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Las dos caras de la moneda

Anécdota especial

Tenía varios meses de no tener contacto con mi mejor amiga de la Universidad cuando mi abuelita materna falleció dejando en mí un vacío que me afectó profundamente. A pesar de eso y producto del inmenso amor hacia mi madre decidí hacerme cargo de todos los trámites administrativos que una muerte conlleva.

Traté de ser fuerte y de ser un apoyo para mamá porque el golpe era mucho más fuerte para ella. En mi corazón sentía un intenso dolor que no había podido dejar salir porque no tenía un espacio para hacerlo. Aún mi hermana mayor estaba tan afectada que necesitó su espacio y recibir apoyo de su esposo.

Las horas durante el proceso de despedida de abuelita pasaron tan lentamente que algunos momentos todo parecía estar congelado a pesar del movimiento que generaba la entrada y salida de las personas. La noche en la sala de velación fue devastadora; la temperatura estuvo más fría de lo habitual para esa época; sin embargo, prácticamente no lo notamos por la gran cantidad de individuos que llegaron a darle su último adiós. Las reacciones de la gente y la intensidad del duro momento desgastaron mis últimas energías. Finalmente, en las últimas horas de la madrugada, la muchedumbre se disipó e incluso llegué a encontrarme ahí sola tomando un café en espera de mi relevo para ir a tomar un baño y prepararme para el funeral.

Fue entonces que ocurrió mi milagro. llegó mi querida amiga de tantos años, con un arreglo floral en una mano y con la otra lista para abrazarme. Se sentó conmigo y durante un par de horas antes de ir a su trabajo, me acompañó, me escuchó y me consoló. Su presencia fue sanadora y me dio la energía para sobrellevar los duros momentos que estaban por venir. Sentí que nuestra amistad había sobrepasado el tiempo y la distancia. Viví el agradecimiento de quien tiene una necesidad urgente y logra verla satisfecha justo cuando más lo requiere.

Anécdota dolorosa 

 Mientras tomo lentamente mi refresco, entre risas y varias conversaciones al unísono, logro escucharlo contar una situación crítica de su vida para pedir las opiniones de los demás como si realmente le importaran. Comenta la separación de su pareja con tanta naturalidad y ecuanimidad; yo que conozco muy bien su historia noto como oculta los hechos según su propio beneficio. Lo observo detenidamente y sigo sin creer que ese hombre es el amigo que creo conocer. Nos quedamos un momento a solas y le expreso mi sentir al respecto; no me mira a los ojos y con una mueca de decepción en el rostro se da la vuelta y me deja hablando sola. Es mi mejor amigo y sencillamente me ignora; definitivamente la decepción es un veneno para el alma y duele proporcional al cariño. Algunas otras personas le hacen comentarios con respecto a su historia, impávido los escucha sin pronunciar palabra, de todas maneras, no está dispuesto a escuchar la verdadera percepción de los demás ya que piensa que deben darle la razón y justificar sus inconsistencias.

Decido trasladarme a otra mesa con el pretexto de poder sentarme de manera más cómoda. Me siento triste, molesta, frustrada. No estoy de su lado; sin embargo, el desengaño ahoga mi deseo de mantener mi autenticidad y transparencia por lo que decido guardar silencio y alejarme. Justamente como no miento y tampoco callo ya no merezco ser su amiga; sencillamente me saca de su vida, me da la espalda y hace de cuenta que nuestra amistad no existe. Incluso prefiere refugiarse en su nueva pareja, una mujer muy joven que lo acompaña y se nota que lo conoce poco por lo que puede hacerse la víctima con ella, manipularla a su antojo y crear una vida de mentiras.

No logro manejar tanta desilusión e intento revisar sus redes sociales para tratar de comprender lo que sucede; como no lo logro finalmente cedo a mi impulso de enviarle un mensaje. A la distancia puedo observar como lo lee y no sólo no me responde si no que bloquea mis cuentas, no me permite contactarlo por los medios de comunicación disponibles e incluso no le importa que estoy embarazada para tratarme como un patán. Veo su verdadera cara y por primera vez logro identificar mi autoengaño, la verdad da tanta libertad que incluso limpia la vida de falsas amistades e hipocresía.

Me despido del resto de ex compañeros, tomo mis cosas y camino hacia la puerta del restaurante. Fuera del lugar, mientras espero a mi esposo, me seco unas pocas lágrimas del rostro, las últimas. Ya no más.

Dormilona y soñadora. Madre practicante.
Amo la lectura que mueve mis cimientos.
Escribo como adicción, he tenido mis momentos de abstinencia así como algunas serias recaídas.
Intensa y estructurada.
Colorida.

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