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Fotografía

Brillantes y fuertes rayos de sol se meten por la ventana de mi habitación. Algunos tocan la cama de mi hermana, mientras que la mía, se encuentra en la parte donde los rayos no logran llegar.

Estoy en la orilla de esta, viendo hacia la ventana. Es un día precioso. El cielo está totalmente despejado y se deja ver su hermoso color azul.

De repente la puerta se abre y deja ver a mi hermana con miles de ovillos de lana entre los brazos y seguida por uno de mis perros. Este salta a la cama y se acurruca en una pequeña bolita de pelos. Mi hermana se nota demasiado ida en sus pensamientos.

Recuerdo que desde pequeña siempre quise poder leer las mentes de los demás. Muchos dirían que de niños quisieron ser invisibles o querían volar, pero, yo en serio deseaba, (y aún deseo), conocer el mundo que hay en la cabeza de otras personas. Aun así, también me parece egoísta, ya que, nuestros pensamientos son lo único que realmente nos pertenece y sentiría como si robara los de los demás.

La miro moverse por todos los rincones de la habitación, hasta que consigue lo que busca. Una sonrisa se asoma en sus labios. Se mete su largo cabello detrás de las orejas y se acomoda en la cama y empieza a tejer con Nanis a su lado moviendo frenéticamente su cola y alzando sus peludas orejas.

Finalmente, me levanto de la cama y salgo de la habitación. Me topo a mi madre con una tina llena de nuestra ropa que, seguro deberá doblar.

–¿Me ayudas? – me pregunta y yo termino aceptando, no muy emocionada, falta recalcar.

Doblamos y acomodamos las pilas de ropa entre ambas para terminar más rápido. Hablamos de cosas triviales.

La veo por un momento. Se veía concentrada en doblar impecablemente la ropa y algunos de sus cabellos marrones, se escapaban de su cola y le caían sobre los ojos. Ella era pequeña, más que yo, por lo que se veía graciosa intentando poner algunas prendas en la parte superior del armario.

No imagino lo difícil que debe ser madre y mostrarse fuerte, aunque uno esté débil, y aun así, lo hace por nosotros.

Ella es como mi mejor amiga y me siento bastante orgullosa de decirlo, ya que muchos no podían decir lo mismo, pero yo sí, sabía que podía confiarle todo como a ninguna otra persona.

Mi mirada se desvía a la pared que estaba detrás de ella. Está rayada con dibujos, (más bien garabatos intentando coger alguna forma) y palabras cualesquiera.

Llamo su atención cuando me río y me mira intrigada.

–Debería de ser decoradora de interiores. A los cinco años, ya había decorado tu cuarto, ¿no crees? –digo entre risas.

Suelta una carcajada y niega con la cabeza.

Es curioso cómo todos esos simples rayones en la pared podían hacerme volar por el tiempo y hacerme recordar cuando estaba más de niña. Era muy carismática y extrovertida y según mis padres; no conocía la palabra “vergüenza”. Sin embargo, con el pasar de los años, cambié. Ahora soy más tímida. Supongo que cuando eras niña, no importaba nada, ni siquiera las opiniones de otros.

También recuerdo que siempre había querido crecer rápido para volverme “grande”, y ahora no hago más que desear ser una niña sin ninguna preocupación más que la de decidir con qué peluche dormir en las noches.

Eso representa aquellos garabatos estampados en la pared; historia y viejos recuerdos de una niña pequeña.

–¡Ey! –dice mi madre sacándome de mi mar de recuerdos– hemos terminado.

Me dispongo a salir de allí, no sin antes abrazarla.

Sin importar el buen día que hacía, el fuerte sol ya me empezaba a cansar con sus bochornosos rayos, los cuales intentaban encontrar cada rendija de la casa para poder entrar y buscarse espacio.

Otra puerta conocida se alza ante mí. Esa daba al interior de la habitación de mi hermano mayor y sabía que, ahí adentro, solo se encontraba desorden por todo rincón en el que voltearas a ver.

Despego mi mirada de aquella puerta cerrada y me dirijo a “mi lugar de creación”. Paso la mayor parte de mi tiempo libre ahí, ya fuera escribiendo o dibujando. Tengo una gran ventana en frente y ahí puedo ver el gran jardín o, a veces, a mi padre trabajando en él.

Él ama cuidar las plantas y jugar al jardinero, y si no se encontraba afuera, debía de estar con su delantal amarrado a su cintura, haciendo sorprendentes invenciones en la cocina. Es un padre realmente ejemplar, siempre no enseñó a valorar las cosas que teníamos y a esforzarnos por cumplir todo lo que queríamos.

Me quedo un momento más mirando por aquella ventana el paisaje que se mostraba. El césped cortado y las copas de los grandes árboles, teñidas del color oro del sol. La bandada de pájaros que pasa volando de repente y todas las mariposas que vuelan sobre las flores. Todo se veía hermoso. Era un día perfecto solo para sentarme frente a aquél cuadro que me daba la ventana y perderme entre la música, tomar un lapicero y crear.

Acerca del autor: Leonela Gómez Navarro

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