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«EL YATE, MI PEOR PESADILLA»

 

Padre nuestro que estás en el cielo,  ¿por qué no bajas a dar un paseo?

Estoy muy asustada, hace mucho frío, no he comido nada, tengo mucho miedo. No sé por qué está sucediendo todo esto. Sé cómo se cierran los ojos para no ver, la boca para no hablar, pero, ¿cómo cierro los oídos? Solo escucho que todos rezan, unas mujeres lloran porque dicen que nos  vamos a morir. Que este yate se va a hundir. La manifestación más pura del miedo, la angustia y desesperación; está ante mis ojos. Todo lo que parecía un sueño a punto de realizarse, se acaba de tornar en la peor de las pesadillas, pero esta vez no estoy soñando, es la realidad.

Hace unas horas subimos a este yate con el sueño de llegar a California. Todo se oía muy prometedor, era un viaje de solo ocho horas. Todos subimos muy alegres, María y yo nos abrazábamos al saber que saldríamos esa madrugada, ¡por fin!, después de más de un mes esperando, ayer estábamos celebrando. Aunque al principio el hecho que se les haya olvidado los víveres no tenía importancia, ahora es el peor de los errores cometidos. Ya era un indicio que las cosas no marcharían bien.

Quería  reprocharme el haberme subido a ese bote. Corría el día dieciséis  del mes de octubre de 2012. Me encontraba en la crisis de la desesperación por reunirme con mis hijos en E.E.U.U., a quienes tenía siete meses de no ver. Ya había hecho varios intentos, fallidos todos. Este sería el más riesgoso, pero, según los traficantes de personas el más seguro. Debía de serlo, el precio estaba por los cielos, pero a esas alturas, el dinero es lo que menos importaba. Por ello, no me reproché nada. Porque sabía que había hecho lo que tenía que hacer, tomar el riesgo.

Estoy boca abajo, con las manos hechas puño estrujándolas en mi estómago. Tengo muchas nauseas, solo he bebido menos de medio litro de agua. Necesito ir al baño, pero no me puedo mover, tengo el cuerpo entumido. No sé qué hacer, llevo más de diez horas rezando, y solo quiero dormir para no saber más que está pasando. Estamos perdidos en medio del mar. La marea amenaza con voltear este botecito en cualquier momento. Ni siquiera se puede ver nada, más que neblina. La única esperanza  es que suceda un milagro.

Parece que nada puede ser peor, pero de repente el motor empieza a sacar humo. El pánico se apodera de todos. Salgo a la cubierta como queriendo despertar de este momento, pero lo que veo, es agua, hasta el infinito. La marea se mueve como amenazando con cubrirnos en cualquier momento. El yate parece un barquito de papel, jugando a salvarse. Los radios que tienen los supuestos choferes, no tienen señal. Nunca en mi vida he sentido tanto miedo. Regreso al camarote, hay un par de parejas que se abrazan dándose  esperanza, inmediatamente abrazo a María.

Todos se están dando por vencidos. El barquito está a la deriva y nosotros en él. Todos estamos muy cansados. Intento dormir, pero María llora inconsolablemente. Saco una biblia que comienzo a leer: “Clama a mí y yo te responderé y te mostrare cosas grandes ocultas que tu no conoces” –Jeremías 33:3. Lo leo y oro, pidiendo porque me muestre su gran poder. Le suplico que escuche mi corazón, que me dé la oportunidad de hacer nuevas todas las cosas y termino vencida por el sueño.

Está amaneciendo del segundo día, unos silbidos muy fuertes me despiertan. Salgo nuevamente a la cubierta para averiguar que está sucediendo. ¡Dios Santo! Ballenas, son muchas. Expulsan el vapor del agua por su espiráculo, estaban a solo metros de distancia del yate. Les puedo ver los ojos, y algo como enormes granos alrededor de ellos. No puedo creerlo. Son enormes, y estaban justo ahí, por todos lados.

Levanto la mirada y entre la neblina a lo lejos, se ven unos barcos enormes, gigantes que no puedo verles el final, parecen ciudades flotantes. Están cargados de unas cajas que parecen vagones de tren, que ahí, lucen como piezas de lego. Se ven tan pequeñas en esas magnificas embarcaciones,  que parece todo tan irreal. Pero el frío, que congela mis mejillas, me dice que no estoy soñando. Que todo es literalmente una fría realidad.

Entro al camarote, porque me estoy mareando más, me dan nauseas. Pienso en mis hijos, recuerdo todo el tiempo que he desperdiciado en mi vida. Las veces que he sido cobarde, y de eso sí me arrepiento. De haber permitido que algunos prejuicios me hayan robado mis sueños, mi voluntad y mi libertad. Se me ruedan un par de lágrimas, le pido perdón a Dios por no haberlo honrado con mi existencia. Le pido una oportunidad más y de repente me siento en paz, por única vez en mi vida, experimento un estado de libertad. Eso es algo difícil de explicar. Ya no hay miedo, ni tiempo, ni espacio, ni cuerpo, no hay nada, solo paz.

De repente, repito Jeremías 33:3, y un ruido de motor me regresa al momento. ¡Milagro! ¡El motor ha funcionado de nuevo!, sonrío y abrazo a María, le digo que todo estará bien. Me pregunta cómo puedo estar tan tranquila, y le digo en tono de broma que hice un trato con El. Le leo Josué 1:9 “…a donde quiera que vayas yo iré”, ella me devuelve la sonrisa.

En pocas horas, no me pregunten cómo, porque no sé, ya estamos llegando a “New Port”, CA. Todos estamos riéndonos de lo que había sucedido. Nos dicen que nos preparemos para bajar uno por uno para pasar desapercibidos, faltan pocos metros para llegar al muelle. No obstante, el motor se vuelve a calentar y saca humo, en dos minutos la guardia costera está a nuestros costados. En diez minutos, sobre nosotros vuelan helicópteros del I.C.E., nos apuntan con sus armas, pero no importa, seguimos riendo porque ¡estamos vivos!

 

 

 

 

 

 

mary.albino03@gmail.com

Nací en Puerto Escondido, Oaxaca. Vivo en Salt Lake City, Ut.

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