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Familia

Familia

Los últimos de diciembre todo avanza pausadamente. Huele a ponche, siempre. A veces cargado de naranja, otras de guayaba. Mamá se encuentra en la cocina, partiendo trozos de fruta, agregándolos a la hoya con expresión satisfecha en el rostro. Pocas cosas le alegran tanto como tener algo caliente para beber en días invernales. Va de un sitio para otro con la taza humeante entre las manos, ofreciéndonos a todos una probada de su contenido, ¡se ve tan elegante!, incluso en pijama. Se siente tranquila y feliz, rodeada de ingredientes que se convertirán en una espléndida cena.

Somos de la misma estatura, diseñadas para moldearnos en un abrazo. Sus ojos, claros y curiosos, me descubren al observarla mientras cocina, una de esas cosas que a ella se le da de maravilla, lo que yo por seguro termino arruinando. Vuelve al platillo. Me olvido por un momento de sus cabellos castaños, de su cómoda esencia.

Un par de obsequios descansan bajo el árbol. No puedo evitar sonreír al estudiar las expresiones de mi hermana pequeña, lleva un buen rato contemplando los paquetes decorados, pesándolos y agitando ligeramente su contenido. La he convencido de que la caja mediana, que lleva mi nombre, es un gatito al que han reñido para que no emita el menor sonido. Me miró con tristeza, como lamentando que guarde esa ilusión y el contenido sean en realidad un par de suéteres o bufandas.

Nos parecemos, mucho. Como evidencia, diré que Pamy encontró hace poco mi álbum de recuerdos, lo inspeccionó en silencio, para terminar afirmando que la pequeña de las fotos era ella misma, que recordaba perfectamente cuándo las habían tomado y qué estaba pasando a su alrededor. Los mismos rizos, los ojos tristes, la piel tostada… alguien ajeno a la familia posiblemente le habría creído.

De no ser por ella, me habría olvidado de la ilusión infantil que provocan las sorpresas. De momento, se ha convertido en un bulto contemplativo rosa, envuelta en una manta de ese color junto al pino, tratando de ocultar el ansia, la impaciencia, las ganas de abrir cada obsequio.

Pausamos los villancicos, mis hermanos se hunden en los sillones del sofá, ensimismados en un videojuego que habían esperado a estrenar éstas vacaciones. Tienen discusiones ocasionales sobre a quién disparar primero, luego lanzan gritos guerreros y celebran sus pequeñas victorias. Están despeinados, despreocupados, alegres al tener un descanso de la escuela y pretexto para pasar el día calientitos en casa.

Les envidio un poco. Verdaderamente se desconectan del mundo, disfrutan del instante y se olvidan de cualquier responsabilidad que pudiera interrumpir su alegría.

El mayor, Luis, es idéntico a mi padre, incluso más alto, pero la piel es tan clara como la de mamá. Emilio, efectivamente, es un clon de ella, el único de nosotros que heredó los dispersos lunares. A ninguno de los dos parece entusiasmarle estar cubierto por aquellas manchitas, aunque siempre me han parecido simpáticas.

Papá regresará pronto de la oficina, haciendo algún comentario sobre el delicioso aroma del ponche, alegrando a mamá, acompañándonos en la sala. Estará junto a nosotros, y así, la familia completa, comenzará los preparativos navideños.

Literary_Pau

Mi canal de YouTube y página en Facebook se llaman Literary Compass. Soy BookTuber y promotora de lectura. Mi lema es: El mundo está hecho de historias.

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