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El valor del dinero

Recuerdo cuando solía laborar en la empresa de mi ex cuñado. En una pequeña oficina en Barrio Aranjuez se encuentra Grupo Cinética; el lugar en el que ejercí como community manager realizando gestión de contenidos y de web. En ese empleo tuve la oportunidad de compartir con algunas de las personas a quienes más cariño les he guardado en mi vida. Sin embargo, el destino me llevaría por otros rumbos. Quería estudiar una carrera en la UCR, así que tenía dos opciones: continuar haciendo publicaciones de Facebook para diversas empresas y matricular algunos cursos (la cual era la forma más lenta de conseguir mi diploma) o renunciar para poder optar por una beca completa, y así poder estudiar ocho horas diarias y terminar mi carrera en cuatro años. Tras deliberar unos días, presenté mi renuncia.

Lamentablemente, mi decisión me llevó a enfrentar problemas económicos. Cuando ingresé a la universidad, mis gastos aumentaron y mis ingresos disminuyeron. Maldije un par de veces al creer que me había equivocado. ¡Demonios! Solía ganar cerca de 250.000 colones mensuales cuando trabajaba en Cinética, además vivía en casa de mi hermana y su ex marido. Les reconocía 60.000 colones, para ayudarles un poco con los gastos, como debería hacer cualquier hijo con sus padres. Aparte de eso, consumía cerca 45.000 colones en pasajes de tren y autobús para asistir a mi empleo. Mi beca, en cambio, consistía de un monto máximo de 130.000 al mes, sin embargo los depósitos eran irregulares y en ocasiones, incluso inferiores a los 105.000. De ese dinero debía destinar 70.000 para el alquiler y al menos 40.000 para la comida ( eso cuando alcanzaba para comer bien). Ocasionalmente requería de algún material para la universidad y mi billetera se vaciaba más rápidamente.

Tras haber sido un asalariado choqué de frente ante la vida de un becario, tuve que cambiar mis hábitos y por supuesto no fue fácil. Pasé de comer mis sándwiches de Subway a engullir solo salchichas y otros embutidos, arriesgándome a morir de cáncer. Renuncié a algunos pasatiempos como el gimnasio y mis frecuentes visitas a Cinépolis, también tuve que acostumbrarme a pagar más facturas de lo habitual. Para el periodo de vacaciones de medio año no tenía ni idea que no depositarían la beca y que encima no entraría el monto de reubicación. La Oficina de Becas y Atención Socioeconómica de la universidad, asume que uno puede regresar con su familia sin pagar al casero por el intervalo vacacional; pero no era mi caso, debía desembolsar mi renta, comprar mi comida y no tenía con qué hacerlo. Conseguir un empleo temporal por unas semanas era imposible. Tenía dos grandes necesidades y una de esas involucraba mi alimentación (con eso no se juega) así que me vi obligado a pedir prestado a mi primo y a mi hermana.

Tras regresar a clases, traté de acomodarme con los pagos. Fueron días muy estresantes, odio deber dinero. Poco a poco la deuda se reducía; sin embargo, mi alacena sufría las consecuencias de mis actos. Tenía hambre porque prefería pagar que comer, ya el alimento no representaba una prioridad. Para fin de año, y sin haber terminado de pagar los préstamos, me enteré que depositaban la beca por última vez en noviembre, sin tomar en cuenta que seguiría teniendo clases hasta mediados de diciembre. Menos dinero ingresaba en mi cuenta y eran más el adeudo y las facturas por pagar. Cada se me dificultaba más conciliar el sueño, pensaba en lo que tendría que hacer para acabar con todo, calculaba la posibilidad de más opciones, pero se desvanecían en el aire luego de analizarlas. Mi estómago recibía una comida al día y mi cabeza quería estallar por falta de descanso.

Cuando se acercaba la navidad había llegado a un punto en el que tenía que decidir entre pedir una prórroga a mis prestamistas, o pagarles e irme a vivir con mi madre por unas semanas. De vuelta al infierno. Preferí deshacer las deudas de una vez. Empaqué mis cosas y me fui de regreso a Los Guido. Al estar en casa de mamá tuve algo de dinero para ayudarla con los gastos y guardé lo que pude para el regreso a clases.

Luego de pasar por esta situación, reflexioné un poco durante las noches frescas de mi distrito, y me di cuenta de lo difícil que es estudiar una carrera cuando tus padres no pagan por ella, o al menos cuando ya no cuentas con su apoyo. Ya sea que trabajas y pagas unas cuantas materias para terminar tu carrera el próximo siglo, o que vives de una beca para poder estudiar a tiempo completo y terminar tu bachillerato en cuatro años, es un reto constante. No es solo la parte académica, sino también todos esos aspectos económicos que muchas personas ignoran. Nos llaman vagos por salir a las calles y defender  nuestra beca, pero solo hablan porque no tienen ni idea de lo difícil que es tener acceso a la educación superior para personas sin recursos como yo.

Si no hubiera sido por ese episodio de necesidad, quizá no sería la persona que hoy ahorra, hace horas estudiante y no piensa mucho cuando le piden prestado. Estuve allí y sé lo que es tener que pasar por la pena de pedir, no soy tonto, siempre pienso primero en las implicaciones. Sin embargo, cuando el dinero va a estar guardado en un cajón, prefiero guardarlo en las manos de alguien que lo necesita en ese momento. Hoy falta solo un año para terminar mi carrera y no me arrepiento porque en algún momento, ser UCR y profesor de inglés, fue mi sueño.

 

Acerca del autor: Eduardo Blandón Muñoz

Dormir es placentero, pero tener sueños y despertar para hacerlos realidad, no tiene comparación.

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