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Las 3 cartas.

Es momento de partir.

Recibí la noticia de mi muerte cercana de la boca de mi doctora  y mi valor tambaleó.

Ahí estaba frente a la especialista, quien me daba el diagnóstico y todos esos reconocimientos detrás de ella se burlaban de mí.

—Es una excelente doctora, no hay forma de que los resultados sean erróneos— parecía que decían—. Es la mejor en su área, pero aún así no puede hacer nada por ti.— Casi podía escuchar cómo se mofaban y mis nervios precedidos por la noticia y el pensamiento acelerado de mi próximo deceso casi me hicieron vomitar.

Con pasos flojos pero decididos salí del consultorio tan rápido como me fue posible y fui a buscar al amor de mi vida, quien ha sido mi compañero por ya muchos años. 

Cuando llegué a su encuentro en el parque en el que nos hicimos novios y en el que melodramáticamente decidí citarlo aquella tarde, me fundí en su pecho casi por inercia.

—¿Qué pasa?— Preguntó preocupado, sabiendo que algo me sucedía porque después de tanto tiempo juntos, había aprendido a descifrarme muy bien. Mi respuesta no llegó y comprendió que no era el momento de hacer preguntas. Estuvimos ahí, en silencio por cerca de una hora y no fui capaz de decir nada. Esta vez ya no tenía miedo por mí, sino por él. No quería que sufriera al saber la verdad.

Aquella noche, luego de la actividad de entrega más bella y placentera, me dispuse a escribir tres cartas en la mesa de trabajo, a un lado de mi cama, con una lámpara de noche que apenas si iluminaba una pequeña área pero que era indispensable para no despertar a mi amor con un exceso de luz.

Plasmé mis últimas palabras dirigidas a las seis personas que más amé en el mundo, pero no era mi despedida, sino mi “hasta pronto”. 

Comencé con la primera y mis ojos empezaron a llenarse de agua. Escribí a puño y letra en un sobre amarillento: “Carta a mis padres”, tomé una hoja en blanco y empecé.

 

Mamá y Papá:

Sé que desde siempre fui una hija conflictiva, muy a mi manera y de formas fuera de lo común.

Siempre tan necia que parecía que no escuchaba lo que me decían, pero no era así.

Me llevé todos sus consejos tatuados en el alma y apliqué los que la vida me permitió en este poco tiempo siendo adulta.

Nunca, así hubiera podido vivir 120 años, terminaría de agradecer su esfuerzo para hacerme una mujer sana, fuerte y de bien para el mundo.

Me enorgullecieron a cada momento y desde donde esté, los bendeciré con todo el amor que me cabe en el alma. Gracias por todo.

Los ama: Su hija mayor.

 

Tomé un pañuelo y después de limpiar mi rostro, metí la hoja al sobre junto con una fotografía donde estábamos mi padre, mi madre y yo sonrientes en mi graduación de preparatoria. Una sensación de lejanía y soledad invadió rápidamente mi cuerpo, lo que provocó una ligera temblorina en mis manos.

Proseguí con la segunda carta. Esta vez puse en el sobre “Carta a mis hermanos”.

 

Yaz, David y Rodrigo:

Ustedes, hermanos de mi alma, fueron las personas que más marcaron mi paso por la tierra.

Juro que ahora mismo daría la vida que esta a punto de irse de mis manos, solo por ustedes.

No tengo palabras para explicar lo mucho que los amo y lo increíble que fue tenerlos conmigo.

Yaz: gracias por ser mi compañera desde que tengo memoria.

David: gracias por enseñarme que con paciencia, Dios siempre nos da lo que pedimos. No sabes cuánto deseaba tu llegada.

Rodrigo: gracias por mostrarme lo doblemente bendecida que he sido. Fuiste una muestra de que la vida nos da en abundancia.

Siempre intenté ser un buen ejemplo para ustedes, pero hoy, a punto de partir, solo me queda darles un último consejo.

Busquen su felicidad y sean buenos entre ustedes y con los demás.

Los ama: Su hermana mayor.

 

Hice el mismo ejercicio de elegir una foto para ponerla dentro del sobre. En esa ocasión, la elección fue más sencilla. 

En la imagen aparecíamos los cuatro. Yaz de unos 15 años, David de un año, Rodrigo de algunos meses de nacido y yo de 16 años.

Estábamos en un sofá, mi hermana sentada en él cargando al más pequeño, mientras David estaba en mis hombros y yo en los de mi hermana. Daba la ilusión de que ella estaba cargándome pero en realidad me mantenía sentada en la parte superior del respaldo del sillón.

En ese momento, al contemplar la foto, tuve la sensación de que mi mundo se venía para abajo, así que me tomó unos minutos retomar la actividad. 

Recordé las metas a las que había deseado llegar, aquellas que ya no se cumplirían. Con eso en mente sentí como mi estómago se revolvía y de inmediato cancelé el pensamiento. 

Con un último intento de positivismo, continué con la última de mis cartas.

El sobre decía “Carta al amor de mi vida”.

 

Patricio:

Te dije que nunca dejaría de amarte.

No es una promesa que culmine cundo mi corazón dé su último latido. La llevo más allá.

Te agradezco por haber abierto y expandido mi mente y mis posibilidades.

Gracias por ser mi hogar en la etapa más difícil de mi vida.

Gracias por las risas, los enojos y la neutralidad que me diste.

Nunca te arrepientas de nada, no hay algo que perdonar. No te atormentes.

Te amo incondicionalmente y te cuidaré siempre.

Si algún día encuentras el amor en otra parte, vívelo como sólo tú sabes. 

Te ama: Tu mujer.

 

Terminé de escribir mi Testamento, limpié las nuevas lágrimas que salieron de mis ojos, guardé las tres cartas en el cajón de documentos importantes, fumé un último cigarro con sabor a nostalgia en un principio y luego a tranquilidad por dejar algo para la gente que quise. Cuando ya no quedaba mucho que absorber apagué la colilla, respiré profundamente con aire solemne y me fui a acostar.

Abracé al amor de mi vida, tapé mi cuerpo y decidí soñar con los momentos más felices que la vida me había dado.

Estaba lista para irme.

Acerca del autor: Verónic Aguilar Domínguez

Solo estoy segura de una cosa: me gusta la escritura. Por eso estoy aquí, porque tengo mucho que aprender.

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Comentarios

Romina Bayo

Veroníc: es un gran texto, pero falta acción. La consigna era narrar escenas de una historia de amor. Que pasen cosas. No solo una despedida.

Hace 1 semana

Romy

Solo estoy segura de una cosa: me gusta la escritura. Por eso estoy aquí, porque tengo mucho que aprender.

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