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La última visita de Juan Pablo II

Nos tocaba la zona cercana a la entrada del aeropuerto, pero los camiones nos llevaron a la zona de tepito. Percibí el miedo de todos mis compañeros cuando los choferes nos bajaron. Según ellos les habían indicado que ahí nos dejaran. Muchas veces me había imaginado ser el protagonista de una historia emocionante, aunque no imaginé la cantidad de adrenalina que pudiera sentir en esa vivencia y en una edad tan chica, bueno no tanto, o tal vez sí.

Hacía mucho frío, de ése que congela las manos. El autobús nos había dejado en el deportivo Oceanía. Estábamos reunidos miles de jóvenes para hacer valla en el último recorrido del Papa Juan Pablo II, de la basílica de Guadalupe al aeropuerto internacional de la Ciudad de México, su última visita.

De repente comenzó a llover, algunos de los encargados comenzaron a realizar dinámicas para intentar combatir el frío. El cansancio empezó a hacer mella en algunos, yo era un encargado de los de abajo por así decirlo, de repente a equipo y a mí nos avisaron que mi coordinadora regional se había desmayado, cuando volvió en sí renunció; dijo que era mucha presión para ella. Los encargados solicitaron un nuevo responsable, al ver que nadie se atrevía me propuse yo, aceptaron, a media noche, con frío, lluvia y hambre era el nuevo coordinador regional.

Como a eso de las dos de la mañana, los encargados comenzaron a agruparnos en camiones del gobierno que nos llevarían a la zona de la vaya que nos tocaría cuidar, mi región se juntó con otras regiones en alrededor de ocho camiones. Nos tocaba la zona cercana a la entrada del aeropuerto, pero los camiones nos llevaron a la zona de tepito. Percibí el miedo de todos mis compañeros cuando los choferes nos bajaron. Según los choferes les habían indicado que ahí nos dejaran. No sé de dónde me salió valor y reuní a los demás encargados de los camiones, los arengué para que nos llevaran al lugar que nos correspondía argumentando el peligro que corríamos. Regresamos a los camiones y casi obligamos a los choferes para que nos llevaran de regreso, afortunadamente, en el trayecto les avisaron que nos dirigieran al aeropuerto.

Después de una noche en vela con frío del que cala hasta los huesos, con cansancio extremo y  hambre devoradora, logramos nuestro cometido. Formamos la vaya, y tuvimos la dicha de estar cerca, aunque sea unos instantes de aquel Papa bondadoso, no hay palabras para describir lo que se siente estar a unos metros de él. Sólo recordar hace que me salgan  unas pequeñas lágrimas. Una experiencia que jamás olvidaré.

 

 

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