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Él, sólo era la gota

Luego de un fin de semana aterrador en el cual lloré incansablemente llegó la hora de marcar la rutinaria entrada laboral de oficina. Mi rostro enjutado tenía clara señal de un gran sufrimiento en mi alma consumiéndome por debajo de la capa de maquillaje. Todo parecía alucinaciones, sólo las imágenes era tan reales como una película en vivo accionado en repetición automática. A los veinte años disminuyen las probabilidades de morir si llevas una vida ordenada, sin embargo, rogaba por una muerte repentina. Asediada por mi locura, cercana a decidirlo, el suicidio no solucionaría este gran dolor sino que me lo llevaría al más allá y ya era bastante lo que estaba sintiendo como para arrastrarlo a la eternidad.

Fue por él. Me enamoré perdidamente de este hombre de baja estatura y facciones cuadrangulares, blanco, ojos negros, cabello tupido y cejas pobladas. No fue amor a primera vista, tuvo su proceso pero quemamos etapas por mi fuerte necesidad de saciar mi vacío.

Ambos estudiábamos en la misma universidad y teníamos gustos en común. Le entregué lo mejor, mi primera vez. Tuve esperanzas, fe y ganas de amar; no obstante, las improntas de una familia disfuncional crearon una muralla infranqueable al que este pequeño amor no pudo elevarse para obtener su “felices por siempre”.

Él llenó todos los vacíos y por un momento creí que yo podría armar la familia –truncada- que me merecía. Él, me hizo soñar que eso era posible pero no sé qué ocurrió… Le rogué que no me dejara, le supliqué que se quedara a mi lado pero era demasiado tarde. La herida de la humillación y la consumación de los hechos habían apagado la llama de la pasión en tan corto tiempo.

Aquella noche sus palabras fueron tan afiladas como un puñal, arrojó y pisoteó la poca autoestima que me quedaba.

No hubo de dónde agarrarme y sentí que la tierra se abría en dos mientras todos los demonios de mi infancia subían ante la oscura noche iluminado por la luz de una lámpara desgastada del portal de mi casa. Su rostro desdibujado, sin piedad alguna, pronunciaba simples frases como “Ya no te amo” “No eres la mujer de mi vida” “Entiende que ya no siento nada por ti” “NOO te amo!” Lo miré fijamente sin encontrar nada bello, tan sólo el abismo y me jaló con una corriente estallante en mi cabeza y me detuvo en el tiempo, perdiéndome dentro de un reloj de arena que algún Ser Superior permitiera que otro jugara volteándolo para verme caer una y otra vez en sus arenas movedizas.

Haberme unido a él y ese final enterró viva a la niña que se quedó totalmente sola en la casa a la que sus padres ya no volverían. Lloré días escondida por los rincones y noches como alma en pena, fue algo como transitar por el valle de la muerte, la desee tanto como el único remedio para salir de mi dolor. Ese dolor que tenía otra razón, una herida mucho más profunda…

Se apareció en su carro rojo a las 6:45am en la esquina. Tocó el claxon y salí para que nos llevara al colegio como solía hacer luego de pasar un fin de semana fuera de casa. Ya había sido descubierto en infidelidades pero no se había atrevido a pasar más de cuatro días fuera del lecho conyugal.

Yo esperaba que el ciclo se completara. Una pelea violenta un viernes para salir de casa vociferando insultos y regresaba arrepentido un domingo o lunes. En el camino se justificaba, contaba la mentira previamente armada, escueta y fácil de detectar pero ninguna de las tres nos atrevíamos siquiera a murmurar insinuaciones, sólo mi madre le reclamaba y cada quien buscaba escapes con estilos propios. Creerle no era estar falto de inteligencia, eran pequeñas dosis de su presencia que bastaban para inyectar a la vena ganas de seguir adelante. Sus migajas de amor eran mi dopamina. Entiendo el enorme agujero negro de mi madre y su dependencia obsesiva. Ya no la juzgo.

Mujeriego y alcohólico, irresponsable e inseguro, le dio muy mala vida a mi madre pese a haber prometido serle fiel y cuidarla en el altar de Dios.

Que fácil que es quebrantar las promesas!…

Esa mañana destapó el velo y conmigo dejó un recado “Dile a tu madre que a partir de hoy ya no vendré a recogerlas. Vean cómo se irán a la escuela” A su pequeña hija que lo amaba, esperando que el superhéroe enigmático de su fuero interior le hiciera recapacitar, pedir perdón y restituir el daño hecho, ¿cómo pudo decirle eso?… No cabe en mi pequeñez como pudo abandonar a sus cuatro mujeres, eran suyas y se las dejó a los buitres. Esa herida quedó sangrando desde los doce años…

A mis veinte y dos, luego de haber visto partir de casa padre, hermanas, madre; lo que sucedió con ese hombre sólo fue la gota que rompió la piedra agrietada.

El desierto atravesado en soledad y desamor hizo de mí una mujer “feminista”. Además, descuidé el trabajo, fracasé en mis estudios y me encerré a esperar, literalmente, que llegara la muerte.

Doce años más y la herida ya no tiene el rostro de aquel hombre. Hubiera querido que cual ladrón arrepentido repare el robo indiscriminado y devolviera una ínfima parte de lo que ese llevó pero, no puede. No se perdona a sí mismo haber dejado ir a la mujer que más amó en su vida, que también tenía una gran necesidad de amar y que no podía dar más; ambos, a golpes somos sobrevivientes del fracaso generacional.

Inmersa en depresiones, encontré un salvavidas. Un buen hombre, lejos de creer que puede llegar a ser su mejor versión del gran amor de mi vida, Dios quiso que con él forme una familia.

Afortunadamente, llegó una niña y ocho años después, dos más. Me han llenado de todo ese amor y ternura inconmensurable como sólo ellos saben amar. Estoy en continuo aprendizaje…

Acerca del autor: Sara Murillo

Seria, formal pero muy soñadora. Introspectiva con momentos sociables. Me gusta el café, el milkshake y disfrutar con mi familia.

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SARA INES MURILLO BALLADARES

Seria, formal pero muy soñadora. Introspectiva con momentos sociables. Me gusta el café, el milkshake y disfrutar con mi familia.

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