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El cambio de una vida.

En mi mente tengo pocos recuerdos totalmente claros de lo que pasó aquél día. Solo sé que un día que aseguraba ser maravilloso, terminó en convertirse en mi pesadilla de la vida real.
Año 2003, sábado en la tarde del mes de abril. Un día soleado, perfecto. Pasaríamos todo el fin de semana en la casa de mi abuela a las orillas del rio. Estaríamos con nuestros tíos, primos y algunos amigos. Jugaríamos el día entero y por la noche encenderíamos una fogata en la playa y todos nos sentaríamos alrededor de ella a escuchar las historias que los mayores contaban. Se suponía de debía ser así pero un pequeño accidente cambió todo.
Nunca he tenido destreza para escalar, lo sé y lo sabía pero los niños no son tan obedientes. Mi papá nos tenía prohibido subirnos a los árboles por eso yo nunca había escalado uno pero esa tarde decidí junto con mis hermanas y primos que podía treparme para conseguir algunos frutos. Tuve un mal presentimiento cuando vi como mis dos primos se subían pero aun así continúe tras ellos, trepando a lo más alto. Sentía miedo pero no quería ser la única que no subiera. Finalmente en la punta del árbol los tres nos sentamos en un una rama y como debimos suponer, este árbol quebradizo no soportaría nuestro peso. Escuchamos la rama resquebrajarse y mi pulso se aceleró al máximo, el corazón me latía a toda prisa y el miedo comenzó a invadirme. Mis dos primos se bajaron rápidamente, pero yo no era tan ágil y el miedo no me permitía moverme. Recuerdo los gritos de todos los niños llenos de temor que me decían que me bajara, pero no pude. Finalmente la rama se partió y caí con ella. Todo lo que yo veía era oscuridad, no recuerdo dolor, no me dolía nada. Podía escuchar gritos y llanto a mí alrededor. Quería abrir mis ojos, lo intentaba con todas mis fuerzas, quería moverme y decirles que estaba bien pero fue imposible. Me rendí y me dejé llevar por la oscuridad.
Cuando desperté estaba en el hospital con mis padres. Caí boca abajo, me fracturé la barbilla. Las piedras del suelo hicieron algunas heridas que necesitaron sutura pero nada más. Mis heridas se curaron y solo quedaron las cicatrices pero unos meses después empecé a tener síntomas extraños. Mareos constantes, dolores de cabeza muy fuertes y pesadillas tan aterradoras que yo creía que eran reales. Me daba pánico dormir con la luz apagada y algunas noches despertaba llorando del miedo sin ni siquiera poder hablar. Estuve en el hospital varias veces pero todos mis exámenes salieron bien. Así que nos acostumbramos a eso, hasta que una noche vino mi primera convulsión. Recuerdo que aún no estaba dormida porque tenía miedo pero empecé a sentir que me trasladaba a otro mundo y pensé que estaba quedándome dormida, hasta que reaccioné. Mis hermanas y mis padres me miraban y me preguntaban que tenía. Yo ni siquiera sabía que acababa de convulsionar.
Me hicieron un TAC cerebral y afortunadamente no había ningún tumor, pero en el encefalograma salió una anomalía. Mi diagnóstico: tenía epilepsia.
El médico dijo que la causa más probable era el golpe por la caída que había sufrido.
No comprendía qué pasaba, ni siquiera podía recordar con claridad mis episodios epilépticos. Pero todos me empezaron a tratar diferente. En el colegio algunos niños dejaron de jugar conmigo y otros se burlaban de mí. Me aislé, siempre estaba sola y lloraba mucho.
Mis convulsiones seguían avanzando, así que estuve interna en el hospital por un tiempo mientras probaban con algún tratamiento y miraban como reaccionaba mi cuerpo. Luego de eso mi vida se volvió dependiente de pastillas y vitaminas, en casa me trataban como si fuera de cristal y yo me culpaba mi misma por todo.
Era muy niña pero es increíble como hay situaciones que te hacen pensar como grande.
Asimilar que siempre seria así no fue fácil, aún no lo es. Nunca sé qué día tendré una convulsión, ni que las provoca, si beber, dormir poco, el estrés, no comer, etc. Aunque puedo sentir cuando viene, por el sabor metálico en mi boca, la sensación de que me estoy transportando a otro lugar, las náuseas, la luces de colores que veo a mi alrededor o el olor insoportable a ácido. Siempre es de manera distinta pero el resultado es el mismo. Un ataque epiléptico.
Hay días en los que me enojo mucho cuando pasa, porque interrumpe mis planes, retrasa mi vida, no puedo asistir a clases o al trabajo. Debo estar en chequeos médicos constantes y eso es realmente agotador. Realmente me cuesta mucho hablar de este tema porque tengo miedo a ser mirada diferente o peor, a ser rechazada. Sin embargo he comprendido que pasar por todo esto me ha hecho más fuerte, siento que puedo lograr cualquier cosa y tengo más ganas de vivir. Agradezco a Dios por cada día y llevo una vida normal. No he permitido que esta enfermedad me limite.

 

 

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