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LOS SAN COCHADOS

LOS SAN COCHADOS

Lemuel – 2017

 

Un mal día, el rey de las tinieblas se encontraba acaloradamente aburrido en lo profundo del averno y decidió subir a pasear por su reino acercándose curioso en puntitas de cascos a una pequeña capilla del poblado de Cochado al escuchar a una religiosa que sollozando y postrada de rodillas imploraba ayuda para el mal que le aquejaba hacía siete largos años ante una estatua de madera del santo de su devoción y patrono del pueblo “San Cochado”.

 

– “…OH! mi San Cochado Bendito…”, – decía la monja en son de súplica – “…te ruego que me sanes de este suplicio, que desde hace ya varios añitos, estos huesos faltos de calcio, se encuentran muy dañaditos…”.

 

El demonio pensó para sus chamuscados adentros…

…¡Esta mujer lo que me parece… es una poetisa completa… Me gustó su verso…y por tanto… la sanaré!…; Y escondido desde detrás de la fría imagen de San Cochado, sacó de dentro de su bolsillo izquierdo un poco de azufre en polvo, con destrancadera de calcio al 90% y lo lanzó a la devota por encima de la brillante y lisa cabellera del santo. La religiosa sintió una especie de fluido eléctrico que progresivamente le fue enderezando cada vellito de su tullido cuerpo hasta quedar totalmente sana; entonces de un salto exclamó un alborozado ¡Yajujuyyy…! de felicidad. Enseguida arrastró una larga banca del templo hasta colocarla al frente de la imagen y se encaramó en ella para poder abrazar y colmar de besos y más besos los gélidos cachetes de madero de San Cochado que no esperaba tan impresionable homenaje.

 

Al otro día muy en la mañana, el sacerdote recogió debajo de su brazo y con mucho afán su sotana y escaló rápidamente al campanario para hacer redoblar las campanas y convocar a misa de seis a los Cochadeños que curiosos acudieron de inmediato y muy ansiosos a escuchar la buena noticia que les tenía su guía espiritual. Buena por cuanto se oyeron repicar en dos ocasiones más de lo permitido.

El santo patrono colocado ahora sobre una pulida mesa frente al altar, lucía su usual rostro brillante y clemente pero ya sin el capul sedoso que una descendencia de arañas calentanas había tejido en arduo trabajo a través de varios años sobre su cabellera pintada de negro y ya sin los rastros de cagalutas de las palomas que jugaban a saltar en una sola pata desde la ventana hasta el hombro del vulnerable santo.

 

– “¡Hermanos míos….Hermanos míos¡”…- exaltado exclamó el párroco… – “Quiero compartir con vosotros el suceso que anoche nuestro santo patrono San Cochado bendito, mientras vosotros dormíais efectuó en este sagrado templo a nuestra muy piadosa y fervorosa sor Trinidad”….!Sor Trinidad!…”- el cura llamó a la monja quien caminando entre pequeños salticos y con efusiva sonrisa miraba por sobre las lunetas de sus anteojos a los estupefactos fieles que conocían tiempo atrás del pronunciado reuma que le tenía semiparalizada.

 

Se acercó al micrófono: – “Siiii… siiii… probando…uno, dos, tres… – hermanos míos… lo que nuestro párroco acaba de comentaros es cierto y verdad… San Cochadito bendito comenzó por fin a hacer milagros… miradme no más como me ha dejado – explicaba a tiempo que estiraba brazos y piernas – y fue por eso queee… – se sonrojó un poco -, …Me tomé el atrevimiento de bajarlo de su olvidado y empolvado sitio para limpiarle y repararle. Aprovecharé para proponerle a nuestro querido alcalde que decrete enderezar su ojito derecho…, que le sean delineadas un poco las cejas y de paso aprovechemos para retocarle su orejita izquierda en la que tiene un huequito… y de esta manera pueda oír bien nuestras peticiones… también podemos hacerle colocar los deditos del piecito que le faltan… Miren… si me lo permiten ustedes, el concejo y el prelado del templo, yo misma le confeccionaré un traje nuevo porque lo que es…nuestro San Cochado por fin despertó de su largo sueño.”

 

El diablo limpiándose con el cabo de un fósforo la suciedad de sus largas uñas, sonreía sentado al pié del confesionario. Se paró, sacudió su invisible capa, atravesó la gruesa pared de bareque y se alejó hacia su sombría morada pensando sonriente: ¡…definitivamente aquí se goza mucho más que en el infierno…!

 

Pasados seis meses el rey de las tinieblas se encontraba otra vez aburrido en su abismo inferior. Entonces subió a su reino acercándose nuevamente a aquella capilla para ver lo que acontecía al escucharse desde su interior una gran vocinglería. Entonces atravesó la pared asomando su encuernada cabeza.

En el altar principal, se encontraba el santo totalmente reformado. Lucía los ojos ya derechitos mirando siempre de frente con su color verde profundo, lloroso y clemente, un largo atuendo de adornos con imitaciones de plata y oro dejaban al descubierto las puntas de sus pies de madera muy bien lijada y brillante; los dedos otrora incompletos contaban cada uno con sus correspondientes uñas y pediqueur muy bien pintadas de esmalte rosado y luego selladas con laca transparente, totalmente exento de juanetes y libre de callos o padrastros de la madera que le hicieran deslucir.

 

Cientos de fervientes luego de prender una velita a muy prudente distancia, con el fin de no ocasionarle quemaduras de algún grado, depositaban una limosna en el ofrendatorio y hacían una larga fila para poder besarle los pies al santo que con la mirada yerta y disipada en el más allá, recibía las ofrendas sin conocer en su haber del sorprendente poder del dinero, de Inversiones, de Sociedades, ni CDTs o quizás de alguna Pirámide. Además de besuqueos y lisonjas, alguno que otro feligrés sentía la necesidad muy personal, de propinarle uno que otro pellizquito por debajo de sus mimadas plantas planas, pero desafortunadamente San Cochado no contaba con epidermis ni pellejo alguno para sentir cosquilleos, y mucho menos con poros receptores de frío o de calor que indicaran la proximidad de algún agente extraño, razón por la cual tampoco los pudo disfrutar.

 

– “…Como éstos Escalzurriaos son tan avispados…”- Pensó el diablo…- “Si yo les hago un milagrito bien chévere, pues creerán muy seguramente que fue el santo y ahora sí que tendré muchos cómicos con quien divertirme no solo aquí sino también en el infierno… y jamás volveré a estar tan solo y aburrido”.

Entonces sacó del bolsillo trasero una jeringa con gotas de sangre humana y la eyectó sobre los inexpresivos y fijos ojos verdes de san Cochado que ni siquiera pestañeó al sentir el chorreteo.

La esposa del Notario Primero del pueblo – dama muy distinguida entre la alta sociedad Cochadeña – al mirar tal efecto, abrió sus vistas a tal punto, que parecía que estuviese disecada y señalando el sangrilloroso santo fue a dar directamente sobre los brazos de su perturbado esposo totalmente desmayada y tiesa. El diablo tuvo que taparse el hocico para no pegar un aullido de la risa y en puntitas salió corriendo a revolcarse destornillado de carcajadas allá abajo, a sus profundos infiernos.

 

Una noche, pasados otros seis meses, el rey de las tinieblas volvió a su reino para mirar qué había sido de tan peculiar ya municipio y se encontró con una muchedumbre que esperaba atenta el paso de un acontecimiento importante por la calle principal. El espeso humo de la pólvora que impregnaba hasta los festones que colgaban entre postes, se esparcía dejando ver las muchas bombas de colores que adornaban los ventanales de las viviendas, árboles y calles. Una buena cantidad de agentes de policía había arribado desde la capital y formaba un cordón de seguridad humano intentando mantener la muchedumbre al margen tras de sí; los avisos publicitarios convidando a la fiesta del patrono y la descarga de los cartuchos de pólvora que explotaban entre los vivas y los aplausos, animaban a la muchedumbre de pueblerinos y visitantes provocándoles una euforia colectiva en víspera de esa… la primer fiesta preparada para “San Cochado”.

 

Las cámaras de televisión regional y departamental, la prensa nacional y la radio, cubrían la noticia cada uno de acuerdo a su formato. Muy presto y por doquier el hormigueante comercio ofrecía sin par innumerables y diferentes imágenes de todo tipo del ídolo. Su imagen trascendía en gran cantidad de  camisetas, cachuchas, afiches, medallas y escapularios para ser lucidos en la muñeca, el cuello o el piercing. Los San Cochados de barro de pequeños tamaños deslucían por lo incierto en sus ojos que pareciesen pintados a la carrera por un artista inexperto o una persona con mal de Parkinson frente a sus magnos rivales de fina contextura en madera, guayacán, yeso y hasta en cobre.

 

…Apareció al fin la caravana… A paso muy lento…

Saludando sonriente y con gafas oscuras que le ocultaban un tenaz guayabo, engalanaba el desfile el Alcalde Municipal quien lucía una faja de colores roja y amarillo terciada de su hombro izquierdo hasta bajar a abrazarle la impresionante cintura; a su lado el párroco del pueblo siempre exponiendo su eternal sonrisa que hacía que le centellearan las calzas metálicas cada vez que se disparaban los flashes; enseguida y bien acompasada, la banda Municipal interpretando una marcha lastimera y simple que se repetía cada tres minutos. Desfiló a continuación el Consejo Municipal. Los diez nobles de alto rango pero bajos de estatura, con gafas negras, obesos y con la punta de la nariz colorada, vestían de tunica lila y un ancho y largo cinturón blanco.

 

Tras ellos fueron apareciendo unos personajes vestidos religiosamente con colores entre negros y purpúreos, pero nadie supo realmente de quienes se trataba, ni aún la misma prensa ya que cubrían sus rostros con una larga capa negra hasta debajo de la cintura. Las conjeturas apuntaban a que se trataba muy seguramente de los guardaespaldas del santo porque se cree que iban muy bien armados.

 

Al fin y mas atrás siempre como lejano, como ausente, como ido, como si se encontrara y no se hallara, dentro de un armario de vidrio y sin siquiera sudar a pesar de los treinta y ocho grados de temperatura, cargado por diez hombres de igual estatura, (para mantenerle nivelado), vestidos con un atuendo negro hasta los tobillos y sobre sus cabezas un conito largo, puntiagudo y negro al revés con dos huequitos redondos para poder mirar y otro más abajo a modo de respiradero, venía San Cochado muy tieso y muy majo; con su mirada derechita pero como siempre, perdida en el mas allá. Esos ojos antes reconocidos por todos, ahora eran desconocidos por muchos debido al retoque depilatorio y arqueado de sus cejas, cualquiera pensaría que tenían vida propia y podían perfectamente observar los espectadores; sus pestañas fueron encrespadas muy bien seguramente por Sor Trinidad. Sus dedos quedaron tan bien remendados, que pareciera como si se hubieran formado desde antes de su mismo nacimiento, algunos periodistas consideraron seriamente que su piel contaba con Estrato Germinativo que es la película externa del cutis que hace que la piel recambie automáticamente sus células muertas.

 

El ídolo de madera expuesto a la vista y al frenesí de la concurrencia y de la noche, se mecía inmóvil, recio hacia atrás… recio hacia delante… hacia un lado… y hacia el otro, siempre callado, pensativo, serio y muy quieto, según lo afirmaba Sor Trinidad, “era un santo muy juiciosito”. Su aspecto acicalado con toda clase de imitación de las mejores joyas y de desbordante opulencia producía un efecto de temor fervoroso que incluso mas de uno tuvo que pellizcarse para saber que se encontraba vivo.

Pero el santo se meneaba inmóvil, abandonándose placidamente al compás severo y celoso del vaivén de sus cargantes.

 

De sus vestidos carmines, colgaban cientos de vidrios con forma de finas joyas y latas pintadas asemejando toquetes brillantes de plata y oro elaborados con botellas de colores de gaseosas nacionales, de licor y de algunas cervezas o pedazos de latas, de recortes de cajas de aceites y algunos enlatados que el párroco y Sor Trinidad en una extraordinaria campaña hecha exclusivamente para adornar su traje habían logrado fabricar en completo secreto.

Los periodistas y fotógrafos que cubrían la noticia en medio de empellones y codazos se peleaban un lugar para filmar el paso del ídolo o lograr su mejor ángulo para sacar tan siquiera una foto.

 

Seguidores del pueblo y visitantes de fuera lanzaban besos y mas besos a la imagen arrojándoselos desde varias distancias; llovieron a su paso además de besos, vivas y muchos benditos, los ventanales lucían saturados de ancianos y niños, se escuchaban los pitos de los carros, las motos y recibió a su paso torrentes de hermosos gladiolos, rosas rojas, blancas, rosadas, esponjosos claveles y una que otra margarita, pero la estatua no pudo apreciar los aromas de tan delicadas flores debido a que sus fosas nasales no contaban con los cornetes, la pituitaria y el bulbo olfativo.

El diablo mirando tal suceso parado desde una esquina, tenía que tomar aire para no descoyuntarse de la risa, asiéndose el abdomen con una de sus dos cascomanos, mientras que con la otra debía apoyarse en una pared para mantener el equilibrio; y de sus purpúreos ojos, debido al arreciar del carcajeo, no pararon de brotar centellantes lágrimas durante largas horas.

 

Un estrepitoso e inesperado repique de campanas pero esta vez, con dos repiques menos de lo permitido se oyó ocho días después de finalizadas las fiestas. Los feligreses acudieron urgentemente a la iglesia para tratar de averiguar la fatal noticia en esa pérfida mañana.

-… “OH!…hermanos míos… hermanos míos” – repetía el párroco aferrándose la cabeza entre sus manos…-”algo inadmisible acaba de suceder… se han llevado el cuerpo de nuestro santo patrono…”

Una señora en la parte de atrás del templo pegó un chillido que todos voltearon a mirar pero no supieron de quien se trató pues ya se había caído. Entonces comenzó un leve murmullo que iba en aumento cual víspera de una eminente catástrofe.

¡…”Debemos hacer algo…esto es un sacrilegio”!… Dijo el Alcalde por encima de los sombreros agitados y las arengas de rechazo del pueblo,…_ ¡”y yo como primera autoridad, no puedo permitir que esos malhechores se vayan a salir con la suya!…

El párroco arreció – “de mi parte pueden estar tranquilos hermanos míos… porque lo que sí madrugué a hacer muy tempranito, fue a excomulgar a esos profanadores de los infiernos”.

– …“Uyyy… pobrecitos esos apóstatas”, – temió Sor Trinidad – “…y lo que les espera… no saben lo que San Cochado les pueda hacer, porque bien bravo que sí es cuando se le torea”…

 

Pero San Cochado por motivo de que su cavidad bucal no contaba con resonadores, le fue imposible exclamar algún grito pidiendo auxilio o al menos un profundo suspiro exhalar al momento de abandonar su ostentosa vida.

Según los investigadores privados más instruidos e intuitivos traídos de diferentes partes del país, nunca se pudo encontrar prueba alguna para dar con el paradero del desafortunado santo ni de sus captores lo cual, hasta el día de hoy está declarado bajo juramento y con certificación Legal por el “Concejo Municipal de Cochado”, como un legítimo misterio.

 

Luego de permanecer amordazado dentro de una ruana de hebra ovejera, viajó dos horas en mula, treinta y cinco minutos en canoa y en tren cuarenta minutos antes de salir expulsado por una de las ventanas del último vagón del tren volando como un Superman hacia una laguna olvidada, pero sin capa y sin el preciado vestido colmado de vidrios y cuasimetales finos; únicamente y para proteger su vergüenza, le concedieron conservar puesta la prenda interior boxer que Sor Trinidad y con mucha devoción en tardes enteras había confeccionado con ribetes de encajes azules bordados a mano.

 

Seis meses después, el demonio se acordó de lo gozado en este lugar y quiso saber de lo acontecido allí. Entró a la iglesia que ya lucía mucho más espaciosa y bella. Al fondo, y sobre un altar mayor bruñido, dentro de una bóveda antibalas, protegida de la luz ultravioleta, anti ladrones y fuera del alcance de cualquier humano, se encontraba un San Cochado hecho en cobre, tres veces más alto y ataviado con joyas esta vez reales y muy finas en un oro y una plata de muchos quilates, siendo incluso el de mayor incidencia en la consecución de estos nobles metales el sepulturero del pueblo, quien tuvo que redoblar varios de sus turnos laborales con el fin de sustraer a tiempo los finos metales de las cajas de dientes, puentes, calzas, orejas, cuellos y dedos de algunos de los difuntos figurantes del pueblo y que en contra de su voluntad, debieron donar post-Morten como últimas posesiones terrenales para la noble causa de su santo patrono.

 

Una vez el pequeño raudal de material fue completado, el párroco dedicó una larga sesión de conjuros con agua bendita en contra de algún posible espíritu que decidiera aferrarse infructuosamente a sus prendas y otra posteriormente para consagrarlas antes de ser fundidas; fueron esterilizadas con gasolina, desinfectante, Fab, alcohol antiséptico y creolina por Sor Trinidad.

 

La multitud de seguidores, la mayoría de rodillas con sus manos juntas, los dedos entrelazados, con los ojos lacri-compasivos y las fauces abiertas contemplaban esa belleza tropical mientras el diablo desde muy cerca aguzaba su vista detallando minuciosamente la pulcra terminación que un artista había puesto en cada detalle a la magnífica obra.

Se paseó en su entorno detallándola estupefacto… dio unos pasos para atrás para poder apreciarla un poco de lejos. Se cruzó de brazos moviendo la cabeza suavemente para un lado y para el otro sin dejar de contemplarle, luego se tomó las barbas con una pezuña y sin salir de su asombro murmuró…: !…Esto es increíble…!…

 

FIN.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

omarorjuela@hotmail.com

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

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