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LA PIEDRA DE LOS SUEÑOS

LA PIEDRA DE LOS SUEÑOS

LEMUEL

 

Pasadas las fiestas Decembrinas, llegó con esperanza el año nuevo y en el hato La Clarita se preparaba el parrando anual de Reyes Magos; se percibía en el ambiente la alegría y el entusiasmo propios de un gran festejo; era como si el Señor bajara para estos tiempos a Santa Cecilia, Vereda de unos 1.200 habitantes ubicada al sur del Departamento del Vichada.

 

La casa lucía esplendorosa; las bombas de colores, infladas al tope se mecían hasta donde la nutrida cantidad de serpentinas lo permitían. El techo de palma de Milpeso atravesado por un tubo de adobe haciendo las veces de chimenea, reposaba sobre vigas de amarre, alerones y cumbreras y estos a su vez sobre paredes de bareque y guadua prensada amarrados a los redondeados troncos moteados de color azul y amarillo de carnaval. Los bombillos ya encendidos hacían gala de la recién llegada energía eléctrica a la región y empezaban a resistir las arremetidas violentas de los zancudos y mosquitos.

 

Al frente de la casa, un gran kiosco con tejas de zinc sostenidas por estantillos y columnas sin protección a los costados, recibía a los invitados que iban llegando como en un desfile, luciendo cada uno las prendas nuevas que en el árbol de navidad Papá Noel había dejado.

 

El patrón don Urbano, lucía feliz y con anticipación había recomendado a los trabajadores, la mejor atención para los baquianos y sus familias. Su esposa doña Quintina, ostentaba con donaire un vestido de prenses de colores, un collar y unos zarcillos dorados que su esposo le había regalado y daba las instrucciones finales en la cocina retocando ayacas, dulces de cambur y colocando el visto bueno a la papa, el plátano, la yuca y el ají pimiento que acompañarían la ternera a la llanera que a esa hora yacía extendida sudorosa y traspasada por chuzos de cedro sobre un fogón nutrido con leña seca.

 

En enormes cubas de barro y barriles de madera el guarapo de Caña, el Agua-arroz y la chicha de Umana hacía dos días transformaban su sabor mientras la cerveza y las botellas de licor reposaban apiladas esperando ser destapadas.

 

Fort, uno de los tres hijos del matrimonio, ya no tenía que esperar un canto del tente, del paujil, de la gallineta, del puro o el de la pava cucuya indicando cada hora; así que miró el reloj Taiwanés que su madre le había obsequiado y marcaba las 6:00 de la tarde. Pasó una tropa de garzas morenas y desde la espesura del collado, una sonora algarabía de chenchenas despedía al tibio sol en víspera de su ocaso; su suave luz dorada acarició por última vez los sabanales dando paso a las estrellas que tímidas empezaban a mostrarse; se fueron desvaneciendo los arreboles y apareció la luna clara y llena, dispuesta a iluminar su noche.

 

El ladrido de los perros hizo que Fort dejara de contemplar absorto el humo que salía de la chimenea.

-“Ah campo…” – pensaba recorriendo el paisaje con la mirada –“…Bendito campo… como no amar su admirable paz, su legítima fragancia y sus gentes humildes y bienaventuradas…”.

Suspiró hondamente y sonrió mirando el cielo como queriendo buscar entre sus formas el rostro de su amada Nelly, su prenda adorada, la mayor razón de vivir de sus cortos veinticuatro años.

Recordó las palabras del carpintero del pueblo: -“…Vas a tener que trabajar muy duro muchacho si tu intención es casarte con mi hija… Esa catira come más que una Curruca…”.

 

–    FIU FIU FIUUU,  FIU FIU FIUUU, FIU FIU FIUUU

 

Un silbido interrumpió su instante silente. Era ella; interpretando ese himno solemne con el que los arrendajos se cortejaban y que habían hecho suyo.

El muchacho dio media vuelta y abrió sus brazos para recibirle. Ella entró en ellos y con una sonrisa enamorada le besó.

 

-…- “Fort… – dijo ella – …Tu papá quiere que vayas por un poco más de leña, los músicos están llegando y yo quiero mirarte cantar…”- Le acarició la mejilla. Èl, tomándola de la mano, asintió contemplándola y la besó de nuevo.

 

-“…Buenas noches se las dé el Señor…” – gritó el patrón levantando una copa – “…Hoy quero darles la bienvenida a este humilde rancho pa celebrar una vez mas la jiesta e los Reyes Magos. Aquí la patrona, mis hijos y yo, tamos pa atenderlos…  Járten y diviértanse hasta que se les pare el ombligo…”. Y después de lanzar una emotiva carcajada tomó de su bebida levantando un ala de su sombrero borzalino como señal para que el conjunto de arpa, cuatro, maracas y bandola diera inicio al parrando.

 

El grupo musical irrumpió aplacando momentáneamente el gentío con un golpe “Seis por derecho”. La muchedumbre respondió con silbidos, gritos y aplausos mientras algunos empinaban las botellas para brindar; el humo de los voladores escocía los ojos y el estallido de la pólvora se mezclaba con las profusas pláticas y risas de los emocionados llaneros.

 

El arribo de más concurrencia hizo que la caballeriza en poco tiempo se encontrara saturada de alazanes y mulas andariegas; algunos viejos, rodeados de parientes cercanos y amigos de faena fumando un tabaco o masticando chimù iniciaban los relatos de encuentros con la “espezcuezada” y la “madremonte”; mientras sus mujeres, se ponían al tanto de los últimos acontecimientos hilvanando y estableciendo cábalas para la particular noche que se fue perfilando dentro de un generoso ambiente de alegría que subía como la espuma.

 

La polvareda levantada por el castigar de las alpargates de los bailadores, de cuando en vez debía ser sosegada con chorros de agua que esparcían las muchachas de anchos vestidos de colores y cabellos recogidos o con colas que enmarcaban su fina tez y sus ojos de pícaro mirar.

 

Los píjas mocetones, acaballados sobre los troncos que servían a la vez de sillas observaban con disimulo aguzando el ojo a la flor mas agraciada de la noche.

 

“…La tarde ya ta arropando a la Clarita en el playón

Y se llena de alegría monte, llano y corazón…”

 

Fort, daba inició a la tanda de coplas haciendo que la gente se agolpara a escuchar mientras cuchareaban el agradable plato llanero.

 

“… Cuando este canelo canta, canta descansando el alma

Sonríe el Dios de los cielos, poniendo la noche en calma…”

 

“…Un día que taba coplando, cuando me quedé sin voz

Y los que taban oyendo dijeron gracias a Dios…”

 

“…Las coplitas que yo canto, ninguno me las enseña

Esas yo me las invento cuando me mandan por leña…”

 

“…Cuando me duelen los callos, me pongo a chupar tabaco

Y si me siguen doliendo, cojo un jierro y me los saco…”

 

Fort tomó de la mano a su novia y continuó:

 

“…Eres mi prenda amorosa, linda sin comparación

Pues tus ojos linda Nelly, robaron mi corazón…”

 

“…Acuérdate vida mía, y lo tengo ya por hecho

Que he de morir a tu lado, descansaito en tu pecho…”

 

Un largo beso que le ofrendó su amada, hizo que se fragmentara su inspiración al momento. El público estalló alegre entre risas y zapateos mientras comentaba: “…Este si es un gallo ajiníííto…”.

 

El canto de los Cucurrucùes se unió al sonido de las cigarras para acompasar la fresca noche mientras las horas errantes siguieron su curso entre copla y poema; versaron cantores de regiones vecinas animados por el calor del licor, pero también del mutuo fervor fruto de un sufrimiento cómplice, de una espera edificante y de una fe compartida que en cada atardecer, debía permanecer indeleble para derribar linderos y curar las heridas que producían los males.

La comadre Tola Elvira y su compañero Humberto por su ameno acoplamiento fue la pareja ganadora del concurso del zapateo anual y recibió como premio un hermoso becerro destetado.

 

Al clarear del nuevo día, sonaron cinco campanadas provenientes de un viejo y empolvado reloj de pared; el amanecer, fue coloreándose tibiamente y los aires frescos que vagando ociosos bajaron perezosos desde la montaña, fueron encajándose en cada rincón acólitos a las aureolas sedosas y traslúcidas que iniciaban a calar hasta las melodías provenientes de la complaciente radiola que sirviera hasta esa nueva alborada, como celestina para quienes fueron escogidos por una saeta inexorable de cupido.

Los grupos se fueron haciendo menos densos, algunos aldeanos con residuos de energía, decidieron un brindis por sus viejos y otro por sus muertos, por esos antiguos colonizadores de aquellas inhóspitas tierras; hombres de recio valor que habían adquirido algo de riqueza y gran sabiduría; con ímpetu sobrenatural recorrieron esa inmensa llanura una y otra vez a tiempo que crecían en número sus familias. Sus recias manos, ahora ásperas y temblorosas se fueron esculpiendo con perpetuas marcas desde el día en que palparon por vez primera la castidad de aquella tierra bravía que cortejaron con honra y fueron preparando poco a poco para unirse a ella bajo una luna escogida. Con el candor del  primer amor, implantaron su más pura y primorosa simiente con un compromiso paciente para luego, con pequeños mimos ampararle mes tras mes de los caprichos del tiempo; su firmamento fue la esperanza y su fe puesta en el hacedor de las cosechas que se han reproducido desde el mismo génesis; Luego de una larga espera inquietante, llega por fin el día más ansiado en que la compañera concebiera y él, ennoblecida su alma por la ventura y cual partero natural de aparejos nativos, sacar mismo de sus entrañas el fruto más deseado de esa unión dual que es ley desde el principio de los tiempos.

Fort, apoyando los brazos sobre el tranquero, quería como solía hacer en las mañanas, contemplar el alba. El gallo en el almendro sacudiendo su pesado plumaje entonó su primer canto al albor. Las garzas blancas volaron en desbandada a los humedales en busca de su alimento y un concierto de miles cantos, colmó la inmensa llanura de cautivantes melodías mientras que allá en la sabana, el sol se encargaba de separar delicadamente el llano del firmamento.

Su mirada siguió el paso de dos corocoras que viajaban rumbo al norte. Pensó en los inocentes ojos de color verde esmeralda de mirada tranquila que tanto amaba y para los que se encontraba dispuesto; lamentó una vez más el tener que postergar su anhelado casamiento; sabía a conciencia que aunque era brazo fuerte en la faena, tardaría varios años en parar un buen rancho, y pensaba insistentemente en otras tierras a las cuales muchos de sus compañeros habían emigrado y luego regresado con abundante fortuna; eran tierras lejanas pero menos agrestes que Santa Cecilia.

Recordó una vez más la voz de su padre quien le indicó en algún momento que era necesario lanzarse a conquistar los sueños sin temor, aunque corriendo el riesgo de no conseguirlos; pero era necesario intentar.

 

  • FIU FIU FIUUU – FIU FIU FIUUU – FIU FIU FIUUU

 

Escuchó de nuevo a Nelly aproximarse quien luego de acomodarse sobre la hierba le invitó a que recibieran juntos el nuevo día.

El muchacho se retiró el sombrero y suavemente se reclinó en el regazo de su amada sintiendo suyas las caricias que le proporcionaban placidez y descanso. Advirtió un cargado sopor que le fue rindiendo y cerrando lentamente sus fatigosos ojos. Ella le miró con ternura mientras acariciaba su lacio cabello negro; parecían fugaces aquellos dos años a su lado; sentía que lo amaba demasiado sin embargo, les aguardaba una lucha sin tregua para sacar adelante su sueño de casarse; no contaban con ahorros suficientes y se esperaban tiempos difíciles en la región; sintió pena por ambos y tuvo que apretar con fuerza sus labios para no dejar escapar una lágrima.

Fijó su atención en el arroyo. Una pareja de venados que salían del topochal, jugueteaban lozanos mientras su retoño se acercaba tímidamente a beber agua. Ella sonrió… mas allá, una chusmita y un turpial retozaban plenos entre un cieno. Entonces una extraña luz de esperanza iluminó el rostro de la joven que enseguida despertó a su prometido:

 

  • …Fort … Fort…

 

El muchacho abrió lentamente los ojos y se encontró contemplado por su amada quien alegremente le inquirió:

 

-¿…Sabes mi amor?…- dijo a tiempo que señalaba un lugar en lo alto de la montaña- “…quiero que me lleves a vivir allaaaa a la sierra… en la parte mas alta… donde podamos tocar la luna y contar uno a uno los luceros…”

 

Fort la Miró pensativo… El suntuoso sol naciente que pincelaba los paisajes, dio un besó púrpura en el semblante de la muchacha, al tiempo que sus ojos verdes se aguaron de emoción esperando atenta la respuesta.

 

Entonces Fort acomodándose y quedando de rodillas frente a ella… le tomó por las manos; luego le miró con infinita ternura y respondió:

 

… – Amor mío… tengo que decirte algo: … “…D e b o   m a r c h a r m e…”.

 

-“…Pero… que estás diciendo…” – repuso la muchacha perturbada

-“…Amor mío…es necesario… – le interrumpió Fort… –…debo ir a San Felipe… dicen en el pueblo que por recolectar hoja de coca pagan muy bien y que en un mes se gana lo que aquí en un año…”

-“…Pero quien te ha dicho semejante tontería…- gritó Nelly indignada -…¿no te das cuenta de que puede ser demasiado peligroso?…”

-“…Mira mi vida… sabes muy bien que el verdadero amor espera y yo sé que en verdad me amas. Confía en mí. Te prometo que volveré pronto con mucho dinero y hay si formaremos el hogar que soñamos; tendremos un hato de mil cabezas, una buena platanera y educaremos a nuestros hijos sin necesidades…”

La brisa matutina movió los cabellos de la muchacha mientras una lágrima resbaló por su rostro. En su mirada abatida se advertía frustración pero también un haz de ilusión pues en el fondo, ella confiaba en aquel hombre caprichoso y osado, pero sobre todo sincero.

 

La gente se agolpaba en la estación despidiendo y dando la bienvenida a los viajeros. Curtido y tiznado el tren impulsó fatigoso sus pistones entre espesos remolinos de vapor que se diluyeron en el aire al irse alejando con su armatoste colmado de pasajeros y en atenuante campanear.

Las gentes asomándose por las lumbreras de sus humildes ranchos, mujeres barriendo las fachadas, niños tras sus perros, animales, campos, ríos, su niñez, la escuela, sus padres y Nelly… su amada Nelly; pasaron una y otra vez por el amplio ventanal que pareció más bien un inmenso lienzo por donde pasaba su vida una y otra vez durante el largo y tedioso viaje.

El bullicio de los vendedores de golosinas y refrescos se confundió con los pitos alterados de los autos en el trajín diario de aquel desordenado terminal de San Felipe. Fort bajó del tren con su morral a cuestas con su mente puesta en el célebre parque de los “Varados”; sitio donde se reunían las personas en busca de algún empleo y de otras que lo ofrecían.

Había gente por doquier.

– “…Disculpe usted… ¿sabe donde queda el parque de los Varados?…

-“…Lo tiene en frente…– respondió la mujer pasándole el refresco que el muchacho compró para tratar de aminorar el calor del medio día.

Atravesó la amplia avenida hasta la glorieta del mismo nombre y allí observó una banca vacía donde dejó caer su equipaje. Un olor a tabaco hizo girar su cabeza. A su izquierda, sentado y con las piernas estiradas, sosteniendo un sombrero borsalino en la mano se encontraba un hombre de piel tostada por el viento de alrededor de cincuenta años y fumándose un puro.

  • “…Usted no es de por aquí…”– dijo el hombre mirando de soslayo al muchacho
  • “…No señor… – contestó Fort – …vengo de Santa Cecilia en busca de trabajo…”
  • “… Caramba parientico, eso está muy lejos, pero ha llegado al sitio indicado…Mire… como vé, en este parque se reúnen personas en busca de trabajo. Aquí todos los días se colocan jornaleros, vaqueros, capataces, muchachas pa la cocina y… también raspachines pa hoja…- señalando con los labios a cuatro hombres que se encontraban tomando -…pero también hay chamba pa los paramilitares.
  • … Paramilitares?..
  • Siii pariente, paramilitares… yo recluto personal para combatir a los bandoleros esos de la guerrilla… y pagamos muy bien. Solo hay que hacer un pequeño curso pa que aprenda cosas básicas y endespués… a ganar billete.
  • “… Muchas gracias señor, pero creo que por ahora paso… si me decido…, lo busco… – el muchacho nervioso se acomodó el sombrero y se levantó;

luego se encaminó en dirección a los negociantes de coca que reían escandalosamente.

El individuo obeso quien sin duda era el patrón, tenía puesto un sombrero pelo e guama y un carriel en cuero que colgaba de su hombro izquierdo; ostentosa en su cuello una gruesa cadena en oro con dijes de esmeraldas, y se secaba el sudor con un poncho que le lucía terciado; miró al joven de arriba abajo considerando su vigorosa figura y luego preguntó:

–     “…Está buscando trabajo…?”

  • “…Si señor… – respondió fort moviendo la cabeza.
  • “…Y que sabe hacer… ¿ordeñar vacas?… – los hombres rieron de nuevo.
  • “…Quiero raspar hoja…” – dijo Fort bajando la voz.
  • … y ya tiene experiencia?…
  • … no señor pero esté seguro que la adquiriré pronto… no se arrepentirá…
  • “…Está bien… probaremos… ¡ese es el camión… el azul… partimos a las cinco de la tarde…!.

El corazón de Fort latió más aprisa y guardó para sí una sonrisa de satisfacción. Compró algunos elementos personales, comió algo y dió un breve vistazo al pueblo.

  • “…Mi nombre es Jorge… – dijo el mozalbete que ofreció su mano para ayudar a subir a Fort al vehículo.
  • “…Mucho gusto; el mío es Fortunato, pero me dicen Fort…”

El jalonázo que dio el camión al arrancar, hizo que los ocho muchachos que iban en la parte de atrás, se asieran rápidamente de la carrocería para evitar ser arrumados contra la puerta trasera; dos carros les seguían de cerca, sus nuevos patrones.

  • “…Ya habías trabajado en esto?… – preguntó su nuevo amigo
  • “…Es la primera vez…
  • “…Para mí, es la tercera, pero…- El muchacho pensó por un instante arrugando el entrecejo –…se debe tener algo de suerte y mucho cuidado…”
  • “…Cuidado?… – pregunto sorprendido Fort
  • “…Si pija, en esta vaina hay que tener mucho cuidado…y suerte también. Mira… los mosquitos?… bueno, uno se los aguanta, pero las hijuemìchicas culebras? Esos bichos salen cuando menos se lo piensa y ¡Pao! Lo pican a uno… y si no se tiene el antídoto, se puede ir rapidito a jugar ping pong con San Pedro… o qué de las hormigas corcunchas… también el clima por lo variado… pa más ñapa, el ejercito viene y le pega a uno sus corretiadas a cada rato… JA! los zancudos con el paludismo… mejor dicho hermano tiene que estar uno pilas con todo; pero no todo es malo… lo bueno de esto es que se saca uno como dos millones mensuales, eso si, trabajando juiciosito… imagínate… lo que uno se gana en medio año voliando azadón to el día. ¡Ah… y también se me olvidaba decirte chico: y es mi deber informarte, que esta plata es como maldita…”
  • “…¿Maldita?…
  • “…Si chico, mira…yo en total llevo aquí dos años y punta, y tu crees que he podido ahorrar algo? Pues no!…ese hijuemìchica juego de los gallos lo empelota a uno, fuera de eso las indias esas de las casas de citas de La Paz y pa rematar… el trago; mira …una cerveza vale 5.000 pesos. …Ay, pero… que carajo, el negrito se divierte, y tu sabes…todo aquel que juega pierde, y el que bebe se emborracha; pero bueno… nunca es tarde para empezar a ahorrar, no es cierto “afortunato”?…” – y esbozó una amplia sonrisa como queriendo mostrar a propósito sus anchas encías…
  • “…No se preocupe Jorge que así es… – dijo Fort consolándolo –… Ah! y mi nombre es “F-o-r-t-u-n-a-t-o”…
  • “…Ja Ja Ja… Bueno Fort, pero dime que piensas hacer con tanto dinero…
  • “…Fort suspiró y cerrando los ojos contestó con más confianza – …Tengo amigo Jorge… que volver para casarme. Me está esperando un amor para sacar arriba un ranchito. Nooo… mejor dicho…un palacio…”
  • ¡…No seas tan bola muchacho! -“…interrumpió Jorge – Un que? Mira chico…El hombre se casa básicamente por bruto. ¿No te parece que uno solo puede hacer sus pilatunas sin darle cuentas a nadie? … vaya tomando nota mi hermano…” y continuó hablando, pero Fort solo pensaba en una carita triste que había dejado esperándole sola y en desconsuelo.

Comenzó a cambiar el olor de la vegetación. El furgón avanzaba calmoso por entre la trocha destapada y húmeda sorteando huecos y piedras prominentes hasta que se detuvo en el sitio llamado la Ye.

  • …¡Muchachos…hasta aquí los traigo¡…– grito uno de los encargados.

Los mosquitos empezaban a darse un banquete con los recién llegados.

  • “…Este es Martín…- gritó el jefe gordo sacando la cabeza del auto – …Él los llevará en voladora hasta la chacra donde van a trabajar…”

Luego de despedirse, partieron en sus finos camperos rumbo a una pista de aterrizaje que se dejaba ver frente al río.

  • ¡…Suban con cuidado las maletas… ¡uno por uno y en silencio…¡… – dijo el nuevo capataz mientras él mismo trepaba los tambores de gasolina y las provisiones acomodándolos cerca al motor de la embarcación.

 

En la espesura, miles verdes se entretejían en una maraña interminable de vellones y quedejas ocultando un embrujo misterioso; sonidos extraños se escuchaban aquí y allá inspirando aquella selva respeto y temor. Los gavanes y taparucas cantaban al unísono mientras los azulados zamuros revoloteando en el cielo daban la bienvenida a los exhaustos viajeros.

Una hilera de cambuches y casetas improvisadas comenzaron a aparecer después de casi dos horas de navegar río arriba y tras esquivar los peligrosos chorros producidos por las piedras salientes del torrente. Algunas luces se encontraban encendidas y el sonido constante de la motobomba que surtía de energía el lugar, roncaba desde detrás del caserío.

Desembarcaron y subieron directamente al comedor donde los platos plásticos llenos hasta el borde humeaban la sopa de la cena.

Los recolectores más voraces repitieron de ración mientras otros se dispusieron a jugar cartas el resto, descansaba vencidos producto de las arduas faenas. Fort se encaminó con Jorge y otros dos compañeros hacia la barraca que les fue asignada.

Luego que guindó su hamaca y toldillo, se recostó pensando sosegado en ese mundo que era nuevo para él, pero también en el que había dejado atrás, tratando de alcanzar un nuevo sueño.

El lamento de una armónica y el carraqueo de las cigarras nocturnales, sustituyeron el rumor de la planta eléctrica al apagarse. El muchacho meciéndose rodeado por ese naciente ambiente de fantasía… cerró lentamente sus ojos y durmió.

Una montaña, luego una escalera descendente y algo que brillaba fue lo único que recordó Fort haber soñado cuando le despertó el grito del capataz que insistentemente hacía sonar la campana que anunciaba las 4:00 de la mañana.

  • “…Hoy comienza lo gueno… – comentó su amigo Jorge –…y como nunca has raspao hoja, te voy a decir lo que debes hacer: … – Mira Fort… primero y pa que te rinda coges y metes el gajo a pelar entre las piernas y con las dos manos, arrancas las hojas como jalándole la cola a una vaca. Me entiendes? …por supuesto que al comienzo te van a sangrar hasta los codos y te van a salir llagas también, pero no te preocupes yo te tengo un buen remedio para eso… okey?.. – Fort asintió con la cabeza mientras

Jorge sonreía sorbiendo de su taza el café humeante.

En fila india los raspachines salieron del campamento portando costales y lonas al hombro rumbo al sembradío; tal y como llegaban se iban organizando en hileras para poder trabajar con más provecho. Fort observaba con atención cómo Jorge deshojaba cada rama con asombrosa rapidez; trató de hacer lo mismo y de inmediato sintió que las palmas le comenzaron a arder, haciendo que perdiera considerable terreno ante sus colegas; las labores del campo no habían producido suficiente callosidad en sus manos y éstas empezaron a sangrar.

Un olor a marihuana hizo levantar su cabeza. Eran dos hombres que junto con su amigo aspiraban del cigarro. Jorge levantó la mano ofreciéndole un poco, pero Fort movió su cabeza en son de reproche.

Llegó el medio día. El excesivo sol estaba a punto de situarse justo sobre la cabeza del grupo por lo que el capataz con un grito, dio la orden de abandonar momentáneamente la recolección.

El grupo volvió al campamento y Fort luego de haber almorzado, tomo un refrescante baño en el río; enseguida se recostó para tratar de hacer una siesta, pero casi de inmediato… al cerrar sus ojos, de nuevo el sueño apareció en su subconsciente pero esta vez con mayor claridad: “Después de subir una gran montaña se encontró de frente a una losa redonda en la cual aparecía tallada la cara de la luna; ésta lentamente se fue quebrando por en medio hasta dejar al manifiesto una entrada y luego una escalera que descendía a un piso inferior del que de su interior se originaba un esplendoroso rayo de luz…. De repente…

–    “…Fort… Fort…- Era su amigo Jorge – …Es hora de salir…” – de un salto el muchacho se puso en pie y partió con el grupo.

  • “…¡Ah chivato… no quisiste probar el remedio para las heridas… pero no importa, de todas formas en una semana sanarán aplicándote los alcoholes y antisépticos…”

Fort sonriendo, respondió propinándole a su amigo una pequeña palmada en la espalda en son de broma. Por el camino Fort aprovechó para hacerle a su amigo una descripción de lo que había soñado ya en dos ocasiones.

  • “…Si, si…yo lo sé… son sueños…esos verdugos mensajeros…nadie sabe de donde vienen pero ahí están. Unos son buenos, otros, por el contrario son malos presagios de acontecimientos futuros. De todas formas a muchos de aquí nos ha tocado vivir casi a diario con ellos. – ¿Sabias que el chamán de Cerro Azul sabe con exactitud su significado, así como de pesadillas, visiones y alucinaciones? y hasta recomienda ponerles mucha atención…
  • “…¿El chamán de que?… – preguntó Fort extrañado
  • “…Si pija, el jefe de los irracionales o… indios que llamamos. Ese hijuemìchica es un duro pa eso y pa muchas cosas más. Hasta dicen que tiene poderes extraaaaaa… bueno poderes….
  • “…Que va pija, yo no creo en esas vainas…
  • “…Sì mi hermano, acordàte… del chamàn del Cerro Azul.

 

Pasaron prontamente los meses, y en sus ocasionales visitas al pueblo de la Paz, reclamaba en el correo las cartas de Santa Cecilia que leía con nostalgia y en las que su familia le iba poniendo al corriente de las noticias de aquel particular paraíso. Finalmente tomaba la carta de su amada.

Como en ceremonia solemne comenzaba por desdoblar delicadamente las puntas del sobre, observando la letra con ternura, tratando de evocar la imagen de su escribiente sellando el sobre con la dulce sabia, néctar de sus rosados labios, de los que era dueño; en seguida, como saboreando cada palabra, cada coma, cada verso, leía muy lento mientras su mente y espíritu vagaban volátiles en el aroma natural de su amada que de alguna forma impregnaba las fibras del papel y que le hacían transportar a través del tiempo y del espacio hacia su bella sonrisa, su tersa piel blanca y su delicado mirar.

Sus pretensiones se repetían con afán. Decía que le esperaba aún, que su vida no tenía sentido, que volviera pronto, que no era justo que la pobreza pudiera tener más fuerza que el amor. Un suspiro largo de su pecho emergió y sus ojos se aguaron cuando pensó que volver tomaría más tiempo del que había previsto. Era obvio que se hacía diestro en recolección sin embargo, comenzar a mentir en sus cartas se sumó al recorte drástico de la ayuda mensual que enviaba a su madre porque se hicieron más frecuentes las visitas al pueblo en las que al lado de sus amigos, comenzó a malgastar su salario junto con el ahorro de su propósito con mujeres, gallos y trago.

 

Un sábado, a principios de invierno, se escuchó un grito en el corte norte que estaba ubicado cerca al playón del arenal; todos corrieron a mirar lo sucedido. Al llegar al desagüe del estero, encontraron a su amigo que en esos momentos había sido picado por una víbora. En el piso y gimoteando, Jorge daba gritos de dolor mientras sujetaba su tobillo. Inmediatamente le embarcaron en una voladora para ser transportado hacia el Centro Médico de La Paz, media hora río arriba.

Un mal presagio se avecinó cuando un rayo iluminó el horizonte mientras los cuatro hombres, Jorge, el capataz Martín, el canoero y Fort advirtieron algunas gotas de lluvia que comenzaban a caer.

  • “…¡No me dejes morir… Fort…No me dejes morir por favor…! – dijo temblando en fiebre su amigo.
  • “…¡No te preocupes Jorge…todo saldrá bien…” “Dios mío por favor ayúdanos” “¡…¡Hermano…no te duermas…jorge… Por favor, no te duermas hermano…” – Fort asió fuertemente la mano de su amigo tratando de reanimarle, sintiendo que sus lágrimas comenzaban a confundirse con la lluvia que para entonces caía copiosamente.

Llegaron al pueblo. En la sala de espera, los tres hombres caminaban alterados de un lado para otro esperando el dictamen del médico. El especialista por fin apareció visiblemente enfadado, apartándose bruscamente el tapabocas del rostro y mirando seriamente al capataz dijo:

  • “…Este muchacho había podido salvar su vida si tan solo hubieran tenido en cuenta mantener en el campamento los antídotos y la droga que les hemos recomendado en mas de una ocasión…” – Dio media vuelta y sin despedirse ingresó de nuevo para ordenar la entrega del cadáver.
  • “…¡Suerte maligna…¡”- exclamó el capataz visiblemente irritado y estrujándose la cabeza entre sus manos – “…hay que hacer los preparativos para mandar este raspachìn pa la Ye mañana mismo…”

De regreso, únicamente se escuchó el rugido del motor de la embarcación agitando el río. Fort aturdido observaba el pálido cadáver de Jorge quien esta vez con evidentes sacrificios había logrado ahorrar algún dinero para enviar a su humilde familia que con ansia lo esperaba; en su última carta había prometiendo su pronto regreso… pero su cuerpo… quizás nunca llegaría y su dinero… tampoco.

Fort lleno de ira pensó que había llegado el momento de salir de allí; estaba cansado de los atropellos de los patrones y de los eminentes peligros que iban en alza por la llegada del invierno; incluso, algunos fines de semana había visto asaltar a compañeros en el poblado víctimas de delincuentes que aprovechaban sus continuas borracheras sin control.

No valía la pena arriesgar por más tiempo su vida. Era innegable que la humanidad tanto de los capataces como de los habitantes del pueblo estaba corroída por la avaricia; en esa selva inhóspita para los trabajadores, los descuidos y errores se pagaban caros.

Al amanecer Fort hizo las maletas y se unió al grupo de muchachos que viajaban al pueblo en la mañana. De las tres embarcaciones, una descendería el río hasta la Ye; la que portaba en su proa escrito irónicamente y por nombre en letras rojas enmarcadas: “La Paz, la puerta al cielo”. Su mirada doliente siguió la chalupa fúnebre hasta que esta se perdió en la distancia.

Fort se sentía deprimido. Su finado amigo tenía razón; definitivamente ese dinero era maldito pues los ahorros de quince meses de trabajo eran muy regulares.

Ya en el centro del pueblo, se acercó a mirar un tumulto de gente que se formaba en el parque principal alrededor de algún charlatán que obstaculizaba la circulación de transeúntes, bicicletas y motocicletas en su entorno.

  • “…¡Hay que hacer justicia!… – proclamaba iracundo un hombre vestido de militar llamado el comandante Mosquera, hombre conocido en la región por su estricta disciplina.

Otros, vestidos igualmente y armados con fusiles, vigilaban el lugar

– “…¡no más Guerrilleros…!, ¡no mas injusticias con el pueblo…! – ¡el pueblo unido no puede ser vencido!…” – la gente exaltaba al orador  aclamándolo con aplausos.

  • “…Quienes son ellos…– preguntó Fort a un campesino que escuchaba en silencio.
  • “…Son Paramilitares… – le respondió el parroquiano – …Dicen que van a arreglar la situación, pero yo lo que creo es que esta vaina no la arregla ni el diablo…”

Una mano fuerte apretó su hombro izquierdo y le hizo voltear a mirar inmediatamente… era el hombre del tabaco de San Felipe—

  • “Hola muchacho… yyy… se decidió a venir por aquí?

Fort sin saber por qué, se sintió algo aliviado y luego saludó…

  • “…Hola señor… quien imaginaría que le vería de nuevo por aquí…”
  • “… De esa manera es la vida muchacho… nunca se sabe…”
  • ¡…El curso… – prosiguió el comandante Mosquera, – … dura muy poco tiempo y después de comprobar sus capacidades podrán comenzar a ganar sueldo libre de menaje… Pero debemos saber inmediatamente quienes son los interesados para ingresarlos… pues debemos defender esta región de estos grupos que están multiplicándose como una infección…!”

 

Fort, pensó sonriendo en su situación que era una mezcla entre buena suerte y reto. No tendría que pagar viáticos como en su trabajo anterior y además, por lo acontecido con su amigo quería resarcirse y hacer justicia en contra de los atropellos de narcotraficantes y merodeadores del pueblo y creyó al final que esta sería su mejor oportunidad. Aunque en realidad no entendía el propósito de esa guerra, quería volver pronto a su tierra y veía posible completar el dinero que había derrochado sin medida en sus deleites personales.

  • …Y… entonces… amiguito… ya se decidió?… yo mismo lo presento con el jefe… para que le dé un puestico bien elegante…
  • …Está bien…iré… – contestó Fort…-

Los nuevos aspirantes formados en cuatro hileras y en posición firmes esperaban atentos las primeras ordenes; algunos ansiosos de empuñar un arma cansados de la selva, la mala situación o simplemente reclutados a la fuerza escuchaban atentos la voz del comandante Mosquera: – “…¡Nuestra misión es extinguir de una forma u otra la guerrilla en esta nación, repartir con equidad sus riquezas y tierras y liberar a la sociedad del yugo comunista¡…”.

El curso se extendió por sesenta días en los cuales, no era posible salir del reservado cuartel ubicado en un escarpado monte de difícil acceso. Fue instruido en manejo de armas, tácticas de guerra, y en solucionar problemas de la comunidad; en su nuevo cargo, y gracias a la intervención del hombre  de San Felipe, fue nombrado comandante de apoyo.

Reclamó con afán las cartas que a la oficina postal habían llegado en esos últimos días; abrió extrañado la que firmaba su mamá porque venía con un sello de “Urgente”, quien le informaba con evidente desespero de la tristeza que embargaba la región, pues su novia Nelly junto con otros jóvenes de la vereda habían sido reclutados por un grupo guerrillero que merodeaba la región. Decía que aún no tenían noticias suyas desde su partida hacía casi quince días colmando de soledad y dolor Santa Cecilia. Rompió afanoso el sobre que firmaba como remitente María Nelly…y leyò:

 

“Querido Fort:

Ha pasado tanto tiempo desde el día en que partiste dejando este campo lleno de tus recuerdos, que leo una y otra vez tus cartas y vierto mis lágrimas sobre ellas pensando si en verdad alguna vez, residí en tu corazón; terminó el verano y llegó de nuevo el invierno y la gente me pregunta si encuentro algo en particular el deambular una y otra vez por el insulso camino mirando con esperanza el rumbo por donde un día te marchaste. Hoy me encuentro más sola que nunca buscando por todas partes el recuerdo de mi felicidad pasada cuando creímos que estábamos solos en el mundo. La mañana en que fui a despedirme de tus padres, rumbo al jagüey, me pareció vernos en el lugar donde por última vez te tuve entre mis brazos y no pude retenerte…  Hoy, cansada no sé qué me resulta más doloroso, si seguir esperándote en medio de una soledad que atormenta mi vida, rodeada de éstos campos mustios que ya no son los mismos, o como tú, arriesgar y buscar el destino en otros lugares.

Mas siempre piensa donde estés, en que fuiste mi único anhelo. Nelly”.

 

Fort sintió un mareo que le produjo nauseas. Tuvo que sentarse para evitar desplomarse. En ese momento y de un empellón, abrió la puerta un subalterno gritando:

  • …¡Jefe… jefe…¡ – los guerrillos vienen por la loma…

Fort de un salto se prendó del fusil exclamando:

  • …¡Todos a sus puestos…todos a sus puestos!…!llamen para que cubran la entrada al pueblo por ambos frentes ¡…

La gente gritaba y corría por doquier tratando de guarecerse en sus casas al escuchar los primeros disparos que provenían de la montaña; las mujeres y los niños entraban rápidamente donde fuera para evitar ser alcanzados por un proyectil. Al comienzo se oyeron unas pocas descargas desde la loma, después un fiero ataque se desató por el norte acercándose hacia el frente del caserío en busca del parque principal.

El ensordecedor traqueteo de las armas desocupando cientos de cascos por mas de veinte minutos, fue interrumpido por dos bombas de alto calibre que estallaron causando destrozos en los ventanales de los locales comerciales aledaños al parque central; una nube de humo y polvo pronto se esparció por la calle principal y las ráfagas empezaron a hacer menos intensas.

 

La columna hostigadora había cedido en su intento fallido, y emprendió retirada dejando semi sepultados bajo el polvo, cuatro cadáveres de sus compañeros.

Del lado paramilitar dos combatientes y un civil habían perecido mientras que seis habían quedado heridos. Los llantos y quejidos comenzaron a oírse por entre las puertas de las casas que continuaban cerradas.

Sigilosamente fueron saliendo los combatientes y los pobladores de sus trincheras y el humo comenzaba a propagarse dejando un sabor amargo en la boca…y en el alma.

 

 

 

Una semana más tarde. Las horas pasaban lánguidas y sin prisa; el viento levantaba la polvareda de la calle principal casi vacía por la huída de muchos moradores que por temor a la guerra abandonaron sus pertenencias para salir con lo que podían llevar consigo.

La silla de cuero chirrió en el momento en que Fort se acomodó para tratar de dormitar un poco. Estaba cansado; las noches eran largas y casi no dormía por la incertidumbre de que incluso, una bala suya podría dar en la humanidad de la mujer que tanto amaba; durante el día buscaba la sombra de algún lugar tranquilo para poder descansar y recobrar fuerzas.

No concebía haber perdido todo por algo de dinero; ella, se había marchado sabe Dios donde y él aquí, luchando una guerra que no le pertenecía; pero ya era demasiado tarde; cuanto diera por devolver el tiempo, cuanto hubiera querido en ese hermoso amanecer estando en el regazo de su amada pedirle que fuera su esposa y su dueña; muy seguramente entre los dos habían luchado para sacar su hogar adelante, humilde pero feliz y al lado de sus ancestros.

 

Un gran escudo redondo grabado en la piedra se fue partiendo por su mitad lentamente ante sus ojos abriendose la enorme roca en dos partes y dejando al descubierto una entrada y a la vez una escalera que descendía hacia un iluminado sótano. Fort bajó lentamente las gradas que le condujeron hasta un pedestal sobre el que descansaba una piedra oval trasparente y plana de veinte centímetros de diámetro que irradiaba una hermosa luz blanca y radiante. Al sentir curiosidad extendió su mano para tocarla… pero en ese momento…

  • ¡Fort…Fort…¡- era la voz iracunda del comandante Mosquera – ¡…No duerma en el día torpe…sabe muy bien que el enemigo no lo hace….!.

Fort se acomodó con un gesto de disgusto pero solo rondaba en su mente la visión que se presentaba cada vez con mayor realismo.

“…Ese sueño… – pensó – Porqué motivo se repite de esa manera… El chamán sabe de muchas cosas… El chamán de Cerro Azul… tal vez me pueda ayudar”… Miró el reloj y marcaba las seis y treinta de la mañana, se paró y se dirigió hasta el embarcadero; dos de sus subalternos le siguieron.

Golpeó tres veces en el tablón de madera que servía de puerta a la morada del guía que al momento abrió; luego de intercambiar unas palabras subieron al bongo que les conduciría hasta el puerto del cerro Azul. Tendrían que navegar en medio de la espesura uno de los afluentes más peligrosos de aquel trozo de selva tropical del Bajo Apure.

El guía recordó que su precio era un poco elevado por tratarse de ser uno de los pocos que se atrevían a hacer el recorrido. Tenía que darle palo al río aproximadamente dos horas seguidas al no permitir éste, por su torrente espeso en algas semi sumergidas, utilizar el motor fuera de borda para hacer más rápida la travesía.

  • “…Si e chamán Villac-unù…” – dijo el guía timonero en un castellano precario –“…e famoso po su poeres epirituale y curativo. E jefe másimo e lo jindios Mitúa, Eto indio no querer al hombre blanco. Puede sè peligloso para utèe…”.

Fort, sin prestar atención a los juicios del bonguero, avanzando río arriba e inspirado por la naturaleza que abrazaba exuberantemente el paisaje, versó:

  • “…Le cuento primo bongüero

Que mucho pienso en mi pueblo

Yo no cambio mi terruño

No me acostumbro a lo nuevo…”

El guía y sus compañeros sonrieron al escuchar la copla que prosiguió:

  • “…Añoro un canto feliz

Entre aplausos y festejos

Añoro un humilde rancho

A mi novia y a mis viejos…”

 

El puerto por fin fue apareciendo dentro de la maleza. En el amarradero, hecho con restos de quillas entrelazadas adonde las canoas llegaban con provisiones, un grupo de moradores visiblemente desconfiados y hablando un dialecto indígena gritaban improperios a los que trataban de arribar prohibiendo su desembarque, mientras el bonguero  intentaba explicarles el motivo de la visita. El sonido de una estampida a lo lejos alertó a los presentes y el galopar de caballos fue acercándose rápidamente al lugar.

Entre sendas nubes de polvaredas dos robustos nativos montados en briosos corceles blancos y tras ellos otra decena, aparecieron rodeando a los llegados haciendo una señal de calma a sus molestos compañeros. Sin apearse de sus caballos, montaron a Fort en un percherón negro y le condujeron por un sendero distante 45 minutos del lugar dejando a sus dos acompañantes custodiados por la guardia indígena.

 

Con el estrépito sonar de una cascada fue surgiendo una hermosa laguna que servía por asiento a la montaña de Cerro Azul y al lado, un asentamiento de chozas y barracas agrupadas en torno a una enorme maloca tres veces más alta. Fort fue conducido hasta la entrada del grandioso templo observando de inmediato una imagen que se perfilaba al fondo de la maloca; sentado y sobre un gran trono, se encontraba el Chamán de Cerro Azul vistiendo una capa cuyos extremos se anudaban sobre su hombro izquierdo, dos collares con dientes de primate y ceñida sobre su cabeza ajustando una banda de oro con tocados de plumas de aves; el anciano de unos ochenta años, piel cobriza, sedoso cabello blanco, tostados pómulos salientes y profundos ojos negros que radiaban autoridad y sabiduría le saludo haciéndole un detallado estudio visual. En el ambiente, se ventilaba la fragancia de algún incienso aromático que daba al recinto sagrado un toque mágico.

– “…Estaba esperándole…” – Dijo el brujo haciendo una pequeña reverencia de bienvenida e invitándole a sentarse. Al frente y sobre una bandeja de hojas de palma de Acai entrelazadas, dos jícaras con Yagé hervían pausadamente; El chamán muy despacio se puso de pie; luego de hacer otra venia más prolongada, inclinó su cabeza extendiendo los brazos entonando una especie de gorjeo apenas preceptivo.

Sin dejar de repetir el Ícaro, tomó en su mano un racimo de hojas de Chacruna y lo empapó con Ayahuasca, lo sacudió varias veces alrededor de Fort y luego tomando un poco de aceite de Copaiba ungió al muchacho que esperaba expectante. Se sentó y tomó de la bebida espirituosa, Fort le imitó. Un viento cálido recorrió la colosal choza y el muchacho sintió que su cabeza empezó a girar lentamente en medio de un calor insólito que de repente le hizo sudar. El chamán prendió dos teas y las levantó, cerró los ojos y comenzó a susurrar suavemente otra melodía ritual. Tras pronunciar una especie de invocación, el muchacho se sintió totalmente eufórico e intentó balbucear algo pero escuchó la voz de su madre, luego la de Nelly, la de su padre, la de Jorge, ¡Comandante…Comandante¡…,se distinguió en semi-penumbra en la cumbre de una montaña que exponía tallado un gran escudo circular, que muy lentamente se quebró por su mitad abriendo una entrada y mostrando una escalera que bajaba a un lugar radiante de luz proveniente de una gema aguamarina ovalada y plana que yacía sobre un pedestal labrado sobre la roca; oyó murmullos acompasados y sonidos de tambores, luego sintió un intenso mareo… y por último… oscuridad total.

 

Un fuerte dolor de cabeza hizo que Fort abriera los ojos dos horas más tarde sin poder recordar nada. Sobre una pasera hecha con palos clavados en el piso, y sobre ella un colchón de hojarasca de estera yacía el soñador completamente extenuado. Con gran esfuerzo se incorporó y pudo levantarse oscilando entre dormido. Al asomarse por una fractura de la puerta recibió de lleno el rayo de sol que le destello en la vista, divisó a lo lejos al brujo que sentado sobre una roca frente al río miraba a través de la selva; salió y se dirigió hacia él aún tambaleante, ante las miradas perspicaces de los aborígenes.

– “…Se siente mejor?…” – preguntó el chamán…-

– “…Creo que un poco de agua me hará bien…”

– “…El sueño que tuvo, es más importante de lo que cree…” – continuó el brujo

– “…No entiendo…” – dijo Fort extrañado a tiempo en que se quitaba la camisa para mojar su cuerpo… “- podría explicarme?…”-

– “…Es la piedra de los sueños…”- prosiguió el chamán – “…Hace mucho tiempo… cuenta la leyenda… habitó en las profundas aguas de la laguna del Cerro Azul, una hermosa princesa llamada Carol Sofía; su madre, una reina muy bondadosa, la amaba tanto que la niña no conocía el dolor, la angustia y mucho menos el llanto. Un día la princesa Sofía salió a pasear por los jardines del palacio y observó llover de su cielo abundantes figuras doradas que lentamente se fueron posando en el fondo de la laguna; la niña extrañada quería saber de donde provenían los brillantes objetos. Entonces comenzó a escalar la colina que su madre con insistencia le había pedido jamás subir. Al llegar a la mitad de la pendiente, vio cómo formaban ondas las figurillas que penetraban su cielo sintiendo por ello más fascinación de manera que continuó escalando hasta que pudo tocar su cielo observando como su mano le traspasó; entonces decidió introducir también su pequeño rostro para poder ver lo que había del otro lado. Enseguida escuchó muchos gritos. Abrió sus ojos y observó como algunas personas corrían asustadas de un lado para otro. Sin entender, salió de su mundo acuático cautelosamente y se escondió entre los arbustos para de este modo observar lo que ocurría.

Vio mujeres desesperadas con sus niños en brazos tratando de apagar los fogones mientras que los demás miembros de la tribu lanzaban los objetos de oro a la laguna. Los perros ladraban y los pájaros cantores, callaron su trino incesante para volar en desbandada al percibir el peligro”…

“…¡Blanco llegar¡ – ¡Hombre blanco llegar¡ –  gritaban  asustados  sus  pobladores que trataban de salvar lo que pudieran de sus pertenencias.

Después de un rato, apareció marchante un ejército de hombres armados con cascos, espadas y escudos de metal intimidando con violencia a los indios obligándolos a confesar el sitio donde escondían el oro que sabían, obtenían lavando tierra de las aguas de la laguna. La niña que no conocía de peligros, tristeza y mucho menos el llanto fue testigo de la crueldad de aquellos saqueos, asesinatos y violaciones ocasionados por estos hombres a su paso por aquella humilde aldea.

La princesa de repente sintió emerger de su pecho un profundo y extraño dolor que no conocía y no pudo controlar y fue entonces que salieron sin parar incontables lágrimas de sus límpidos ojos que al cristalizarse formaron una roca de sin igual hermosura trasparente y pura que fue llamada la Piedra de los Sueños. Esta gema fantástica muestra a quien elige el sitio donde se encuentra, realizando además su sueño más anhelado; pero el escogido debe tener en cuenta dos condiciones: su sueño debe de ser en sintonía con el Creador y no puede ser revelado a mortal alguno hasta el día de la unión dichosa entre el soñador y la piedra…”.-

  • “mmm …Bonita historia…” – dijó Fort mientras se ponía de nuevo la camisa – …¿Yyy ..alguien más la ha visto?…”-
  • “…Dicen que hace mucho tiempo vino alguien en busca de ella, creo que era un tal… Bolívar, pero nadie sabe si su sueño se cumplió… esta vez lo ha elegido a usted…”
  • “…Ya entiendo, eso significa que debo…”
  • “…Exactamente…solo si es su deseo… – continuó el anciano – …Faltan diez días para que haya luna llena… y ha de encontrarse preparado pues podrían pasar muchos años antes de que la piedra revele sus secretos nuevamente. La marca de la luna se encuentra en una de las entradas de la montaña sagrada, justo a orillas de la laguna de Cerro Azul.

El círculo de la luna representa la mitad femenina de la creación, usted representa el sol, su otra mitad pues juntos son el fundamento del amor ideal Divino. Debo recordarle que este deseo debe estar sintonizado con los del Creador, para su protección y asi pueda ser cumplido…”

 

Fort, consideraba que pedir tan solo un deseo era una difícil decisión puesto que había ya en su vida demasiados sucesos que debían ser cambiados; además, no podía contar con consejo alguno por tratarse de ser estrictamente personal y secreto.

Se encontraba indeciso pero la fe…era quizás la incógnita que más le inquietaba, puesto que sería una locura jugar con sus superiores y con la vida de los suyos apostándole a una piedra fantástica de la cual no sabía si en verdad existía. Por otra parte, sintonizarse con la voluntad del Creador no era sencillo puesto que desde hacía mucho tiempo había dejado de practicar los principios espirituales que sus padres con dedicación habían forjado en él.

 

  • “…Chamán… – quiero que me explique… porque se sufre…?…” – “…Porque se ama muchacho…” – respondió el viejo – “…y porque se ama…?” – “…Porque se sueña…” – “…¿y… porque se sueña?…” – “…Para poder soñar querido soñador…, es necesario estar vivo…”.
  • “…Chamán una última cosa…– “¿por qué pasado el tiempo, aún los aborígenes sienten resentimiento hacia el hombre blanco?…”-

El indio contempló una manada de nutrias que bajaba a tomar agua al gran rio, mientras que queriendo disipar un mal recuerdo, suspiró profundamente y dijo:

  • “…El blanco ha hecho demasiado daño a la tierra… y no ha cambiado desde tiempos inmemorables: Robó las tierras que repartió en terrenos, puso fronteras y saqueó los mares, quema la selva y negocia su riqueza y extrae de la tierra su sangre; irresponsablemente siembra el odio y corrompe a sus semejantes. La tierra que está preñada de su maldad hoy tiene dolores de parto y se contorsiona en sufrimiento por culpa de la especie blanca…”

 

Fort sabía que el anciano tenía razón y prefirió estar en silencio y de la misma manera que el indio, mirando correr las aguas del sosegado Tuparro llevándole vida a otros lugares.

Regresó Fort al campamento dispuesto a platicar con el inflexible comandante Mosquera quien aplazándole la audiencia, le delegó la peligrosa misión de llevar un grupo de hombres a determinada zona montañosa, por tener indicios de que allí se encontraba alias “El Cocha”; comandante guerrillero que había planeado la toma a La Paz.

Fort no lo dudó y furibundo aceptó el encargo porque realmente quería enfrentarse a muerte con su ahora acérrimo enemigo por considerarlo copartícipe en el rapto de su novia y sin siquiera imaginar que Nelly para ese entonces, se encontraba con dos meses de embarazo de uno de los guerrilleros que a la fuerza la violó e hizo su mujer.

 

Enlistó 50 hombres fuertemente armados y cogiendo camino cordillera arriba, inició la búsqueda del Cocha remontando por atajos resbalosos y trochas transitadas en su mayoría por bestias de carga que hacían detener a la cuadrilla para descansar después de varias horas de caminar continuo. Se aproximaba la noche. El grupo por fin coronó la cordillera y Fort hizo acondicionar un lugar bajo los árboles para pernoctar y allí acampar.

Trataba infructuosamente de dormir pensando en la manera de salir de aquella exasperante situación cuando oyó unos pasos que se aproximaban con prontitud: “…¡Comandante…Comandante¡… – era la voz de un centinela – …¡provienen del norte sonidos de helicópteros…creo que se aproximan al lugar… estamos seguros que se trata del ejercito¡…”.

 

Fort hizo una seña al guardia que le indicaba hacer silencio y escuchó por un momento con atención, efectivamente se aproximaban al lugar tres aeronaves; dio la orden de cubrirse. Los aparatos pasaron por sobre los árboles iluminándolos con potentes focos. Los hombres atrincherados en las salientes y piedras de la loma aguardaban con completo sigilo. Las naves dieron media vuelta y esta vez sobrevolaron el lugar mucho más bajo, casi tocando las copas de los árboles que se doblaban al empuje de los rotores. La nave que comandaba la inspección, como suspendida en el aire, examinaba detalladamente tratando de encontrar algún indicio de vida humana; entonces, un combatiente al sentirse descubierto, descargó el proveedor de su fusil hacia el helicóptero que levantando vuelo abrió paso para que los artillados que le seguían, abrieran fuego iluminando el lugar con centellas que atravesaban lo que a su paso encontraban.

Desde tierra, una lluvia de proyectiles repelían el ataque; Fort entretanto alistaba rápidamente un lanzacohetes de mediano alcance. Temblando apuntó y el proyectil que salió disparado acompañado de un ensordecedor estruendo dando en el rotor de uno de los Apaches y este, dando giros cual halcón herido, estalló unos cincuenta metros abajo del cerro. Los zancudos metálicos percibiendo el peligro alzaron sus pesadas máquinas y se alejaron rumbo al oriente; pero al momento de emprender retirada, la segunda nave realizó una última acribillada, hiriendo varios de sus compañeros y perforando el bíceps de Fort en dos oportunidades quien mustio, sintió un intenso mareo y se desmayó.

 

La blanca noche parecía no haber presenciado nada, mientras que en tierra, se oían los llantos y quejidos de algunos combatientes que gritaban el nombre de sus compañeros tratando de ubicarles con linternas en medio de la espesa neblina que se confundía con el humo que ya empezaba a disiparse. Eran las dos y cuarenta de la madrugada y tenían que evacuar el lugar para evitar ser sorprendidos de nuevo y bajar al Doncello donde prestarían atención a los heridos y darían sepultura a tres de sus compañeros.

Al otro día, Fort apoyándose en un par de muletas caminó rumbo al riachuelo que pasaba cercano buscando bajo el puente un lugar donde poder organizar sus ideas; se sentó sobre una roca a observar unos capones que a esa hora solían buscar comida en las aguas que besaban la ribera. Escuchó el viento solano que traía de muy lejos la voz del párroco de su pueblo:- “…hay momentos en que debemos sentarnos a pensar con detenimiento y madurez el resultado de nuestras acciones; y desde lo profundo del alma invocar al Supremo Hacedor en su infinita misericordia recordando que existe el arrepentimiento. Entonces el perdón aparece como una mano salvadora para curar nuestro espíritu de aflicción y pena. Pero es necesario después de este acto de contrición, retomar la senda decididamente dispuestos a realizar el verdadero cambio”.

 

Sus ojos humedecidos contemplaban con nostalgia las toscas heridas que el tiempo tatuó en sus manos. Manos que una vez acariciaron, otras veces sembraron vida, fueron de esencia amparadora y muchas veces auxiliadoras, y que el destino cambió abruptamente hasta el punto de accionar gatillos para causar la muerte.

No pudo recordar otro momento en su vida de más pena, tristeza y arrepentimiento; entonces inclinó su rostro y clamó:

Señor:

Me arrepiento de todo el bien que he dejado de hacer. Perdona las fallas cometidas por razón de ser un fanático por mis convicciones haciendo que muchos paguen mi falta de compasión. Por sucumbir ante la intolerancia. Solo quiero volver a casa Señor; no quisiera terminar como muchos que mueren en el olvido y en el seno de sus humildes familias continúan con la ilusión constante de volverles a ver. Sus madres sufren la diaria agonía de abrigar la esperanza de que regresen y cuidan sus pertenencias con recelo, limpiando delicadamente con sus manitas puras cada rincón de sus cuartos vacíos y manteniéndoles cual su más preciado tesoro, mientras ellos yacen junto a sus sueños… reposantes, en lo profundo de algún campo… como otro soñador solitario…

 

¡SLAMMM…¡ …¡No comandante¡ ¡Es imposible¡… – dijo Mosquera iracundo a tiempo que golpeaba con su puño el escritorio – “…¡Es imposible concederle siquiera un permiso¡…¿Acaso no entiende usted que estamos en guerra? y en una guerra ¡no hay permisos!… me ha comprendido?…”

“… Está bien… señor…” – dijo Fort bajando la cabeza; se puso de pie y enseguida salió del comando.

Era claro que debido a sus desacertadas decisiones había tenido que pagar un alto costo y no divisaba otra salida… tenía que confiar en el Chamàn del Cerro Azul; al otro día habría luna llena, y en esa última noche aprovecharía su valioso tiempo para pensar con serenidad en su deseo.

Repasó las condiciones: “No podía pedir consejo alguno, pues debía ser estrictamente secreto y estar acorde a los deseos del Creador”. Difícilmente podía pensar en ese momento en un deseo que cumpliera tales expectativas.

Destapó una cerveza, hacía mucho calor y prendió el ventilador, encendió la lámpara de mesa; se oían a lo lejos sonidos vagos de los animales nocturnales y de fondo las cigarras; sacó del buró las fotos de sus seres queridos y repasó con sus dedos cada rostro en particular, tomó luego las cartas con nostalgia y las ojeó. Pero al releer la carta de su amada, apareció de pronto la luz de esperanza que necesitaba…donde decía:

“…La mañana en que fui a despedirme de tus padres, rumbo al jagüey, me pareció vernos en el lugar donde por última vez te tuve entre mis brazos y no pude retenerte…”.

 

Eran las tres de la tarde, Fort volvió a su habitación y sacó de dentro de su almohada el total del dinero que había logrado ahorrar; enseguida, salió a hacer una ronda tratando de no despertar sospechas entre sus compañeros; el cielo se mostraba encapotado presagiando mal tiempo y aunque Fort se sentía nervioso, sabía que había llegado la oportunidad esperada. Se cercioró de no ser importunado y caminó despacio hasta el embarcadero donde se encontraba cargando su bote el bonguero.

“…Hola patlón…”– le saludó sonriendo el guía, al verle

“…Buenas tardes se las dé el Señor…” – contestó Fort –“…Necesito un expreso al Puerto Mitúa…pronto”

“…No patlón hoy no podè, tiempo ta malo, creigo que va llové y ete río e peligroso cuando crece. Ademá ya toy contratau…”

Es urgente – rogó Fort – Le pagaré lo que me pida…

 

Si bien el guía observó que Fort no llevaba equipaje, sospechó al oír la oferta advirtiendo la premura del muchacho y aunque sabía que le podría quedar una buena propina, pensó que podía tratarse de un evadido y se negó rotundamente:

“…No señó, ya toy coprometiu…” – y continuó acomodando la carga.

Fort sintió que la sangre había comenzado a recorrer su cuerpo más aprisa; entonces sin pensarlo dos veces desenfundó su pistola y la puso en la sien del pálido canoero que perplejo, comprendió que era importante para Fort llegar al campamento indio.

 

Después de una hora de travesía, el sol dio por fin algunos visos asomándose tímidamente. El bonguero contrariado no quiso pronunciar palabra alguna durante el viaje en cambio Fort, con una sonrisa optimista entonó:

 

De Santa Clara yo vengo

Rodando como un limón,

Hoy dejo aquí las espinas

Que cargo en el corazón

 

La vida del hombre pobre

Es muy triste y muy fatal

Si un día tiene pa la carne

Al otro día no hay pa la sal

 

Yo vine de Santa Clara

Pero tengo que volver

A cumplir con la promesa

Que le hice a una mujer

 

Llegaron a Puerto Mitùa. Fort hizo un paquete con todos sus ahorros y se los entregó al bonguero sin dejar para sí un solo peso. El guía le miró sorprendido y no pudo evitar que se le escapara una estruendosa carcajada. Sin bajarse del bote extendió su mano para recibir el pago mientras le decía sonriendo – “…uté ta loco patlón…uté ta loco…” Y se marchó contento.

 

FIUU FIUU FIUUU – FIUU FIUU FIUUU – FIUU FIUU FIUUU

 

Radiante ante las miradas que de inmediato le reconocieron y silbando la melodía de los arrendajos, Fort se encaminó buscando la cascada y la laguna de cerro azul. Se sentó a contemplar la espuma que producía en su caída la fuente de agua cristalina. Ensimismado en la belleza de aquel torrente recordó con melancolía los días en su vereda al lado de sus padres y de lo que más amaba; veneraba hoy más que nunca y con toda su alma aquel pedazo de llano produciendo flores y frutos todo el año cual verdadero edén campesino; se arrepintió sinceramente de haber salido de allí y conocer el dinero fácil que corrompe almas, individuos, familias y sociedades.

Se aproximaban las seis. El sol, apartando sutilmente las nubes apareció por última vez retocando sobrenaturalmente aquel lienzo vespertino con una acuarela de arco iris sobre los reflejos de gotitas volátiles que se iban evaporando rápidamente.

El rostro de Fort se iluminó y con una sonrisa plena de satisfacción se levantó resuelto a presentarle al destino su más reverente deseo. La tarde declinó ante el impulso de la noche y el ritual era preparado en la aldea minuciosamente.

 

Con un traje hecho de plumas de aves silvestres y sobre él un pectoral de oro repujado, el brujo cubría su atuendo con un manto de tejido elaborado a mano que le bajaba hasta los tobillos; alrededor de su cuello un gran collar con dientes de primates, en su mano derecha el bastón de cubarro y en su rostro pintados los adornos de la liturgia, encabezaba la marcha que se orientó rumbo a la cúspide de la puerta de la Luna.

 

Tras el chamán, un séquito de veinte hombres le seguía de cerca portando antorchas y tambores. Fort, ungido con aceite vegetal mezclado con raíz de guayabo negro, hojas de malagueto más hierbabuena y vestido con un hábito de color azul y verde caminaba descalzo cerrando la procesión que se dirigía rumbo a la cúspide. La marcha paró justo a mitad de la pendiente para que Fort continuara en solitario su ascenso hasta la cima.

 

El mago tomó un trago largo de bebida espirituosa y alzó los brazos señalando con el cetro los cuatro puntos cardinales; luego cerró los ojos y pronunció unas palabras indescifrables. El viento comenzó a soplar y las nubes se disiparon abriendo el cielo descubriendo una luna que llena iluminó francamente el lugar. Sonaron los tambores; el Chamàn tocó con la punta de su vara el piso, y la peña pareció adquirir vida en el momento.

El viento empujó con más fuerza mientras Fort continuaba ascendiendo. Un pequeño movimiento sísmico hizo que las piedras pequeñas resbalaran por la pendiente abajo; era como si un enorme oso despertara de su largo sueño invernal. Fort ya en la cúspide y parado frente a la gran piedra redonda, observó maravillado la figura en círculo perfectamente cincelada de la cara que ya conocía en sus sueños.

 

A lo lejos, las luces de los relámpagos y truenos iluminaban el espacio infinito y faltaban tan solo unos minutos para la media noche.

La figura de la cara de la luna, grabada en la losa de piedra con un fuerte ruido que provino de las entrañas de la roca comenzó a quebrarse lentamente por su mitad dejando entrever una entrada de cuyo interior manó un manto de luz que iluminó la cima del monte. Adentro, una escalera descendente apareció frente a Fort quien comenzó a bajar por ella muy lentamente; desde las profundidades escapó un gran rugido y de nuevo tembló la tierra pero esta vez con mayor intensidad.

Atrás, ladera abajo, yacían los cuerpos sin vida de los indígenas que impidieron con su vida la captura del soñador; más adelante el cuerpo del Chamàn y su corte que igualmente cayeron víctimas de las balas del comandante Mosquera.

 

Fort, ajeno a esta circunstancia, miraba con asombro la reluciente piedra que sobre el fastuoso pedestal de roca tallada descansaba; tomó una bocanada de aire que luego expiró suavemente, caminó lentamente y se paró enfrente de ella, levantó su mano derecha dispuesto a tocarla, pero en ese instante, un disparo se oyó y una bala salida del fusil de su persecutor atravesó su corazón.

 

El cuerpo agonizante del soñador se fue inclinando lentamente hacia adelante hasta que su sangrante pecho dio contra la hermosa piedra cegando totalmente su resplandor. Un titánico bramido salido desde las entrañas de la tierra hizo estremecer la montaña y con una estridente explosión se inundó de luz completamente el lugar. ……………BROOOOOOOWWWWMMMMM!!!!!……

 

Todo quedó en absoluta calma… De pronto… se escuchó una dulce voz:

 

–           …Fort … Fort…

 

El muchacho abrió lentamente los ojos y se encontró contemplado por su amada quien alegremente le inquirió:

 

-¿…Sabes mi amor?…- dijo a tiempo que señalaba un lugar en lo alto de la montaña- “…quiero que me lleves a vivir allaaaa a la sierra… en la parte más alta… donde podamos tocar la luna y contar uno a uno los luceros…”

 

Fort la Miró pensativo… El suntuoso sol naciente que pincelaba los paisajes, dio un beso púrpura en el semblante de la muchacha, al tiempo que sus ojos verdes se aguaron de emoción esperando atenta la respuesta.

 

Entonces Fort, acomodándose y quedando de rodillas frente a ella… le tomó por las manos; luego le miró con infinita ternura y respondió:

 

… Si amor mío…vamos; quiero que seas mi esposa y mi dueña.

 

FIU FIU FIUUU – FIU FIU FIUUU – FIU FIU FIUUU

 

El trinar del cortejo de una pareja de arrendajos, proveniente de un árbol cercano, llegó hasta los oídos de los enamorados, que fundidos en un abrazo, se juraron amor eterno.

 

FIN

 

 

 

Agradecimientos sinceros al doctor Julio Cesar Castellanos Director General del Hospital San Ignacio de Bogotá por su magnífica colaboración, lo mismo que a los doctores Eyner Lozano, Paola García y Carlos Benavides del Hospital San Ignacio, por mi segundo trasplante.

omarorjuela@hotmail.com

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

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