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En el frío recuerdo

Me duele todo el cuerpo y estoy totalmente cansada. Estoy escribiendo justo antes del momento en que la noche se vuelva día. No, no tengo ningún motivo romántico, solo es que no he tenido otro espacio.

Sin embargo la calma de la noche siempre me produce placer. Me gusta cuando el silencio deja de intrigarme y da paso al vuelo de mis pensamientos.

Estoy recordando amor, volviendo a esos momentos importantes, que al final son los únicos que quedan. Pero no sé por qué hoy, se me ha dado por enfocarme en los tristes. No suelo hablar de esto, pero ahora es mejor que sí lo haga, porque sino la tensión no me dejará dormir el poco tiempo que me queda.

 

Tuve una infancia bonita y fácil. Quizá demasiado fácil. Viví en una burbuja más de una década: entre juegos, inocencia y comodidad. Yo no lo pedí, si ahora pudiera haber elegido claro que sería no, porque al final solo lo hizo más doloroso. El cambio no fue lento ni agradable: un día solo fue diferente. Pero debo darte algunos detalles sin rodear más.

Crecí muy sola. Mis papás trabajaban todo el día (papá incluso las noches y fines de semana). Gocé de absoluta libertad y también de un poco de abandono. Pero había una persona importante en todo esto, para mi hermano y para mí, alguien que nunca permitiría que nos perdiéramos y que nos quería con todo lo que podía entregar: mi abuelo.

Mi abuelo por amor y no por sangre. El que no podía dormir si uno estaba despierto con las tareas, el que conseguía los materiales para el colegio, el que contaba historias largas, el que incluso nos preparaba el desayuno algunas mañanas…

Como te dije el cambio fue abrupto. Mi abuelo enfermó un domingo, lo internaron un lunes y el miércoles se había ido. Nada me preparó para ese momento. Solo una llamada nos alertó que, de camino al hospital de Lambayeque, el corazón de mi abuelito falló y no resistió más.

Aunque nunca habría estado lista para algo así, imposible. A partir de entonces todo cambió para mal. Mi hermano se fue a estudiar lejos, mis papás seguían ausentes y yo estaba mucho más sola. Entonces sucedió lo lógico: comencé a buscar cariño y me equivoqué.

Dos cosas sucedieron en paralelo: entré en una relación tormentosa y mi familia comenzó a desbaratarse.

En esta relación desarrollé una dependencia extraña. Él me engañó, por lo menos unas tres veces. Discutíamos muchísimo. Cuando intenté alguna vez terminar con todo eso, comenzó a chantajearme. Tuve mi primera vez con él y resultó casi traumática, y aun así seguí haciéndolo, tratando de encontrar refugio en lo que me pudiera dar. Enfermé, adelgacé. En un momento creí estar embarazada y estuve a punto de tomar una decisión fatal. Lloraba todos los días. Mis ruegos desesperados a un Ser Superior en el que, siendo sincera aún no podía creer, dieron resultado. Los síntomas solo eran producto de tensiones acumuladas.

Por otro lado, en el mismo lapso de tiempo, se arruinó lo que hasta ese momento era mi hogar ideal. A ojos de todos, yo tenía una familia ejemplar (para el modelo en provincia): papás profesionales, e hijos buenos e inteligentes. Pero no era así, nadie sabía que no era así. No me di cuenta en qué momento cambió (en mi mente todo se detonó después de nuestra pérdida), pero al interior, se sacudió todo. Mamá había estado un poco más atenta ahora que no tenía ayuda, pero papá estaba cada vez más lejos. Comenzaron a tratarse mal, cada vez peor, a maltratarse con palabras. Yo no podía enterarme de qué pasaba, no me lo permitían, pero si sufría las consecuencias.

Hasta que un día los oí discutir y gritarse aún más, mi mamá le estaba reclamando a mi papá algo sobre por qué no se había cuidado. ¡Mi papá! La figura de fuerza, protección y trabajo, de pronto manchada por una… ¿infidelidad? No podía creerlo.

Por algún motivo que desconozco no se separaron. ¡Fue peor! Sus agresiones no tenían límite, se quedaron juntos para hacerse pagar el daño causado. Fue una época demasiado difícil. Pasaba las noches llorando, así que llevaba ojos hinchados al colegio. Me sentaba en la carpeta a seguir pensando, con la mirada perdida entre las clases. Perdí los pocos amigos que entonces tenía. Me aferraba a esa relación dañina porque era el único apoyo que creía tener.

Sin embargo, esta historia no llegaría a tener un final fatal. De alguna forma, conseguimos salir adelante. Fuimos rearmando los pedacitos de nuestra familia, lenta y dolorosamente. En el fondo, nos amábamos más allá de los problemas.

Llegó el momento de partir y seguir a mi hermano aquí a la capital, y aunque fue muy difícil el desprendimiento, fue mejor para todos. Comencé a valorar mucho más a esos padres que, con sus errores y todo, realmente me querían muchísimo y sólo querían lo mejor para mí. Ellos se quedaron solos, se mudaron a un lugar más pequeño y ahora compartían otro lazo: la nostalgia por dos hijos que extrañaban…

Esos recuerdos son lejanos ahora, aunque todavía duelen un poco cuando lo pienso. Sí, la vida a veces puede ponerse muy cruel, y lo hace sin avisarte. Pero no es así todo el tiempo, tiene momentos tan hermosos, que reemplazan cualquier dolor en el mundo. Esto me pasó a mí, y fue horrible e insoportable, pero hay otras cosas horribles e insoportables para otras personas. No es mala la vida. Es para luchar, sufrir y ganar; entonces se vuelve la vista atrás, y se hace una vez más, como yo ahora.

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