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LA LIRA DE ADRASKAN

 

LA LIRA DE ADRASKAN

Lemuel – 2018

 

 

 

Tratando de hallar un antiguo asentamiento de mercaderes Judíos de la edad media, el arqueólogo escocés Lean Kendrew escavó junto a un grupo de hombres varios puntos en la zona montañosa y árida de la geografía Afgana. Buscaba por años lo que ambicionó encontrar durante toda su vida creyendo firmemente que importantes y únicos manuscritos de antiguos profetas y escribas Esenios se hallaban sin ninguna duda enterrados en algún lugar a lo largo de la famosa “Ruta de la Seda”, donde se tenía noción de que muchos de los sacerdotes Levitas se habían radicado luego de su expulsión de Jerusalén trescientos años antes de Cristo.

 

Después de dos años de excavar continuo en las grutas y montes de la provincia de Adraskan – Afganistán, el 4 de abril del año1.960 los colaboradores de Kendrew dieron aviso desde el principal túnel de excavación al toparse de frente con una muralla férrea que se creyó en principio era una de los muros que servían como defensa a la ciudad que construyó Alejandro Magno para defenderla de los ataques de los Gaznávidas y las tribus Guríes que querían apoderarse en ese entonces de uno de los bastiones más importantes de esa importante ruta para el tránsito de mercancías entre la India, China, el Oriente Medio y Europa.

 

A medida que fueron trabajando el terreno, se fue revelando poco a poco y delante de los ojos de los incrédulos excavadores, la antigua ciudadela donde las caravanas de comerciantes y mercaderes debían hacer una parada casi que obligada para intercambiar sus productos, pernoctar y dejar descansar las bestias de carga.

A medida que fueron profundizando, descubrieron que la aldea contaba con pequeñas y precarias moradas construidas en su mayoría en greda y adobe, encavadas con bases cimentadas sobre ladrillos macizos, dando la impresión de que se trataba de una ciudad muy bien construida y organizada con calles que se extendían a lo largo y de un lado a otro de la ciudadela; así mismo encontraron adecuado lo que sería un especie de acueducto rudimentariamente diseñado, el cual proveía de agua potable a sus moradores durante todo el año.

 

Se encontraron además decenas de vasijas, alacenas con ollas moldeadas hermosamente en barro y utensilios para la labranza y la guerra, cientos de objetos en cerámica y hasta algunas semillas de la época. Dos años después de iniciar las labores de búsqueda, sin encontrar indicio alguno de los antiguos escritos y a punto de finalizar las excavaciones, halló cien metros más al norte lo que sería un templo de adoración para los Esenios.

Al cavar allí, descubrió una pared circular que tenía un frente con dirección a la ciudad y una ancha entrada al lado de un altar en piedra donde perfectamente se ubicaba el sitio de adoración y otro de sacrificio según las tradiciones ortodoxas judías. La pequeña ermita hubiera pasado inadvertida de no ser por dos marcos tallados en la pared frontal, sobre el ara de sacrificios los cuales al arqueólogo le causaron gran asombro por cuanto contenían dos ideogramas jeroglíficos totalmente incomprensibles para él. Después de revisar sus libros de Criptología y Tratados de escritura Cuneiforme, no encontró nada que estuviera relacionado con estos epígrafes por lo que tomó la decisión de consultar con su colega y amigo el profesor Mat Spencer quien en ese tiempo llegó a ser la persona más aventajada en el conocimiento del significado de estas inscripciones.

Después de un detallado estudio, el profesor Spencer dio por fin su veredicto. Los dos epígrafes habían sido escritos en un extinto códice de especial variedad en el idioma Arameo creado únicamente para ser interpretado por sabios y sacerdotes. Los Códices decían en el primero: “Adoradle”… y en el segundo:… “Alabadle”… El arqueólogo Lean Kendrew en ese momento, dio por terminada su labor y la zona fue protegida entre gruesas y altas mallas para resguardarla de los profanadores y saqueadores de la zona y declarada como patrimonio especial de la nación razón por la cual, nadie pudo volver a tocar estos hallazgos, realizar estudios o practicar excavaciones en muchos años.

 

70 años después – Año 2020 –

Las bombas arreciaron sobre Herat, dos kilómetros al sur de Adraskan destruyendo numerosos domicilios Talibanes, cobrando víctimas y arrasando además de viviendas, vehículos y animales. Muchas veces los poblados Afganos eran visitados de día, otras de noche por los bombardeos rebeldes que dejaban caer sobre la población indefensa sus cargas de muerte. Los perplejos habitantes corrían con sus hijos al oír activar las sirenas que anunciaban el “peligro” tratando de protegerse en alguno de los refugios anti aéreos que había construido el gobierno.

La guerra que se libraba entre los Talibanes y los grupos Yihadistas hacía más de diez años había arreciado en gran manera y no había a la vista una tregua cercana por cuanto el odio entre los dos bandos se marcaba cada vez más debido a las diferencias de religión, de tierras, de política y por supuesto…por el poder que ejercía el opio.

 

Era domingo y Zaid Abdel contaba tan solo con quince años. En sus negros ojos inexpresivos se dejaba distinguir un apagado espíritu que le impedía conmoverse ante cualquier situación que le hiciera llegar al llanto o tan siquiera a expresar una sonrisa por el dolor causado al perder a sus padres y ser una víctima más como otros miles de huérfanos que ya dejaba como saldo la cruenta guerra que acontecía en su país y que se había extendido hasta su pequeño poblado un día cualquiera de abril… sin avisar.

Se encontraba en casa a medio día luego de llegar de la escuela con la intención de comer algo, prepararse para hacer las tareas y ayudar a su familia en algunas de las labores del campo en un pequeño pedazo de tierra de propiedad de su padre en las reducidas zonas verdes con que contaba Adraskan. La pobreza en esta zona del país era evidente por el paso restringido de alimentos y productos entre las regiones y empeoraba cada vez más, no por esto Zaid dejaba de soñar y como cualquier otro niño de su edad, tenía la intención de un día salir de allí y poder interpretar con libertad su “Lira de diez cuerdas”, que era su mayor pasión y el sueño que le cumplieron sus padres cinco años atrás.

Como siempre lo hacía, muy a las cuatro de la tarde cumplió primero con los compromisos de rezo, como buen musulmán, y luego salió bajo el permiso de sus padres con su vieja Lira colgada a sus espaldas en busca de su amigo Mansur con quien jugaba inocentemente corriendo bajo los arreboles cargados de colores naranjas y rosas que en las tardes primaverales surcaban silenciosos los azules cielos sobre las peinadas dunas con arenas blancas y los arrumados montes marrones o pardos desmoronados y roídos por la erosión; luego, jugaban a esconderse dentro de las cuevas que se dejaban ver frente a las ruinas protegidas por vallas metálicas de la antigua ciudad que Lean Kendrew había descubierto hacía más de setenta años y que crecían mutuamente en curiosidad por saber qué escondían aquellas piedras tan cuidadas y protegidas por su gobierno. Al caer la noche, se sentaban juntos en la orilla de la saliente de una colina a observar desde allí la inigualable trasformación de su menudo pueblo a colores ámbar, su bella aldea parada y quieta como un espectro tostado en medio del desierto, de paredes de arena, arcilla y paja y con los techos redondos y grandes como enormes lunas cortadas por la mitad y volteadas hacia abajo tapando dispuestas las pequeñas terrazas; contemplaban desde allí salir la luna que comenzaba por perfilar el árido y basto horizonte con colores alazanes y ambarinos oscureciéndolos pausadamente a tonos opacos y sombras tostadas mientras que los escasos retazos verdes de las praderas, iban siendo acariciados delicadamente por los vientos alisios que a esa hora comenzaban a hacer su diaria y tranquila ronda rumbo al sur, refrescando la región y despidiendo así otro día caluroso. Después de esa mágica hora, Zaid se prendía de su Lira y comenzaba a interpretarle a su amigo las composiciones nuevas que había creado ese fin de semana, luego cantaban algunas trovas con salmos a tiempo que miraban encender en medio de la penumbra que se acentuada, las luces naturales de los cocuyos y luciérnagas enseñoreándose de los árboles y los arbustos que enmarcaban el taciturno, fino y a la vez campechano panorama; las bombillitas de las viviendas también comenzaban a iluminarse poco a poco a tiempo que las gentes iban llegando a sus humildes viviendas; era un paisaje que recobraba cada vez más vida convirtiéndose al final de la tarde en un pesebre natural de manso encanto enmarcado por la ambarina e imponente presencia lejana y callada de la luna, bajo un cielo salpicado por todas partes de fulgurantes estrellas. Se aproximaba la hora del cuarto rezo y se prepararon para descender cada uno a su casa.

Un sonido insólito y potente se fue acercando rápidamente desde el oriente; era el de una nave tripulada que pasó por sobre sus pequeñas cabezas a gran velocidad. Apenas pudieron darse cuenta con extrañeza de que era una aeronave, voltearon sus rostros para confirmarlo y enseguida se oyó casi estallando en sus oídos el rugido espantoso de los motores superando la barrera del sonido; detrás, venían otros dos aparatos, pero estos dejaron caer delante de sus incrédulos y asombrados ojos un racimo de bombas sobre su pequeño pueblo estrellándose y estallando miles de proyectiles que se encendían en una hilera indescriptible de fuego que destruyó ardiéndolo todo a su paso; los muchachos con los oídos aun tapados se miraron incrédulos y nerviosos tratando de localizar desde allí sus viviendas que apenas se distinguían entre la polvareda levantada y el humo.

 

Zaid se paró de un salto y trató de correr hacia el plan pero Mansur le detuvo por el brazo previniéndolo de otro ataque más de los aviones que ya habían dado la vuelta y venían de nuevo y esta vez, volando mucho más bajo; soltaron de nuevo otro grupo de bombas que detonaron con gran estruendo sobre las humildes moradas y las pequeñas construcciones que habían quedado en pie estallándolas en mil pedazos y acabando con todo lo que había dentro, en un solo segundo. Los gritos de la gente y de los niños comenzaron a escucharse desde dentro de la espesa humareda. Zaid no resistió más la incertidumbre y corrió hacia el pueblo gimiendo en busca de sus padres, dejando por la premura del momento olvidada su Lira; Mansur hizo lo propio y también corrió buscando el caserío que ardía de punta a punta.

 

Las alarmas no tuvieron tiempo de sonar y la luna había cambiado a un amarillo marrón, recibiendo la nube de humo negro que subía despaciosa y pesada dejando al descubierto el hermoso pesebre que disfrutaban un minuto antes, convertido en un paisaje desolador cargado de ruinas y muerte. Las personas corrían de un lado a otro en medio del desespero buscando a sus parientes más cercanos en el lugar donde quedaban sus casas o como zombis en otros lugares; pero todo lo que se percibía era un paisaje siniestro inmerso en el completo caos y sin ninguna explicación.

 

Cuando se encontró Zaid frente de lo que creyó había sido su casa, la observó devastado por un largo tiempo; la desolación que había ocasionado la incursión había hecho que quedara irreconocible y reducida solo a un montón de escombros de donde emanaba un calor infernal acompañando de hollín y humo ennegrecido que se sumaba al sabor amargo del desaliento y al olor nauseabundo del desamparo.

 

Trató de remover los escombros mientras llamaba con insistencia a sus padres; las lágrimas recorrían sin cesar su rostro, más no pudo reconocer ningún fragmento de las pertenencias familiares, todo estaba hecho cenizas.

Pasó la guardia Afgana llamando por altavoz a los heridos y tratando de localizar sobrevivientes, pero Zaid no quería abandonar su hogar y se aferraba a lo que quedaba de su morada buscando con desesperación a sus padres que había dejado tan solo unas horas atrás. Aunque contaba con muy poca edad, eran muchos los recuerdos que tenía guardados al lado de sus padres que lo daban todo por su felicidad. Sus memorias volvían una y otra vez golpeándole con furia la mente y el pecho, aún creía ver a su madre echándole un vistazo cada noche para ver si se encontraba dormido y arropado o a su padre llevándolo a la escuela en la bicicleta de carga antes de ir a trabajar; qué sería de los Mayroj o de los Paressa, familiares cercanos a sus padres. Para su pequeña mente esto era demasiado y se negaba a reconocer la terrible realidad pensando en que tal vez sería otro más de sus sueños… o quizás… otra broma macabra en sus pesadillas.

 

Tres días después, le despertó un agente de la guardia nacional cuando le tocó el hombro. Se encontraba ya en su escuela, acompañado de cientos de personas que conservaban aun en su rostro y en su mirada las secuelas del ataque y muchas seguían con las ropas y las caras negras del humo del incendio que empezó a ceder solo hasta el amanecer con la ayuda de los bomberos y algunos voluntarios; Volvieron los tétricos recuerdos a su mente y se paró con dificultad aguzando la vista tratando de encontrar alguno de sus conocidos, pero le fue imposible, ni aun Manzur se halló por ningún lado, pareciese que se lo hubiera tragado la tierra junto con todos sus familiares, sus amigos y sus conocidos; llegó incluso a pensar que nunca había hecho parte de esa ciudad humeante que en esos momentos era tan distante y desconocida para él, pero así continuaron pasando las horas y en su cabeza adormitada y sonámbula se siguieron escuchando por muchos días a veces tan lejanos y otras veces tan cercanos los llantos, los quejidos y los gritos de desesperación y de dolor que transitaban todos los días por ese lugar. Las enfermeras y doctores deambulaban con prisa cargando muchos heridos y diferentes muertos…pero todos desconocidos para él.

 

Pensó con dolor en su Lira que había olvidado en la loma, adicional a la condena de convertirse obligadamente en otro huérfano más y tener que afrontarlo todo… solo con su luto y resignación por el resto de su vida arrastrando una larga pena a la cual había declarado a partir de ese momento no derramarle una sola lágrima más y menos el poder sentir en su mente y corazón el desaire de una alegría.

 

A los seis días las personas ya podían salir del albergue con más libertad y seguridad. Zaid, aprovechó el medio día y la confusión que todavía reinaba dentro de aquel campamento para intentar respirar otro aire y tratar de encontrar lo único que creía, poder ser recuperado. Se evadió sigilosamente y subió con rapidez la cima con la esperanza de encontrar su querido instrumento y comenzó a recorrer motivado pero fue perdiendo pronto la esperanza al ver lo que quedó de aquellas cuevas después del bombardeo.

Trató de encontrar el lugar donde con su amigo Mansur se sentaban a mirar las tardes caer, pero ya nada de eso existía; mas adelante observó las ruinas de la antigua ciudad que había encontrado Kendrew hacía más de setenta años pero también quedaron completamente irreconocibles; la malla que la protegía del mundo exterior, había sido arrancada de sus bases y fue totalmente arrugada contra el chamuscado barranco quedando toda la ciudadela en ese momento expuesta y vulnerable; el muchacho al ver que nadie impedía su acceso, ingresó prudentemente por primera vez y con temor a lo que su gobierno custodiaba con recelo.

 

Caminó despacio y con cuidado mirando a lado y lado con cierta ingenuidad los bloques de greda arcaica que fue lanzada lejos y destrozada por las bombas, a su corta edad no hallaba mucha gracia en las formas de estos pueblos remotos ni comprendía de civilizaciones pasadas; al llegar al punto donde estaba ubicado el pequeño templo Esenio, encontró de igual forma todo derrumbado incluso, la pared donde se encontraban grabados los dos epígrafes que nunca pudo conocer ni sospechó siquiera de su existencia, no quedó muestra de ellos, sin embargo ante él y en ese punto, quedó expuesta una cavidad secreta.

 

Se acercó y creyó ver algo semi enterrado que brillaba en el fondo de la cripta. Introdujo su mano tanteando hasta que tocó un pequeño artefacto del que fue apartando pacientemente las piedras y los escombros. Sacó el objeto y lo limpió delicadamente sintiéndose afortunado de haber encontrado algo significativo en medio de tanto caos; se dio cuenta de que era una especie de caja alargada y delgada elaborada con un delicada madera y una fina piel y que tenía la forma de una flor de un ábaco o tal vez…de un lirio, tenía siete cuerdas y además contaba con una correa en cuero para ser cargada; la limpió por todos lados y descubrió que era muy similar a la que había dejado olvidada, luego la pulió con el revés de su camisa; confirmó entonces que se trataba efectivamente de un instrumento musical y se parecía en muchas de sus formas a la vieja Lira que era un poco más grande y contaba con más cuerdas.

 

Hizo sonar una cuerda, luego dos. Pero al rasgar todas las cuerdas al mismo tiempo, sintió una extraña paz que le fue embargando primero su mente, después todo su cuerpo y ahora su espíritu.

 

El fascinado niño buscó un lugar donde acomodarse mejor y así poder afinar el precioso instrumento, cerró sus ojos sintiendo con el sonido de cada cuerda que iba ajustando de qué manera su cuerpo, espíritu y mente se iban conectando entre sí dejándole sentir una percepción de estar como nuevo, ingresó a una especie de transe de paz en que no sintió más su cargado cuerpo lleno de angustias, de dolores y de pesares; de repente sintió que las lágrimas le comenzaron a rodar por las mejillas sin poderlas contener. Lágrimas que por momentos reclamaban por todo su ser para el descanso de su alma.

Zaid nunca imaginó de dónde provenía aquel utensilio tan glorioso y de melodías celestiales; jamás hubiera imaginado siquiera que Hermes o Polímia interpretaban instrumentos semejantes o que la tañó personalmente el oscuro Orfeo entre lo divino y lo terrestre y menos, que llegó a manos de la misma Aryssia de Atenas que era considerada la mejor intérprete de la lira y muchísimo menos que fue la Lira con que David calmaba los embates de los demonios al rey Saúl y con la Lira que tenía entre sus manos, el mismo David entonaba salmos y cantos de alabanza a Dios, tomando por ello la eternidad.

 

Las nubes se disiparon en el ancho espacio presintiendo el suceso y Zaid comenzó a interpretar uno de los salmos predilectos de su alabanza a Alá que había aprendido en la mezquita, a su Dios, a ese Dios que le habían presentado desde niño; sus frágiles dedos y sus dos manos apoyaron seguros cada lado del instrumento y las notas dulces y puras volaron de inmediato en su entorno como mariposas de mil colores llenas de armonía…y sin palabras.

Las vibraciones de cada cuerda, como hilos sutiles se tornaron como arcos de luz que conectaban el instrumento con su ánimo y comenzaron a proyectarse solas por el espacio reproduciendo ondas de amor que se incrementaban y se ampliaban cada vez más para subir y subir y bajar y bajar y después estrellarse a manera de éxtasis contra el firmamento y el Hades mismo, produciendo en esos apartados lugares temblores y cataclismos que llamaron la atención de las criaturas celestiales que descendieron hasta un lugar etéreo para escuchar mejor la melodía.

 

En las tenebrosas profundidades los condenados al oír tales notas mágicas hallaron un poco de consuelo para su suplicio eterno; y para los individuos de la tierra que nunca la escucharon como castigo, muy bien podría haber sido como una lluvia de oro y plata para el espíritu y el alma.

 

Su doliente interpretación narró durante horas y más horas la historia de su pena, mientras que en Adraskan aun subía el humo de sus incendios.

Reflejaba en el desgarrador clamor los lamentos de tantas vidas perdidas; la nostalgia por no volver a ver los rostros de sus padres, la angustia por los momentos de felicidad que ya no se vivirían, el dolor de la misma muerte, la ira de la sangre derramada que clamaba venganza y la desesperación por un futuro incierto. Las otras guerras entre los hombres, del odio y de la incomprensión en el  mundo…

 

Los seres celestiales lloraban en silencio y hasta los demonios se lamentaban. Todos condenaban la bárbara crueldad de los hombres.

 

Una espesa y extraña nube, enorme y cálida fue bajando del cielo hacia la tierra que gemía en desesperación por justicia y paz y con un abrazo de amor que demoró tan solo un minuto… la purificó por completo.

Entonces comenzaron a verse los actos de contrición de los hombres bélicos y los rebeldes conmovidos rindieron sus armas y los gritos violentos de guerra se convirtieron en perdones y las pistolas se silenciaron y las ametralladoras tronaron pero contra el piso al caer. Desarmados y de rodillas los ejércitos de las naciones pidieron perdón y se rindieron en culto colectivo a Dios, cada uno… a su Dios… al mismo Dios.

Y el mundo se llenó de un nuevo amor y una nueva esperanza.

 

Pero Zaid no supo cuánto tiempo había pasado y mientras el último sol de la tarde se fue hundiendo ese día entre colores alazanes y ambarinos tras las raídas colinas de su querido Adraskan, el muchacho tocaba su última nota en la Lira.

Al finalizar aquel lamento sonoro, de sus falanges brotaban hilillos de sangre y cuando dejó de sonar la vibración de la última cuerda acariciada por los tiernos dedos de Zaid, ésta se reventó y en ese momento él expiró dejando salir el alma.

 

Una tarde en esa misma primavera, cuando la guardia nacional inspeccionaba aquel lugar, encontraron su pálido cuerpo inclinado abrazando la extraña Lira; aparentaba una quieta y tranquila escultura de mármol. Pero nadie nunca se imaginó… que había muerto de tristeza.

 

FIN

 

 

omarorjuela@hotmail.com

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

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