Limerencia

“Las memorias anteriores a mi advenimiento, si es que alguna vez las hubo, se hundieron en un profundo y oscuro océano de inexistencia. Donde mi alma flotaba inerte en una nebulosa monda y amorfa, como si hubiese sido parte de la nada omnímoda. El frío no se comparaba si quiera con el invierno más atroz e infame. Y refugiado en esa única sensación, que duró un instante o quizá un eternidad, comprendí lo que la beatitud significaba”.

Abruptos ruidos y una ligera pero molesta luz, perturbaron aquel extraño trance en el que me encontraba. La temporada estival me despertó para ser consciente de mi propia existencia. Pero refugiado en mis pétalos concéntricos, me escondí del lugar ajeno e ignoto que me acosaba. Pues el inhóspito sitio me lleno de vulnerabilidad.
                Observé al mundo a través de uno de mis pétalos semi abierto, concibiendo el entorno que me rodeaba. Pude percatarme que no me encontraba en absoluta soledad, debido a que a mi alrededor había docenas de flores, árboles y animales que se regocijaban con el brillante astro encima de nosotros.
                Apenas podía diferenciar las cosas entre matices claros y opacos. Mi limitada visión del panorama, no me permitió explorar toda la inmensidad del bosque donde yacía sembrado. Y no tarde en darme cuenta que fui la única flor que rechazó la llegada veraniega con desdén, pues mi cáliz no brotó al sentir la calidez de sol.     
                Mientras los amaneceres y crepúsculos pasaban; me acostumbre a espiar a los girasoles que se mecían con suavidad al soplar del viento, tarareaba las melodías que las hortensias recitaban al unísono y envidiaba a las dalias que solían alabar el acaecimiento de tan esplendido ambiente climático.
                Hubo un tiempo en donde anhelé florecer, para tener un poco de esa felicidad otorgada por el cielo. Sin embargo comenzó a brotar en mí, un desprecio genuino por él. Los días monocromáticos, como arco iris de tonalidades grisáceas, se entremezclaron con una vorágine de sentimientos contradictorios, volviéndome incapaz de diferenciar un pigmento de otro.
               No comprendía porqué parecía estar tan distante de esa esotérica orbe. Y desde la pequeña concavidad donde me resguardaba, me cuestioné porqué había nacido en este mundo.

Las estaciones perecieron una por una, y le dieron la bienvenida al gélido invierno. El bosque se tiñó de una tonalidad que se asemejaba a la pureza, pero en su lugar palideció toda la vida botánica al contacto, y las floreces muertas fueron arrastradas por el viento con crueldad, como si les cobrase factura de tanta dicha gozada. Aun así, sentí esa frialdad con ciertos vestigios familiares; porque mis cinco pétalos se abrieron en plenitud, mi talló se estremeció un poco y mi cáliz agradeció con sinceridad el abrirse ante tal espléndido escenario.              
                Embriagado en ese color tan romántico, distinguí una sombra discrepante recogiendo cada flor marchita desde suelo, aglomerándolas con suavidad en su regazo. Por alguna razón, su mera presencia evocó en mi inconsciente, una tranquilidad tan apacible que deseé ir a donde sea que llevase a esas flores maltrechas.
                –¡Espera, llévame contigo también! –intenté llamar su atención antes de que se alejase.  La presencia cubierta de una niebla fúnebre y larga, se acercó con lentitud, como si el tiempo para ella fuese no más que una ilusión mortal. Se inclinó hacia mí, y yo no pude ocultar mi turbamiento.
                –Ni siquiera sé lo soy. Yo no pertenezco a este lugar, así que por favor –me detuve, pues en su mirada compasiva pude notar una exánime eternidad, tan sombría, lejana e ignota, que fui cautivado por la luminiscencia de esos ojos muertos.
                –Eres un eléboro, una flor invernal –musitó sosegada–. Rara aún entre tu estirpe, por tus colores lúgubres. Hermosa como ninguna pero, ¿por qué parecieses desear marchitarte, aun cuando tus pétalos están en pleno apogeo?
                –¿Eso es lo que necesito para que me lleves contigo?
                –La calidez que buscas, nunca la encontrarás conmigo –soltó una dulce risa apenas audible.
                –Sólo anhelo un poco de tranquilidad –dije casi como una súplica.
                –Escúchame, has vivido tu vida lo suficiente para odiarla –habló con una tonalidad maternal–, pero no tanto como para amarla. Cuando lo consigas, te prometo que vendré por ti, y seguramente me odiarás por arrebatarte esa felicidad.
                Se desvaneció en la cuarta estación, pero su despedida me llenó de satisfacción. Pues mi alma cautivada y agradecida, aún anhela las palabras que esa voz me concedió. Una beatitud perenne e inconsciente, a cambio de la vida que he de perecer.

–Uriel Kaede.

Uriel Kaede
Author: Uriel Kaede

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