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El viejo columpio

Me encuentro sentada en la vieja silla de escritorio, la cual rechina con el más mínimo movimiento que haga. Tengo en mis manos una hoja de papel blanca y una pluma negra. En frente de mí, esta la ventana que deja ver el jardín de la casa y el viejo columpio que se mueve ligeramente con la suave brisa, la cual también agita las ramas de los arboles limoneros. Y esto último llama mi atención, por lo que dejo que mi mente se quede ahí por un momento. Observo las hojas caer y a las ramas bailar al ritmo del viento. Mientras recuerdo las horas que pasábamos meciéndonos en ese columpio, los mágicos momentos que compartimos entre nosotros, siendo ese jardín nuestro único testigo.

Ya nada es igual, ni siquiera nuestro jardín. Los grandes y frondosos árboles que impedían a los rayos del sol entrar, logrando que fuera oscuro y húmedo, ya no están más, los han cortado. Al parecer eran demasiado viejos. Deberías haber visto la rabieta que hice cuando llegue ese día a la casa y me encontré con todos ellos tirados en el piso y cortados en pedacitos. Nuestro árbol favorito, aquel en el que nos sentamos a su sombra tantos días, y nos recostamos mientras nos besábamos. Ese viejo árbol al que trepamos más de una vez y dejamos que sus fuertes ramas nos sostuvieran y nos abrazaran. Se ha ido a también. Recuerdo haber gritado tanto cuando lo vi ahí. Empecé a llorar por él y luego por ti y ya no pude detenerme.

Todo ha cambiado tanto desde que te fuiste, el tiempo ha pasado tan rápido, como si estuviera burlándose de nosotros, mientras nos quedamos atrás viendo los momentos que nunca podremos llegar a tener.

No importa cuántas personas estén a mí alrededor. No importa lo mucho que ellos digan que me aman y que me apoyaran siempre. Y tampoco importa lo mucho que les agradezca por eso. Yo no logro sentirme diferente. A tu lado nunca me sentí sola y desamparada, sin embargo, ahora me es imposible no sentirme así. Nadie sabe ni entiende. Veo como las miradas críticas se posan en mí, y sé lo que piensan, que debería seguir adelante con mi vida. Pero no sé cómo se supone que siga sin ti.

Miro alrededor de la iluminada habitación, desde el escritorio en donde me encuentro, todo parece verse más grande. Quizá sea por los pocos muebles que hay en ella. Desde aquí puedes ver que nada ha ido bien, mi habitación es un reflejo de mi alma ahora. La cama aún sigue sin tender, hay un puño de ropa sucia tirado a un lado de la cama y zapatos esparcidos por todo el lugar. Cerca de la cama, en la mesita de noche, la lámpara sigue encendida, sin importar la gran cantidad de luz natural que entra desde la ventana. En el escritorio, una hormiga sale del vaso que en algún momento estuvo lleno de jugo de naranja y que ahora solo queda una leve costra en el fondo. En una de las paredes hay un mueble alto de madera, lleno por completo de libros, los cuales están ordenados por el color de portada. Aún recuerdo el día en que los ordenaste de esa forma, tardaste al menos una hora y me hiciste jurar que no los desordenaría. Al menos es lo único que está en orden aquí. Y es que desde que te fuiste, nada parece estar bajo control. Siento que estoy atascada en un hueco y cada vez es más difícil respirar. Estoy harta de todo ya. De esta habitación, del jardín con los pocos árboles que quedan, de ese estúpido columpio que rechina con cada ráfaga de viento, de este verano que parece burlarse de mí. Debería estar lloviendo, con truenos y neblina. El clima debería apiadarse de mí y hacerle justicia a mi sufrimiento.

Paso mucho tiempo imaginándote, aquí conmigo. Fingiendo que nada ha pasado. A veces siento que te escucho y lo peor de todo, es que realizo conversaciones contigo, las cuales también respondo en tu lugar. Sé que es preocupante, pero es que me siento tan sola estando sin ti. Quisiera devolver el tiempo y cambiar tantas cosas. Al menos desearía haberte dicho y abrazado tanto ese día. Debí aferrarme a ti y no dejar que subieras en ese último vagón, con destino al más allá.

Los recuerdos vienen a mi mente y me es imposible detener las lágrimas que pronto se convierten en un llanto incontrolable que sale de lo más profundo de mi alma. Me resbalo de la silla, caigo al piso y me aferro a él. Descargo toda la furia que siento contra el duro suelo hasta que mis puños empiezan a sangrar. Es tan difícil razonar en estos momentos, no me importa quien este escuchándome, solo quiero quedarme en el frío piso de mi habitación, con las piernas encogidas sobre mi pecho y llorar. Es tanto el dolor que siento en este momento, me siento tan rota, tan destrozada. Y no importa cuánto tiempo ya haya pasado desde el último día que nos vimos, porque se siente como si hubiera sido ayer. El dolor no se va, y no sé si algún día se vaya. Daría tanto por verte de nuevo, darte un abrazo e ignorar para siempre que el tiempo pasa, solo quedarme ahí, en tus brazos, para siempre.

Mi amor, te seguiré extrañando por el resto de mi vida y nunca te olvidaré. Eres y siempre serás, el gran amor de mi vida, y si hay otra vida después de esta, te encontraré y te amaré también.

 

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