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Le reclamé a Dios

Cada vez que veía una nota luctuosa sentía un vacío que ya creía olvidado. Otra vez ese dolor y, sobretodo, ese rencor por la ausencia. Me dijeron muchas veces que no debería reclamar ni cuestionar las decisiones de la divinidad, pero ¿cómo no enfrentarse a todos y todo cuando pierdes a quien tanto amas? Cuando recibí la noticia no sabía cómo reaccionar. La voz de mi madre al otro lado del teléfono sonaba lejana y, sobre todo, resignada. La sentí vencida, como nunca antes la había conocido.

Llegué apresurado a la clínica, con la esperanza de que todo hubiera sido sólo un susto; mi cabeza llena de excusas y posibilidades, una más ridícula que la otra. Al entrar en el cuarto y ver a mi madre en la silla, con su mirada perdida, supe que no había marcha atrás. En la camilla, el cuerpo frío de mi padre envuelto en una sábana; su rostro, que siempre rebosaba vida y bondad, estaba cubierto por la rigidez de la muerte. Mi corazón se rompió ese día. Y en mi pecho se alojó, desde el momento que besé su fría frente, un rencor insoportable. Lloré como nunca antes lo había hecho, le reclamé a Dios por llevárselo. El resentimiento se alojó en mi alma y con cada mención de la voluntad divina, mi piel se erizaba y regresaba mi odio, fortalecido por las palabras que en vez de confortarme alimentaban ese dolor.

Sin embargo, no quería ofender a mi devota madre ni a su inquebrantable fe. Me dolía ver la tristeza en sus ojos, pero siempre callé para no herirla. En silencio, con la intención de no herir a nadie, sufrí a solas y maldije la decisión que el Dios compasivo había tomado. Me preguntaba por qué ese Dios, que tanto amor y perdón pregonaba, me arrebataba mi vida. Y al no obtener respuesta, más crecía la intención de hacer a un lado mi fe. Pero fue mi madre, quien definitivamente sufrió más con la ausencia de mi padre después de treinta y seis años juntos, quien me hizo entender que la vida continua. Ella, que había disfrutado y sufrido a su lado, que compartió sueños, hambre y bendiciones, fue el soporte de todos. Con su fe salió adelante y nos hizo ver a todos, especialmente a mí, que, si bien no era justo perder a mi padre tan pronto, debíamos ser felices por compartir esos años. La misma fe que nos inculcaron desde niños fue la que la hizo sobrevivir a esa pérdida, y era la que en definitiva nos iba a permitir aceptar su partida.

Con paciencia, sabiduría y mucha insistencia, me permitió reconocer que mi padre nunca iba a estar ausente. Que no valía la pena vivir con rencor, con dolor y remordimientos. Que nada lo haría más feliz que ver cómo crecíamos en amor como familia. Y así pude comprender que ese dolor, ese resentimiento hacia Dios, no era más que el reproche que me hacía yo mismo por no haber disfrutado más a su lado. Mi madre nos hizo ver que cada uno dio cuanto pudo, y que de cada uno se llevó un hermoso recuerdo. Y que ahora esté donde esté, sabe que somos personas de bien. Y así, cada vez que vuelven a mi memoria sus abrazos, sus besos de buenas noches, sus consejos, su música y su amor por el futbol, sonrío. El dolor no se ha ido, pero ya no reclamo por su ausencia, ahora doy gracias por todas sus enseñanzas y consejos. Porque no se ha ido, solamente ha cambiado la forma en que nos guía cada día.

Eliecer Gutierrez Lopez

Soy costarricense, amante de la lectura y el fútbol.

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