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La noche de la carta

Nunca me has entendido bien. Puede que sea mi culpa, por la manera en la que me he presentado a ti. Te dije que quería hablarte sobre esa noche, la que cambió todo. Algunos dirían que fue la gota que derramó el vaso para que me ahogara, pero yo sé que no fue así. Por supuesto, mentiría si dijera que nunca había tenido celos de ella, claro que los tuve, pero aquel día que se convirtió en la que hoy recordaré como mi peor noche, fue diferente.

Estaba en mi habitación, sentada en la cama. Sabías que en las vacaciones no solía levantarme, ni si quiera la semana anterior a Navidad. La pared antes blanca me servía para recargarme y mirar a la ventana. Siempre que te ibas con tu padre a trabajar no sabía qué hacer, tu ausencia me mataba. Ahora puedo entender lo malo que era eso; pero en ese instante, abrazando un oso de peluche mientras pensaba en ti, no sabía qué hacer.

Volviste de repente. Una notificación me hizo saltar. Tomé el teléfono con las manos frías para ver tu mensaje. “Solo vine a bañarme y me voy, tengo una reunión con mis compañeros de secundaria”. Te escribí un largo “nooooo”, pero no lo viste. No me respondiste. No te importó.

Claro, sé que parece irrelevante en que te fueras, pero una parte de mí sabía que era probable que fueras a encontrarte con ella. Ella. Tu ex y mi actual dolor de cabeza. Tomé una almohada y la aplasté contra mi cara para poder gritar. El sonido amortiguado de mi desesperación llegó a mis oídos al tiempo que mi nariz se aplastaba y la tela del almohadón se calentaba con mi aliento. Nadie me escuchó.

Algo se apoderó de mí, un sentimiento de ansiedad, de engaño. Dicen que las mujeres tienen un sexto sentido cuando las engañan. Yo experimenté algo muy similar a eso. Busqué alrededor de los archivos a los que tenía acceso, con las uñas golpeando las teclas del computador con enojo. Y lo encontré.

Una carta, un archivo con palabras de amor escritas de tu parte, y no eran para mí. Eran para ella. Fue como recibir un golpe en la cara nublándome la vista. Pero aún así seguí leyendo. Leí cómo querías estar con ella, pasar la eternidad con ella, como pensabas en ella, como esperabas volver a encontrarte con ella. Y lo habías escrito la noche anterior, justo después de decirme que me amabas.

Los puñetazos en mi cama se amortiguaban con las colchas. Sentía que no podía respirar. Era como estar debajo del agua intentando subir, pero nunca encontrando la superficie. Quería entrar en mi pecho y arrancarme el corazón para que ya no doliera. Sentí nauseas. Te llamé. Oh, no me alcanzan los dedos para contar cuántas veces te llamé y no respondiste. Cuando por fin llegaste a tu casa y te diste cuenta de todo, ya era demasiado tarde.

 

Muy tarde para disculpas y muy tarde para explicaciones. Volví a mirar a la ventana, sabiendo que no te iba a encontrar. Hoy aún me pregunto por qué lo hiciste. Todavía no me has dado una respuesta.

Andrea Avendano Gomez

Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas, con un sueño y ganas de mejorar

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