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Hasta el deporte en exceso, es malo…

Salmai, fue una niña hiperactiva e imparable desde pequeña. Su mamá, con la intención de que toda esa energía fuera aprovechada, decide animarla a que forme parte del equipo de basquetbol de la primaria. Sabía que la actividad física le gustaba, ya que todos los domingos se iba al bosque de Aragón a jugar partidos de baloncesto y hacer carreras de por lo menos tres kilómetros con su tío y sus dos primas de la misma edad.

Su mamá logro convencerla, así que Salmai entusiasmada, comenzó a descubrir que podía desempeñarse como una de las mejores, al poco tiempo que ingreso, la hicieron capitán del equipo llamado hidalguitos. Paso toda la primaria jugando baloncesto y algunas veces en el recreo  jugaba futbol, esa energía siempre la hizo destacar en educación física, pero no descuidaba sus demás notas.

Al ingresar a la secundaria, había una telenovela que promovía el futbol de niñas, así que animada formó un equipo de futbol con sus amigas, para poder jugar contra otras escuelas. La escuela en la que iba Salmai era muy conservadora, sin embargo su Orientador decide apoyarlas. Salmai nunca abandono su equipo de basquetbol, se mantuvo persistente, logrando que su profesor de deportes, viera en ella a una estrella, así que la promueven a las ligas nacionales. Su felicidad no tenía mesura, cosa que le hizo adquirir confianza en sus habilidades deportivas.

Hasta que un día, le descubren epilepsia ausente, llevándola a pasar por tratamientos médicos; electroencefalogramas, medicamentos y análisis, provocando que su ritmo de vida se volviera sedentario, sumado a que los cuidados de su madre, eran bastantes. Toda esta enfermedad le impidió seguir su actividad física por un tiempo, haciéndola ganar algunos kilos para su edad.

Salmai buscaba siempre competencia, pero no en los demás; si no en ella misma para probar la fuerza no solo de su cuerpo, si no de su mente. La enfermedad desapareció entrando a la preparatoria, permitiéndole integrarse al equipo de una amiga que jugaba voleibol, estaba entusiasmada pero temerosa, ya que sentía que había perdido condición física.

Algunas inquietudes y nuevas experiencias para las chicas de su edad, la hicieron abandonar un poco la actividad física, aunque no del todo, ya que seguía jugando futbol y de vez en cuando echaba carreritas con sus primas.

Así que decide retomar su gusto por las carreras, leer más sobre cómo prepararse para ganar velocidad y cambiar su alimentación. Inspirándola a ponerse de nuevo los tenis y salir a correr todas la mañanas, esa constancia la hizo ganar velocidad cada vez más; y como resultado a sentirse más ligera.

Comenzó a incursionar en carreras cada 15 días, despertaba muy temprano con la ilusión de recorrer lugares y competir contra ella misma; no aspiraba por el primer lugar, ya que eran miles de participantes, cruzar la meta era su mayor satisfacción; la medalla formaba parte de sus recuerdos y logros.

 

Decide entrar al Gimnasio como parte de sus entrenamientos, con la idea de hacer crecer sus músculos y tener mayor fuerza en las piernas, sin embargo le dio un giro a su gusto; haciéndola que se obsesionara por una apariencia física sin ayuda de suplementos y una dieta más estricta de la que llevaba. Llevo a su cuerpo a un tremendo desgaste, lo cual poco a poco fue deteriorando sus articulaciones, sentía dolor en sus rodillas y muchas veces en su espalda, pero ella continuaba haciendo ejercicio día y noche sin parar.

De un momento a otro, no pudo moverse, no comprendía como le había pasado dicha desgracia. Tan solo quería cerrar los ojos y pensar que todo era un mal sueño. Paso noches de penumbra después de que el doctor le dijo que no iba a poder hacer ningún tipo de ejercicio después de varios meses y que si no lo hacía podía no hacer ejercicio para toda su vida.

Los dolores no la dejaban estar en paz, la mantuvieron con inyecciones intramusculares con vitaminas y medicamentos cada 6, 8 y 12 horas. Su cuerpo estaba sedado pero su alma no, así que pasaba noches llorando y preguntándose porque le había sucedido a ella.

Su mayor miedo era que la figura y los kilos que había perdido, pudiera recuperarlos fácilmente, así que decide dejar de comer. Su familia estaba muy preocupada, no tenía ganas de nada, pensaba que su vida había terminado ahí.

Platicaba con ella misma, aprendiendo a no cuestionarse por qué a ella, si no para que a ella. Poco a poco fue descubriendo que su cuerpo le puso un alto, que el camino que llevaba era incorrecto. Haciéndola que se abandonara por completo, renunciando a su círculo de amigos y familia, por una obsesión que solo causaba dolor.

Hasta que un día, comprendió todo lo que estaba pasando, así que decidió seguir al pie del cañón las indicaciones de los doctores; cambio su actitud negativa, por una máscara positiva y permitió darle tiempo al tiempo.

El momento más feliz para Salmai, fue después de su infiltración de cadera y la última visita con el medico del deporte, la dieron de alta, su lesión ya había mejorado casi un 70%. Siguió su terapia por casi dos meses, así que la paciencia y el cuidado la hicieron recuperar su actividad física.

Desde ese día, sigue realizando ejercicio con moderación ya que debe cuidar su espalda. Ahora no lo hace por cumplir un estándar de imagen social, encontró un punto de equilibrio entre cuerpo mente y alma.

Acerca del autor: Salmai Rios

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