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Herida abierta.

Sé que al evocar estos recuerdos será imposible contener mis lágrimas. Mi infancia no es un tema del que me guste hablar, pues siempre ha sido como una herida abierta que al mínimo roce, sangra.
Tengo buenos recuerdos de esta etapa. A pesar de todo me considero afortunada vivía a orillas del rio magdalena en una pequeña pero linda casa, con mis padres y mis dos hermanas, una mayor y otra menor. Nuestra situación económica no era la mejor, pero nunca nos faltó nada. Siempre tuve las tres comidas en la mesa, vestido, zapatos y una cama caliente para dormir cada noche.
No puedo recordar con exactitud todas las cosas de mi niñez pero es curioso como el cerebro puede mantener intactos los recuerdos que más nos duelen.
Recuerdo vagamente como jugaba en la lluvia con mis hermanas y las salidas familiares al parque o a alguna cena, sin embargo los recuerdos más claros de esta época vienen con gritos, insultos y llanto.
Mi padre es un bebedor, no de esos que se gastan todo su salario en licor, tampoco de los que se embriagan todos los días pero cuando se emborrachaba llegaba gritando insultos por toda la casa.
Mi madre es una buena madre, pero era ese tipo de madre que en raras ocasiones te daba un abrazo o te decía te amo y precisamente eso es lo que todos los niños necesitamos, y más aún cuando tenemos un padre que con sus gritos y maltratos te hace sentir sin valor.
Nunca sabía qué enojaría a papá. No era necesario que estuviera ebrio para gritarnos, aun estando sobrio siempre encontraba un motivo para agredirnos verbalmente por cualquier tontería que un niño puede hacer. Nos hacía sentir inútiles, crecí llena de temores. En presencia de papá, teníamos que permanecer en silencio porque nunca se sabía que cosa haría que nos golpeara con su correa de cuero. Es increíble lo insegura que puedes sentirte en el lugar que se supone es tu refugio.
La mayoría de veces mi madre se quedaba callada, era sumisa a la voluntad de mi padre. Me enojaba con ella porque permitía que nos maltratara por cosas injustas, pero entonces cuando ella le contestaba o trataba de defendernos, era peor. Empezaban una guerra de insultos hirientes entre ellos, dejándonos desprotegidas, causándome más daño que los propios golpes de mi padre.
Además de bebedor, mi padre también era mujeriego. Mamá siempre lo perdonaba, hasta que un día, cansada de tanto maltrato, decidió separarse de él. Es gracioso que por fin en tanto tiempo nos preguntaron a mis hermanas y a mí nuestra opinión, por fin nos tomaron en cuenta. Todas estuvimos de acuerdo con la separación. Realmente creí que me sentiría feliz porque al fin tendríamos paz, pero no, fue muy triste.
Todos cuando somos niños añoramos una familia, con padres que se amen y nos brinden amor a los hijos. Y en realidad lo que yo quería era que papá cambiara. Que nos hiciera saber que éramos tan importantes para él que empezaría una nueva vida por nosotros, pero no fue así.
Nos trasladamos con mi mamá a otra ciudad. Nueva casa, nuevos amigos, nuevo colegio, nueva vida. Y ahí estaba yo, sintiéndome perdida en mi propia vida, sintiéndome más sola que antes. Aunque contaba con mis hermanas que gracias a todo eso, nos volvimos más unidas.
Papá empezó visitándonos cada fin de semana, luego cada 15 días, después cada mes y así hasta que solo lo veíamos en navidad y año nuevo. Ahora que estamos tan cerca de la época navideña y las personas ya empiezan a decorar sus casas, aunque no vayamos ni a mitad de noviembre, recuerdo que a papá no le gustaba la navidad. Nunca nos compró un árbol de navidad. Mi mamá se las arreglaba para convertir las ramas de coco en un arbolito. Les ponía luces, bolas navideñas de colores y moñitos de cinta roja hechos a mano. No era hermoso como los otros, pero para mí era perfecto. No se necesita mucho para hacer feliz a un niño pero mi papá llegaba borracho y enojado, destrozaba el arbolito y lo tiraba a la basura. La felicidad era reemplazada por el desconsuelo de perder algo que ni siquiera tuviste.
Sin embargo la tristeza de esas navidades no puede compararse con la que sentí la primera navidad que él no estuvo. Ni siquiera llamó. Yo me sentía insignificante. Luego empecé a sentir rabia conmigo misma por darle demasiada importancia a quien ya no le importábamos. Me enojé con él, todas lo hicimos. Luego de eso nunca lo llamábamos, ni preguntábamos por él. Aprendimos a vivir sin él.
Ahora tenemos vidas separadas de nuestros padres, cada una ha formado una familia diferente. Tengo una familia como la que anhelaba cuando era niña. Y me gustaría decir que ahora tengo excelente relación con papá. Él ha cambiado, ya no es un mujeriego aunque sigue bebiendo y su carácter es casi el mismo de antes. Pero cuando eres niño no importa cuánto daño físico o emocional te hagan, a la mínima muestra de afecto olvidarás todo y darás amor, en cambio al crecer nuestro corazón se va volviendo duro y aprendemos a guardar rencor.
Papá tiene dos hijas pequeñas y aunque tampoco vive con su madre, las visita casi a diario y las lleva con él los fines de semana. Ellas han tenido un mejor trato que nosotras, cada año les compra un árbol de navidad gigante con todas las decoraciones. Me alegra realmente que no tengan el mismo trato que el nuestro pero aunque me dé pena decirlo, a veces siento un poco de envidia por ellas. Tienen un árbol de verdad y un papá mejor que el que me tocó a mí. Pienso que aún queda algo dentro de mí de esa niña que quería que su papá cambiara y si pudiera devolver el tiempo colocaría en mi infancia el hombre que mi padre es ahora.

marynuviz

Creo en Dios firmemente y sin lugar a dudas. el motor de mi vida es mi familia, no podría vivir sin los libros y la música.

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