sé que es difícil pedirles que se tranquilicen o que se resignen ante lo inevitable pero, de una forma o de otra, nos vamos a enfrentar a la muerte —se me parte el corazón mirarlas sumidas en ese sufrimiento, las tres me abrazan—, con los medicamentos que me han dado no sentiré dolor y me iré extinguiendo poco a poco pero sin sufrimiento —Sé que les miento pero, me hago el fuerte, no puedo flaquear ante ellas ¡No ahora!.

—¡No es justo! —Azucena, mi hija menor, se separa y de forma retadora mira hacia el cielo— ¿Por qué Dios te hace esto? ¡Reniego de él! —Su rostro se congestiona por la ira, está bañada en lágrimas.

—Por favor hija no reniegues de Dios, recuerda lo que decía tu abuelita “por algo suceden las cosas” —la trato de abrazar pero se aleja, su hermana Karen, de igual forma trata de reconfortarla y la rechaza—, quizá algunos actos de mi pasado son las consecuencias de lo que hoy padezco, no crean que siempre he sido una blanca paloma, acepto esta prueba para espiar mis pecados.

—¿Cómo puedes decir eso papi? —Karen me habla, me mira con incredulidad, se acerca hacia mí para abrazarme con infinita ternura, siento su angustia y desesperación.

—Sí, hija, no sabes que hice en mi pasado. Recuerden que siempre he creído en Dios como un ser de energía y por tanto en la ley de la atracción. Esa energía negativa que generé quizá en mi adolescencia, al día de hoy, me está cobrando factura. Ahora ante lo inevitable deben ser fuertes y apoyar a su madre. Sé que es difícil pero, deben seguir su vida como hasta el día de hoy la han llevado.

—Su padre tiene razón hijas —Mi esposa se acerca con semblante triste pero ya sin lágrimas, toma a mis hijas de la mano y se acerca hacía mí—, a partir de hoy debemos ayudarlo a que el tiempo que le quede de vida, nos vea fuertes y unidas para que no se vaya con la angustia de dejarnos sumidas en la tristeza y desesperación.

—Sí tienes razón —Azucena habla ya un poco más serena, me abraza con mucha ternura, no puedo evitar que mis ojos se llenen de lágrimas y que tenga un nudo en la garganta.

El tiempo ha seguido su inexorable paso, ya casi se cumple un año de aquel terrible diagnóstico, no puedo negar que he tenido meses difíciles, mi cuerpo está debilitado, pero aún puedo moverme por mis propios medios, la luz del sol pelea por atravesar las cortinas que cubren el ventanal, reúno fuerzas y salgo lentamente de la cama para ver ese amanecer, no puedo evitar que a mí mente llegue el poema, En paz, de Amado Nervo:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,

porque nunca me diste ni esperanza fallida,

ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

 

porque veo al final de mi rudo camino

que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

 

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,

fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:

cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

 

…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:

¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

 

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;

mas no me prometiste tan sólo noches buenas;

y en cambio tuve algunas santamente serenas…

 

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.

¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

 

Las sombras de la noche han dejado atrás un mes más, los rayos del sol pegan en mi rostro, y le doy la bienvenida al mes de mayo diciendo: ¡Bienvenido mayo! ¡Te estaba esperando!

Jose Juan Espinosa Mercado

Soy sociable, me gusta escuchar a la gente, vivir la vida sin perjudicar a nadie y tener a la mano buenos libros.

Volver arriba