La avispa

Faltaban escasos segundos para que se terminara el combate, estaba cansado, mis piernas no respondían, flaqueaban y mis brazos tensos no los podía ni levantar. Hice un tremendo esfuerzo para posicionarme. Mi oponente jadeaba pero se movía con presteza por el cuadrilátero. Esto no se acaba hasta que se acaba, me dije. Le provoqué con el puño izquierdo a que viniera hacia mí con todo lo que tenía hasta agotarlo, ese era mi plan para ganarle, y se lanzó con dos jabs seguidos hacia mí a manera de finta, sabía que golpearía abajo y luego arriba, es una estrategia básica en el boxeo. Así que me mantuve firme en posición defensiva, reprimiendo el aluvión de golpes de mi rival, para que cuando bajara el ritmo por unos segundos aprovecharía para atacar, pero para mí mala suerte era lo que él esperaba que yo hiciera, había abierto una brecha al atacar y de repente un contra golpe cruzado me atinó directamente a la mandíbula. Estaba noqueado. Felizmente tenía la quijada fuerte, pero ya no podía ponerme de pie. Estaba derrotado.

¡Maldición! ¡Maldición! exclamé en mi interior ¡levántate! ¡Tin, tin, tin! sonó la campana. Mi entrenador entró desesperado y me ayudó a estabilizarme, me pasó la toalla por el cuerpo sudado y me sentó en un banco, para ablandar mis muslos que estaba tensos. El referí se acercó para cerciorarse de que estuviera bien. Asentí con la cabeza y se alejó para recibir las tarjetas con los puntajes. Pero para mí, ya era obvio el resultado, había perdido. «Hiciste un buen trabajo, muchacho», me dijo el entrenador, dándome de beber un poco de agua. « ¿Puedes pararte?», preguntó el referí, «Si», respondí. «Acércate al centro».

Para qué iba a hacerlo, si estaba claro de que yo había perdido por nocaut técnico o por decisión unánime, así que me bajé del ring, furioso, decepcionado de mí y mi talento, porque creí que lo tenía, sin embargo,  no servía para el boxeo, era la cuarta vez que perdía un campeonato regional. Y no iba a soportarlo una quinta. No más. Todos mis esfuerzos habían sido en vanos, de nada sirvió haber corrido cinco kilómetros diarios y entrenar como loco para acabar rendido en el tercer raund. Yo de verdad quería ganar, era mi sueño coronarme como campeón en mi ciudad. Les había dicho a mis amigos que ganaría, a mi familia, a las chicas del colegio y a la maestra de sociales (mi amor platónico), a todos, pero les había fallado a todos ellos. Me encontraba en la misma situación de nuevo, caminando solo, exhausto y desmoralizado como todo perdedor. Voy a dejar este deporte, murmuré. Era peligroso, porque aparte de dejar marcas en el cuerpo, dejaba heridas en el corazón. Nadie creía en los fracasados, menos en los débiles, y yo no quería volver ser un muchacho débil, por eso me interesé en este deporte, para ser fuerte y no tener miedo nunca. Pero ahora tenía miedo, y ese temor me invadía otra vez, como antaño, ¿qué iba a hacer? la única respuesta era: abandonarlo todo. Colgar los guantes y continuar mi vida normal, como los demás. Pero de pronto, unas sabias palabras de aliento de mi entrenador llegaron a mi cabeza como una segunda respuesta: que no te afecte el perder una batalla, alégrate más bien, porque te irás fortaleciendo sin que te des cuenta. Eso forja a los buenos boxeadores.

Mi semblante cambió de repente. Mi entrenador tenía razón, no debía renunciar al deporte. Yo era obstinado, por eso había perdido cuatro veces. Esa era mi mayor virtud. Había dado un buen combate, y aunque mi rival se llevara la medalla de primer lugar, yo me llevaba algo más valioso: su experiencia para mis futuras batallas.

(Este relato lo escribí en memoria de mi gran amigo, César, alias “la avispa”, así lo llamaban, por lo rápido que eran sus golpes en el boxeo. Y donde quiera que te encuentres, amigo mío, quiero que sepas te admiro mucho desde que te conocí en este bello deporte).

mbrayeen18
Author: mbrayeen18

1

Deja una respuesta

15 + 17 =