El color de las risas. Reto – 4.

Reto – 4

¿Recuerdan aquel compañero de curso que decía lo primero que le cruzaba por la cabeza? Ese que no desperdiciaba la oportunidad para hacerse el gracioso. El estudiante que miraba receloso hacia arriba y con sus ojos perdidos en el oscilante ventilador de la clase aseguraba que un día de tantos ese aparato le arrancaría la cabeza a alguien. Sí, ese mismo. El que nos caía mal, pero igual nos sacaba una carcajada de vez en cuando. El enano que a sus dieciséis años no alcanzaba el metro cincuenta de estatura; ese era yo.

 

En una ocasión, mientras cursaba el cuarto año de secundaria, varios profesores nos citaron en un aula cualquiera para hacer la entrega de los títulos del curso anterior. Nada elegante. Los pupitres se habían alineado a los bordes de la clase dejando tan solo las sillas en el medio, de frente al amplio escritorio de los profesores. No había mucha concurrencia, era un programa educativo nocturno y los citados apenas sobrepasaban la docena de estudiantes.

 

Tomé mi lugar junto a mi primo Alejandro. Di un ligero codazo a Adrián que estaba sentado a mi derecha y saludé con un ademán a Ángel, quien se encontraba un poco más lejos. Pronto empezamos a escapar de la espera haciendo un recuento de los apodos de los profesores. 

 

No me había perdido de nada. El profesor de Biología revisaba algunos papeles; rascándose su escaso cuello dio un sorbo a su café y me saludó con un movimiento de cabeza. La maestra de Inglés me recibió con una cálida sonrisa mientras apilaba los títulos sobre el escritorio, y la profesora de Educación Cívica se limitaba a mirarnos con aburrimiento.

 

La ceremonia duró muy poco. Nos llamaron uno por uno, tomamos el cartón y volvimos a nuestro lugar. Aprovechamos mientras llamaban a los demás para seguir con nuestra vacía conversación. El tema principal: el escote de la señora Martínez. Teníamos claro que ese corpiño puntiagudo le sacaría los ojos al profesor Guillermo tarde o temprano. 

 

De pronto nos pidieron guardar silencio. Estaban por anunciar al estudiante más destacado del grupo. Entre risas ahogadas empezamos a especular sobre ese ratón de biblioteca que había pasado desapercibido entre nosotros. Nadie de la clase era un claro candidato. 

 

El profesor Guillermo levantó su mirada luego de leer un breve discurso. Estiró sus dos centímetros de cuello en busca de su víctima. Miré ansioso a mis camaradas y les dije que estábamos a punto de saber quién era el sapo; fue allí cuando escuché mi nombre.

 

El color se me fue de la cara. La sorpresa me invadió como un trueno.Por un instante se apagaron las bombillas y cayó sobre mí la pesada luz del reflector. El aula parecía más amplia, oscura, vacía. Quedé atónito. Hubo un eterno segundo de silencio. Luego de las palabras que recién había pronunciado sobre mí mismo, no me quedó más que estallar en risa. Mis compañeros se me unieron. Mientras caminaba hacia los profesores descubrí que ellos también reían con cierto disimulo, los miré y les regalé un gesto de aprobación. 

 

Recibí mi premio, una calculadora científica. Exactamente el mismo modelo que había comprado hacía una semana. No pude evitar reírme más fuerte esta vez. Sin duda la vida es caprichosa, y a veces el payaso se convierte en chiste.

 

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Esta entrada tiene 3 comentarios

  1. romina

    Muy bien escrito, no sé si realmente la anécdota sirve para lograr el PG (dibujar una sonrisa en el lector) pero la narración y conexión, muy bien.

    1. gc72942

      En mi si logró dibujar una sonrisa. Disfrute mucho este escrito, logró trasladarme a ese salón de clases y hacerme gozar ese momento. 👌

  2. Muy buena anécdota, me hizo recordar la ironía que a veces nos sucede como alumnos, si me hiciste soltar una risa.

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