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EL FANTASMA DEL SAN CARLOS

El Profesor Kendoqui

EL FANTASMA DEL SAN CARLOS

LEMUEL – 2018

 

 

Era el fantasma de un olvidado y solitario alquimista que en vida se apartó en medio de su soledad a experimentar las fórmulas y verigüetos mágicos no solo tratando de conseguir la ansiada receta para crear y fundir oro en cantidades fantásticas, sino también para curar todo tipo de enfermedades, hechizos, brujerías y males de los habitantes del sur en la fría Bogotá de inicios de los 60, cuando las medias nueves aún se servían a las cinco de la tarde y en las casas se sentaban las familias alrededor de la mesa del comedor soplando y sorbiendo un agua de panela o el chocolate acompañado por un trozo de pan y si se contaba con suerte, saboreando un buen pedazo dilatado y fundido de queso campesino.

 

Nunca supo cuándo, porqué, cómo ni a qué hora murió, solamente tenía un último y vago recuerdo de estar como lo hacía todos los santos días, inmerso en la experimentación y preparación de sus pócimas secretas en su pequeño y aislado apartamento marcado con el número 003 del último rincón de un húmedo sótano y mal llamado “cuarto de las cucarachas” donde pudo acondicionarse instalando su laboratorio personal al lado de una cama y un armario y que había logrado alquilar a muy bajo costo hacía casi diez años en una antigua casona de más de cincuenta años de construida con veinte habitaciones compartidas en sus tres pisos por un dinámico y bullicioso inquilinato donde se movían como hormigas más de diez familias de los estratos uno y dos. La primera planta también estaba ocupada por una industria donde fabricaban todo tipo de pólvora, allá, en la parte alta del cerro del barrio Las Lomas. Esa mañana, recuerda muy bien lo soleada que era y se levantó con una importante premonición de que algo totalmente nuevo e impensado iba a suceder cambiándole la vida por completo. Por esta razón se despojó de la barba de ocho días dejándose solamente unas largas patillas acompañadas por un bigote tal y como lo había visto en una revista de guerra a un famoso líder alemán que no se acordaba muy bien del nombre, se cepilló los dientes, se puso el único traje negro que utilizaba para ocasiones especiales y se lustró los zapatos con una pisca de petróleo crudo. “Muy buenos días… Profesor Kendoqui”, le saludaban los vecinos respetuosamente y con cierto recelo, cuando le veían bajar por la loma luego de que su fama se regara como espuma después de que al peluquero del barrio que parecía un completo acordeón vallenato y según contaba el mismo barbero tiempo después, “le enviara todas sus arrugas pal chorizo”, con un antiguo preparativo que el profesor había aprendido a elaborar cuando pequeño de los sucios gitanos que dormían dentro de una carpa en el patio trasero del lote donde vivía con su madre; era de lo más sencillo que para la fecha elaboraba, pues tenía como base principal los huevos de una codorniz joven revuelto con la crin de un mulo en celo; pero ese día, ese preciso día se acuerda muy bien que se había colocado para salir su elegante sombrero pelo de guama negro que le hacía lucir más joven.

Con una pequeña inclinación de cabeza respondía a los no pocos saludos del vecindario que le temía sobremanera de por ningún motivo hacerlo contrariar o hacerle dar una rabieta inesperada e incontrolable que le hiciera desaparecer el barrio entero en un segundo, con el solo tristiar de sus dedos y sin embargo, se quedaban cuchicheando entre sí del extraño ser que no salía sino dos veces al mes y por esa razón no le veían a menudo por sus calles, muchos aseguraban que debido a no recibir habitualmente el rayo de sol, se debía el extraño color de su piel blancuzca y cobriza como la de…un fantasma. Pero también y para su bien susurraban que la sabiduría con que contaba era más que milenaria y ni más ni menos la había sustraído directamente del espíritu y la sapiencia del mismísimo Rey Salomón y la de Arquímedes juntos ya que la cantidad de personas que los fines de semana concurrían a que les destaparan las vísceras y les destrancaran la mala suerte, eran numerosas.

Muchos iban para que sus seres queridos volvieran y otros para que ya no volvieran nunca más; otros, para que no les saliera más el bigote… a sus mujeres y muchas mujeres para saber si el ser amado las quería…con el tiempo y para tratar de aumentar sus ingresos vendía a muy alto costo los velones de colores para atraer las energías limpias del cosmos, el agua bendita traída directamente de Israel para espantar los espíritus chocarreros y perfumes consagrados con una lágrima vertida de la diosa Juno para atraer al ser amado, también leía la mano, decía comunicarse directamente con las almas de los difuntos ya sea en los cielos o en los profundos infiernos y en el escupir, descubría cuantos hechizos activos tenía la persona.

Únicamente en dos ocasiones al mes se le veía salir de su aposento y del caserón al pequeño hombre; una, cuando debía ir a la galería a comprar el mercado para sostenerse por un mes más y unas cuantas Pitayas para conservar el estómago funcionando y otra… claro, para visitar las librerías en busca de los libros que le enseñaban las claves para lograr mantener el éxito en el ocultismo, la Magia Blanca, y en tratados de esoterismo y de Alquimia de los últimos siglos; después… salía corriendo por entre las grutas y los meandros sudados y tupidos de gente de los centros comerciales de San Victorino para tratar de adquirir con los indios del Putumayo y los vendedores de las materias primas clandestinas inmundas, todos los ingredientes que le hacían falta para tratar a sus pacientes aprovechando para comprar los insumos de experimentación y prueba en busca de la famosa Piedra Filosofal y la preparación de cantidades fantásticas del mismísimo oro…

Esa calurosa mañana, después de llegar de hacer las compras del mes y de eso también aún se acuerda muy bien, que después de cambiarse de ropa y ponerse su bata blanca de doctor, su tapabocas y sus guantes blancos, prendió la estufa de gasolina para que se fuera calentando y enseguida alistó cuidadosamente los materiales que tenía guardados para elaborar la importante pócima en busca de por fin dar marcha o mejor dicho despertar el adormecido noventa por ciento del lóbulo izquierdo de su celebro, fórmula que le tenía motivado y que encontró por accidente en una de las recetas que proporcionaba San Cipriano en su libro místico “Ritos y Sortilegios para desarrollar la mente, el celebro y la sapiencia en un humano”.

Después de añadirle diez gotas de zumo de chulo recién nacido a diez pelos de gato virgen, lo revolvió muy bien y le adicionó diez gramos de lágrimas de cocodrilo y las tres gotas de babas de caracol. Hirvió todo revolviéndolo de vez en cuando por alrededor de una hora antes de dejarlo orear por otra media mientras que en otro sartén batía medio frasco de los orines de un caballo recién levantado. En el otro quemador, tenía calentando a fuego lento un cafecito que pensaba tomarse acompañado de un pan como medias nueves después de beber la pócima.

 

Se paró en medio de la estrella de David que tenía pintada en el suelo mirando al norte y luego de recitar la frase mágica con que debía acompañar la toma, el profesor Kendoqui levantó la totuma con el preparativo aún caliente y se lo sorbió de un solo envión… todo…sin dejar en la base del totumo una sola gota; inmediatamente sintió el pesado sopor del que también se acordaba muy bien y que se le convirtió primero en un largo bostezo, luego se le fue trasformando en ese pesado sueño que aun recordaba gratamente, el mismo que se fue alargando más y más hasta que finalmente se convirtió en… eterno y es hasta ese preciso momento que tuvo el don del recuerdo y de ahí y por un tiempo aproximado de dos días se le borró totalmente la película de su existir y del estar en este mundo de los vivos; él mismo lo mencionó en su tiempo con un… “…y hasta ahí me acuerdo…”

 

El desdichado Profesor nunca se percató de lo sucedido en esa calurosa mañana después de tomar el bebedizo que lo privó adormeciéndole hasta los tuétanos sin advertir que la estufa a gasolina había quedado calentando el que sería su último cafecito, pero la bendita tanqueta continuó sin ningún deparo cociendo la olleta vacía después de rehervir el café que al derramarse apagó por completo el quemador. Los gases liberados por el combustible de la estufa sin apagar comenzaron a recorrer muy despacio la pieza, luego cuarto por cuarto; y como un fantasma fue subiendo transparente y languidosamente por las escaleras hasta el primer piso transitando por toda la fábrica de pólvora, los pasadizos y los patios, luego se fue remontando al segundo piso cargando y llenando del pesado gas inflamable cada rincón y cada espacio del anticuado caserón; arribó al fin al tercer piso donde la inocente dueña de la polvorera cambiaba la velita con que alumbraba el cuadro de Santa Bárbara, patrona de los fuegos artificiales y de todo lo que hacía… BOOOOMMMM…y ya se podrán imaginar lo que aconteció en ese momento…

 

Dos días después sintió que una fuerza extraña lo reseteaba. Al abrir los ojos, ya no se encontraba allá en el subterráneo de la vieja casona del cerro que fue prácticamente borrado del mapa sino unos trescientos metros más abajo, adonde fue a caer su lisiado espíritu, o mejor dicho su aporreado fantasma. Trescientos metros abajo de la loma, adonde precisamente quedaba ubicado el anticuado,  enorme y siempre cercado de bosques Hospital San Carlos.

 

Según el mismo profesor Kendoqui, había conseguido con este cambio repentino y positivo la perfección total, al conseguir la ansiada eternidad sin tener que morir ni vivir en un cuerpo lleno de desperfectos y de hambre, de enfermedad y dolores, de envidias y de deseos insatisfechos y aunque creía acordarse muy bien de la receta utilizada para volverse todo un fantasma ya no tendría que preocuparse por tener que prepararla una y otra vez o de vender la fórmula a alguien más.

Ahora el presente, el pasado y el futuro ya no eran importantes para nada en absoluto y eso le hacía feliz. Sonrió cuando pensó en que no tenía que comprar más mercados ni pedir rebaja en las Pitayas para su estreñido, sonoro y oloroso estómago; y esta vez por fin habitaría en una nueva casa, blanca y espaciosa, sin tener que preocuparse por los cobros de arriendos, ni más servicios, ni más vecinos cansones y chismosos.

 

Al principio recorría a diario los largos pasillos del hospital sintiéndose otro doctor más, erguido y con las manos atrás aprovechando la bata, el tapabocas y los guantes que quedaron acondicionados a su cuerpo como si fueran parte de su misma piel y para siempre… blancos como la nieve o mejor dicho… como una nube.

Su nueva condición le había comenzado a gustar sobre manera ya que irónicamente se había vuelto un poco más… humano… conociendo a diario y de cerca el dolor de las personas al igual que el amor de la familia, el cual él no quiso disfrutar en vida; además le permitía no solo aprender con respecto a las operaciones, trasplantes, partos, y otros procedimientos, sino también de la prescripción de los medicamentos y muchas maneras de hacer terapias para alargar el buen funcionamiento del corazón o de los pulmones. En sus tiempos libres se daba cuenta desde los problemas personales del director del hospital, hasta de las sábanas que colocaban en las camas sin siquiera lavar, de la comida que los pacientes dejaban en los platos sin tocar y que eran vendidos a restaurantes cercanos para elaborar las empanadas, las papas rellenas y los pasteles de yuca. También estaba al tanto de los amoríos entre las enfermeras y los médicos, entre las aseadoras y los ascensoristas y de los choferes de las ambulancias con las secretarias de las oficinas.

Al no tener que dormir y pasados los años, había comenzado a extrañar a alguien con quien recorrer el enorme dispensario, como había aprendido en esos largos años que lo hacían los enamorados. Esos enormes pasillos y extensos salones que de noche quedaban enteramente desocupados y totalmente suyos y que por alguna razón se hacían más grandes y bellos estando tan oscuros, solos y callados; de igual forma quería contemplar acompañado por ese alguien, toda esa cantidad de atardeceres desperdiciados y que se iban sin mirar perdiéndose cada tarde, cada mes y cada año desapareciendo en silencio tras el doloroso sonar de las campanas de la pequeña iglesia que se construyó sobre el campo santo donde moraba en vida en medio de los espesos follajes verdes y amarillos de los grandes Eucaliptos Pomarrosos y Nogales que el bosque mantenía por cientos de años tan exuberantes y llenos de vida.

Un buen día y pasados muchos años, recorría la sala norte de urgencias cuando de repente una auxiliar en enfermería dejó caer una pesada bala de oxígeno por accidente cerca de donde iba caminando. El profesor Kendoqui de inmediato y por fuerza de los reflejos que aún mantenía innatos se inclinó rápidamente tratando de no dejar pegar contra el piso la botella de gas y vaya sorpresa… fue capaz de detenerla antes de que cayera agarrándola entre sus manos… o mejor dicho entre sus guantes blancos. Y… la puso de pie.

Un voluminoso grito agudo recorrió de un lado a otro el enorme bloque sur dejando tanto al cuerpo médico como a pacientes, encargadas de la limpieza, visitantes y demás personal, absortos mirándose los unos a los otros con la pregunta en el aire… de lo ocurrido.

 

El profesor Kendoqui, había conseguido otro más de sus grandes avances… permanecer en el mundo de los espíritus, pudiendo ingresar transitoriamente al de los vivos. Se dedicó a poner orden primero, a los médicos que insistían en tocar las nalgas a las enfermeras hermosas. Les soplaba en la oreja o les movía alguno de sus elementos hasta que comprendían y dejaban de hacerlo; a los enfermeros que tenían a más de una practicante en enfermería de novia burlándose de las ingenuas, cuando se encontraban peinando sus cabellos o arreglando sus delicados rostros, llenaba de vaho el espejo en frente de ellos mismos y les escribía con el dedo… “chino coqueto”… por supuesto, esto hizo que muchos dejaran de molestarlas y se convirtieran en hombres maduros y serios. Así se fue arreglando paulatinamente el servicio de este hospital situado al sur de la capital hasta el día en que fue declarado como el mejor Centro Hospitalario de Bogotá… en ese año, por supuesto.

Una tarde en que pensativo se paseaba deleitando el canto de los trepatroncos y los gorjeos de las palomas a través de los Cucharos y Quicuyos que preceden el edificio, vio a lo lejos a una hermosa criatura de pelo largo y rubio pero que extrañamente el viento no movía, sentada sobre una piedra. Se acercó a ella al escucharla dialogar con unas flores de color ambarino y grana que habían brotado y florecido solas en un lugar apartado sin que nadie las regara. .- “…Porqué motivo las tengo tan cerca de mí, siendo tan frescas y bellas… y aun así no puedo tocarlas… o tan solo olerlas….”…

Y esto fue ni más ni menos, lo más importante que jamás pudo, puede o podrá recordar por el resto de los siglos. El profesor Kendoqui en ese momento quedó pasmado y sin nada que decir; simplemente atinó a dejar aclararse la garganta para tratar de llamar su atención…– “Ejemm..”- La hermosa mujer volteó a mirarlo de inmediato y también sorprendida con los ojos apagados y al mismo tiempo fulgurantes. Entonces fue en ese momento, en ese preciso momento en que supo que ella también se encontraba inmersa dentro de su cosmos, atrapada en el tiempo, convertida en un fantasma… y al igual que él…para el mundo de los vivos…estaba muerta.

 

FIN

omarorjuela@hotmail.com

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

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