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La herencia Mexicana

Transcurría el mes de Noviembre del año 2017. El tiempo estaba más caluroso que fresco en el puerto. Una de las tardes mientras me dirigía a una reunión, abordé un autobús urbano, las puertas estaban oxidadas, los vidrios laterales estaban manchados, algunas filas de asientos estaban rotas, otras habían sido reemplazadas de asientos de plástico a asientos afelpados. El chofer iba fastidiado porque como siempre tenía el tiempo contado para volver a la base; iba haciendo carreras con otros autobuses y llevaba música de banda a volumen de discoteca. Tomé asiento cerca de la puerta trasera, del lado de la ventana, por suerte era corrediza y pude deslizarla para recibir el viendo en la cara y disfrutar del camino.

Saqué de mi bolsa los audífonos y un iPod azul. Desenrollé los cables con rapidez e inserté las pequeñas bocinas en mis oídos, acomodé mi brazo derecho en la ventana y traté de recargar mi cabeza en el marco de la misma. Cerré los ojos por un momento cuando el reproductor emitió su primera melodía y sentí las notas musicales correr y brincar internamente. El gusto me duró poco, las calles en mal estado por los baches y la falta de amortiguadores del transporte público me obligaron a tensar mi cabeza para salvar mis cervicales.

Empecé a observar la variedad de transeúntes, automovilistas y usuarios del transporte público. El contraste entre la mayor parte de los usuarios del transporte público y de los automovilistas era bastante notorio. Mientras algunos solían vestir su uniforme de trabajo o blusas de tirantes que dejaban al descubierto mucha piel, así como shorts extremadamente cortos y tenis o zapatos flats, el cabello teñido y desordenado por el aire proveniente de las ventanas; otros vestían blusas elegantes, modernas, grandes relojes, pulseras llamativas, lentes de sol gigantes y el cabello estilizado. Los hombres automovilistas en su mayoría llevaban camisa y corbata. Aparentemente la moda era usar tatuajes, pero el elemento característico, el que no faltaba en ningún individuo y les quitaba su atención, era el teléfono móvil del que todos iban pendientes, escuchando música, enviando textos o navegando en las redes sociales.

Cuando estuve cerca de mi destino, tuve que caminar algunas cuadras mientras me adentraba en una colonia residencial. Asombrada vislumbré construcciones muy grandes, bellezas arquitectónicas modernas y solitarias. Aún así me imaginé teniendo una de esas propiedades algún día. Existía una colonia de ricos o dos o tres o diez por otras cien o más que albergaban pocas familias de medianos ingresos y más de lo que quisiera admitir de personas de bajos recursos. Fue triste mirar esas casas con tres o cuatro coches lujosos y saber que para la mayor parte de la población sería difícil (por no decir imposible) tener acceso a esos lujos.

Empecé a pensar en los problemas por los que atraviesa mi país, por estar bajo una administración inadecuada en donde las riquezas y las oportunidades están mal distribuidas. El pueblo está molesto porque el salario mínimo no alcanza para la canasta básica, mucho menos para gastos médicos, educación, vestido y calzado. Las poblaciones más vulnerables son compradas por quinientos pesos o una despensa a cambio de un voto para funcionarios despreciables que les dan falsas esperanzas. En estos tiempos el aborto es ilegal pero muchas jovencitas siguen haciéndolo por distintas sumas de dinero. El gobierno ha planeado dar ochocientos pesos mensuales a las chicas de secundaria embarazadas durante el tiempo de la gestación. ¿Creen que con eso van a solventar los gastos del bebé? ¿Es un premio embarazarse a temprana edad? Traer hijos al mundo no es un juego. Sí, los bebés son una bendición, pero también son una gran responsabilidad. El matrimonio entre ambos sexos fue permitido en algunos lugares de la república, sin embargo, los ataques de los homofóbicos y de los intolerantes no parecen tener fin. Pareciera que esta es la época de “¿Qué te importa? Esta es mi vida y hago con ella lo que quiera”. “Quiero alcohol, quiero drogas, fiestas, libertinaje, sexo libre y sin protección… ¡Solamente se vive una vez!”

El problema más grande de mi país es la inseguridad, que desde hace varios años ha venido en aumento, no hablo solo de asaltos, también de secuestros, extorsiones, violaciones, asesinatos, narcotráfico, ¡mafia gubernamental! Ahora resulta que no se puede trabajar diligentemente porque algún grupo delincuencial exigirá parte de las ganancias y si no se está de acuerdo, lo toman a la fuerza. Ahora resulta que los niños juegan a ser narcotraficantes y a secuestrar y matar, ¡pobres niños perturbados, creen que eso es normal!

Nuestra sociedad está enferma de odio, de ira, de miedo, de hambre. Está a punto de colapsar. Pareciera que pronto estallarán los conflictos de aquí y de allá. En las noticias solo se escucha sobre elecciones, desastres naturales, el muro fronterizo, los terroristas, los individuos que trabajan en las bombas nucleares… ¡La inevitable tercera guerra mundial!

Cuando estaba empezando a caer en la negatividad, vi a lo lejos una anciana que caminaba hacia mí con su pequeña nieta de la mano, los últimos rayos del astro rey iluminaron su silueta como a un ser celestial. Ella sonrió y dijo: “buenas tardes señorita”. Su nieta repitió el gesto. Pensé: he aquí la esperanza de nuestro México. Mi gente aún tiene salvación, ¿cuál? ¡El amor!, los valores que se transmiten de generación en generación. Las buenas costumbres, la cortesía, las sonrisas que invitan a más sonrisas. Enseñar con el buen ejemplo. Debemos aprender a amar el conocimiento sin que sea una obligación. En el seno del hogar aprender a ser honestos, trabajadores, caritativos, humildes y solidarios. Poco a poco, con las bases adecuadas podemos sacar adelante a nuestro país. Obtener líderes humanitarios y sabios en todas las áreas, emprendedores, no ambiciosos desbocados. Sí podemos. Es una tarea en equipo. Debemos esforzarnos para mejorar nuestras condiciones de vida y a los que vengan de nosotros en el futuro, heredarles un México mejor.

Acerca del autor: Kat Mava

Escribir es mi pasatiempo favorito. Cuando voy en el transporte en un día normal o de viaje, no puedo evitar mirar lo que me rodea y preguntarme "¿De qué forma narraría esto?" Y entonces empiezan a existir formas de historias en mi cabeza que de vez en cuando intento contarles.

Kat_mava

Escribir es mi pasatiempo favorito. Cuando voy en el transporte en un día normal o de viaje, no puedo evitar mirar lo que me rodea y preguntarme "¿De qué forma narraría esto?" Y entonces empiezan a existir formas de historias en mi cabeza que de vez en cuando intento contarles.

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