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Este amor no se termina.

Estamos en la playa más hermosa del mundo. Sabemos que es así, porque está totalmente desierta. Solo deambulan dos jóvenes locos muy enamorados. Con exceso, le presumen su amor a la naturaleza mediante besos y abrazos. Lo hacen con tanta entrega, que provocan que se sienta celosa… ¡Celosa en extremo! Decide dar la orden al sol de abandonar el cielo de forma rápida. Sin embargo, los tortolitos, se encariñan aún más al contemplar la imagen del sol buscando refugio en las aguas del océano.

Esos enamorados incapaces de dar pausa a su amor somos tú y yo.

Nuestras bocas parecen no cansarse de estar fusionadas. Disfrutan del sabor, y calor que la otra le proporciona. Me siento embriagada de deseo, pasión y cariño. Siempre que estoy contigo experimento esa mágica sensación. Me separo de ti para tomar un poco de aire y decirte algo, pero tus labios aterrizan nuevamente en los míos. Te sigo el juego un momento, y vuelvo a parar. Me alejo un par de pasos sin dejar de mirarte. Observas mi rostro como intentando adivinar lo que quiero decirte, pero no lo logras. Entonces decides preguntar:

—¿Qué ocurre mi amor?

Una ola golpea con ternura desde nuestras cinturas hasta los pies.

—Hay algo que quiero decirte —levantas con tu mano suavemente mi mentón. Nuestros ojos se encuentran, pero no logran comunicarse. Frunces el ceño como señal de preocupación—. No es nada malo, amor —sonrío para que puedas sentir que es así.

—¿Entonces?

Me aproximo, y volvemos a estar tan cerca como hace unos segundos. Doy media vuelta y tomo tus brazos para envolverme en ellos. Estando abrazados de esa forma, empiezo a juguetear con tus dedos. Después, deslizo tus manos a lo largo de mi vientre. Tu respiración que se siente en la parte trasera de mi oreja ha cambiado. ¡Es muy rápida! Sospecho que ya sabes lo que tengo que decirte. Pero, quiero asegurarme de que no te queden dudas. Volteo, entrelazo tus manos con las mías y a unos escasos centímetros de tu boca digo:

—Estoy embarazada.

No dices ninguna palabra. A cambio de eso me besas como loco. Cuando nos separamos distingo que hay algo en tus ojos. ¡Son lágrimas!

—Si empiezas a llorar voy a creer que te he dado una mala noticia —digo sonriendo.

—¿Bromeas? En este mismo segundo, ¡no hay un hombre más feliz que yo! —No acabas de pronunciar bien la última palabra y ya estás abrazándome de nuevo. Yo sabía que la noticia te volvería loco, pero jamás imaginé a qué magnitud.

Luego de retirarnos del mar, volvemos al hotel. Esta noche hacemos el amor al ritmo de las olas. A veces con mucha ternura, en otras ocasiones con fuerza. Pero, en cada una de ellas gobernados por la pasión de 2 cuerpos que se rinden a las orillas del placer, y de 2 corazones que se encuentran anclados al más intenso sentimiento: El amor.

Van pasando los días, y los síntomas propios del primer trimestre de embarazo se hacen presentes. Vomito con demasiada frecuencia. Debo confesar que verte a mi lado en cada momento (por más asqueroso que sea) es realmente reconfortante.

El tiempo avanza, y nuestro pequeño Jonathan crece cada día dentro de mi vientre, del mismo modo que lo hace en tu corazón. Estamos a 6 meses de descubrir su rostro. Imagino que su piel de terciopelo acariciará nuestras vidas de una forma mágica. Que sus ojos nos devolverán la inocencia que hemos perdido con el paso de los años. Sé que he bromeado mucho con la idea de que me gustaría que se parezca a mí, pero lo cierto es que deseo profundamente que sea igual a ti. Creo, que de esa forma podré compartir contigo las 2 etapas del desarrollo de tu vida que no conocí: Tu niñez, y adolescencia. Si nuestro bebé adoptara tus formas físicas y valores, será como verte crecer a ti, sin que deje de ser él. Será como jugar contigo, aunque sea él quien patee el balón.

Cuidamos de cada detalle para que el embarazo se desarrolle en óptimas condiciones. Sin embargo, hay días en los que no me encuentro bien. Mi peor error es guardar silencio. Pienso que no debería ocasionarte preocupaciones. Infrinjo nuestro acuerdo, y visito al médico sin ti.  Le comento que desde mis 16 años he experimentado una ceguera episódica. Yo, la he denominado de esa forma, porque pierdo literalmente la visión por unos segundos. Le explico al médico que al inicio me ocurría una vez cada 6 meses, luego fue cada 4, luego cada 2, y así hasta que empezó a ser diaria. También, que algunas veces necesito sujetarme de las paredes, o cualquier cosa que no me permita perder el equilibrio del cuerpo. El doctor me deriva a un neurólogo. Me realizan tomografías, resonancias magnéticas y estudios en general.

Decido preparar una cena romántica para nosotros 2. Necesito que aprovechemos el tiempo que nos queda juntos. Mi intención no es decirte nada hasta antes que nazca nuestro bebé. Pero no puedo hacerlo. Estoy en la cocina sirviendo la comida, cuando pierdo la visión, y producto de eso el plato cae al piso rompiéndose en mil pedazos. Corres asustado. Me ves, pero, yo no. Me tomas de la mano y me preguntas qué me sucede. No respondo. Dices que me vas a llevar al hospital. Recupero la visión y te digo:

—¡No!

—¡Mi amor! —corres a abrazarme—. ¿Qué te pasó? ¡Creí que te ibas a desmayar! Vamos a ver al médico.

—No hace falta. Estoy bien mi amor.

—No voy a complacerte esta vez. Vi cómo estabas. ¡Casi te desmayas!

—Solo fue un mareo, no hay por qué preocuparse.

—¿Solo fue un mareo? —respondes alterado—. Por amor a Dios, Xiomira. ¡Mi hijo puede estar en peligro!

Trago saliva. Te observo por un instante. Agacho la cabeza para que no detectes que estoy a punto de llorar. Fracaso en la misión. Te acercas a mí y vuelves a preguntar:

—¿Qué pasa con nuestro hijo? ¿Se encuentra bien?

—Sí —respondo a secas—. Él está bien.

Suspiras aliviado.

—¿Entonces? —insistes—. ¿Qué ocurre?

Empiezo a llorar.

—Amor —dices mientras me abrazas—. No me asustes. Por favor confía en mí, y cuéntame lo que está sucediendo.

—Tengo cáncer en etapa terminal, voy a morir pronto. Tal vez en el parto, tal vez antes…

—¿Qué? —te quebrantas, y empiezas a llorar—. Eso no es posible. Tú siempre has sido una mujer sana… —te detienes al recordar algo. Me miras y agregas: —¿Tienes cáncer de ojo?

—No. No tengo cáncer al ojo. Tengo cáncer metastásico.

Tu mirada es un verdadero signo de interrogación. Respiro profundo y te explico:

—El cáncer de seno que no sabía que tenía, ha hecho metástasis. Una de las áreas a las que afectó es a mi cerebro, ocasionando daños en el nervio óptico. Por eso pierdo la visión por momentos. El doctor me explicó que humanamente no hay nada que se pueda hacer por mí. Pero por él sí —toco mi barriga que ya tiene prominencia—. Prométeme que lo vas a cuidar siempre. ¡Porque mi hijo vivirá! —me doblo sobre mis rodillas y emito un llanto tan desgarrador, que, si las paredes tuvieran oídos, se hubieran echado a llorar conmigo.

Durante toda mi corta vida, he visto películas de personas que no vencen al cáncer. Pero, que viven sus últimos días con felicidad. Lamentablemente, yo no puedo copiar esos modelos. Paso llorando la mayor parte del tiempo. Con el miedo a que mi hijo no pueda nacer. Con el dolor de tener dejar al amor de mi vida en contra de mi voluntad. Vivo casi sin vivir. Porque la mayor parte del tiempo, ya siento que estoy muerta.

Hoy cumplo mi séptimo mes de embarazo, y el doctor ha decidido internarme. Todo indica que la muerte ya salió a mi encuentro. En 2 días van a realizarme la cesárea, con la ayuda de Dios, mi hijo vivirá. Yo sé que no pasaré de esa cirugía. Me lo dice el corazón que bombea sangre a un ritmo paulatino.

Bajo las escaleras de mi casa depositando una lágrima en cada escalón. Realizo una última visita a cada rincón. Porque sé que no volveré.

Llego al hospital, tomada de la mano de mi esposo. Él conserva la esperanza de que salga de la misma forma. Antes de ingresar lo observo como no lo hice la primera vez, valorando cada detalle que hay en su rostro. Acariciando cada espacio, y amando cada cicatriz. Mientras hago todo eso por última vez. El hombre de mi vida se derrumba un poco. Aprieta sus labios y me abraza con fuerza. Me aparto, y lo beso con desesperación. El doctor nos interrumpe e informa que debo ingresar. Le doy un tierno beso de despedida y susurro en su oído: —Te amo.

Ingreso a la sala, y antes que me coloquen todos esos aparatos solicito un tiempo, una pluma y una hoja de papel. Cuando me entregan lo que he pedido, empiezo:

¿Por qué te dije que no la primera que vez que me pediste ser tu novia? Ya sé… ¡Porque era muy tonta! Siempre me dijiste que un día me iba arrepentir de haberte rechazado tanto. Y, ese día llegó…Lamento tanto no haberte amado más. Perdóname por eso.

Espero que en estos años juntos (que son muy pocos) hayas sido feliz. Yo lo fui como nunca. Y, de una forma u otra siempre lo seré…Mi amor, sé que teníamos otros planes (como envejecer juntos) pero Dios tiene otros. No los entiendo, pero los acepto, y hasta le agradezco porque me permitió tener un hijo. Un hijo contigo…Con el hombre con el que conocí el amor en su máxima expresión. ¿Recuerdas cuando me dijiste por primera vez que me amabas? Ese es uno de los recuerdos que ni la misma muerte podrá arrebatarme.

Mi amor, te amo, y con esa misma fuerza amo nuestro hijo. Ahora más que nunca deseo que se parezca a ti para que pueda ser un hombre de carne y huesos, pero diferente.

A donde sea que vaya prometo amarte, y en donde quieras que estés sé feliz.

Te amo, amor de mi eternidad.

Acerca del autor: Xiomira Freire

Soy cada una de las letras que te escribo.

Xio

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Comentarios

Romina Bayo Xiomira: hay un problema en la redacción y es que confundes la voz narrativa, de primera y segunda. Debes decidir que narrador utilizarás.
Hace 3 meses
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