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El libro de Papá.

Alguien llamó a la puerta.

No podía creerlo. Era papá. Cuando entró traía un «artefacto»(eso creí) empapelado entre sus manos en papel regalo.

—Mira, hijo. ¡Te he comprado un libro!—Lo abrió.

Mi boca cayó desencajada. Él lo notó.

—¿Qué ocurre?— Pregunta— ¿ No te gusta?

La compongo. —No papá. Si me gusta.

—Tal vez debí comprarte figuras de acción.

—No papá. Así esta bien—repetí—me gustan los libros. De hecho ésta semana he estado sumergido en ellos.

De pronto pregunté.

No podía quedarme con la interrogante.

— Papá, ¿por que no me compraste la bicicleta que te pedí?

Pensó un momento. Luego articuló.

—Se me ocurrió que como ya tienes quince años, quizá preferirías un libro a un muñeco o una bicicleta. Ademas…

No podía rebatir. Era verdad, ya no tenia ocho años.

—Si papá— interrumpí—ya entiendo…Leeré el libro. Después de cuentas es el primero que me obsequias. Así que adquirirá un valor especial para mi.

No le resultó convincente. Por lo que atinó a decir:

—Mmmh… De acuerdo.

El resto de la noche transcurrió como de costumbre. Un árbol de navidad. mamá y mis hermanos en los supermercados sofocando las cuentas. Papá y yo en casa, como dos centinelas que cuidan la torre de la «princesa»(Mamá era especial). Teníamos mucho en común. A ambos nos era complicado demostrar la emoción, como si tuviéremos la alegría muerta. Motivo por el que nuestras conversaciones resultaban taciturnas. Incluso recaíamos en gustos literarios. Eramos como dos abejas de un mismo panal.

Esta navidad eh comprendido que papá y yo no somos tan distintos como creía. Parece increíble. En el poema “triste tristitia” de Abraham Valdelomar. En algunos versos coincidimos. “En la mañana azul, al despertar, sentía/el canto de las olas como una melodía/y luego el soplo denso, perfumado, del mar,/y lo que él me dijera, aún en mi alma persiste;/mi padre era callado y mi madre era triste/y la alegría nadie me la supo enseñar.

Amo a mi familia. Sobre todo a papá.

 

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