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EL BRAZALETE Y LA CAJA DE PANDORA

EL BRAZALETE Y LA CAJA DE PANDORA

Lemuel – 2018

Giovanni Rosinni, genovés de 75 años. Era un reconocido fabricante de artículos de joyería y trabajaba desde hace más de veinte años en uno de los locales de una anticuada casona que perteneció en el Siglo XVIII al Procurador real de Mallorca Jorge Villalonga o mejor llamado Conde de la Cueva y Caballero de la Orden de San Juan, que al igual que muchos de sus paisanos españoles, debieron abandonar la Nueva Granada y más específicamente Santa Fe de Bogotá por el acoso apremiante de los ejércitos libertadores. A solo unas cuantas calles de la Plazoleta del Rosario en el centro de la capital colombiana laboraba el solitario y huraño orfebre en un espacio oscuro y enigmático lleno de objetos anticuados y un pequeño aviso raído por el paso de los años donde se leía: “Toda consulta causa honorarios”.

Elaboraba no solo las alhajas excepcionales para sus ricos y exigentes clientes sino todo tipo de enseres en plata, oro y metales preciosos con incrustaciones de costosas joyas importadas. Muchos de sus encargos eran para políticos notables y sacerdotes colombo-españoles que de alguna manera lograban conseguir cabello humano o un pequeño hueso de algún santo para insertarlo dentro de un relicario o debajo del ara del altar mayor en uno de los templos en construcción de la pujante ciudad que crecía vertiginosamente entre dos polos, la extrema pobreza y la clase alta; muchos clientes traían prendas de sus familiares catalogadas como únicas por haber correspondido a un linaje de especial estirpe de descendientes de antiguos Virreyes y Comendadores de las coronas Española y Portuguesa. Prendas de mucho valor, que muchas veces venían cargadas con voluntades misteriosas o talladas con extrañas figuras que narraban leyendas fantásticas que se salían del entendimiento del reservado orfebre, quien se había acostumbrado a través del tiempo a acumular cientos de narraciones, muchas veces conservadas a través del tiempo y otras veces reforzadas por alguna que otra razón con el paso de los años. Cierto día llegó a su negocio un extraño individuo de procedencia turca sin algún rasgo en especial que le hiciera sobresalir como extranjero, además de que le apuntaba una larga y fina barba blanca y algo sugestivo en su manera de hablar, quien le pidió a Rosinni que le elaborase un brazalete al que debía instalar alrededor, varios dijes esféricos, los mismos que mostró con cautela y celosamente guardaba dentro de un caja de madera antigua de Pandora. Giovanni Rossini, sin limitar los gastos, pensó que la importante inversión sobrepasaría un trabajo de normal calado pues en su fabricación además de tener que crear algunas molduras, debía confeccionar adornos en filigrana trenzada con delicado cuidado ya que era un oficio muy poco trabajado en la capital y conocido exclusivamente por los pueblos rivereños del Magdalena de la costa atlántica. El turco por su parte y sin pedir rebaja autorizó a Rosinni para fabricar dicha pieza pagándole por anticipado el valor de lo pactado incluso, le proporcionó una extra por lo urgente que la requería.

El Hábil y malgeniado joyero se instaló dentro de su antiguo taller como solía hacerlo cuando de este tipo de pedidos se trataba, cerrando los grandes ventanales de madera por donde alcanzaba a entrar solamente una tenue luz solar, dejando apenas en penumbras la colección de objetos anticuados que no limpiaba del polvo hacía muchos años. Sentía un gusto especial en encerrarse en solitario en ese lugar pues de esta manera se podía aislar del bullicio del paseo central de la Candelaria atiborrado siempre de vendedores ambulantes, de carros, y del rechinante y cargado tranvía que pasaba cada diez minutos en diagonal a la casa. Encendió su lámpara de petróleo, desconectó el viejo teléfono de disco, apagó la radio y ordenó a su asistente por ningún motivo recibir a ningún cliente hasta nueva orden para evitarle distracciones y así poderse dedicar de lleno a fabricar la exigente pieza.

Dos días después, se encontraba inmerso en su trabajo hasta muy entrada la noche sin embargo y pasada la una de la madrugada, creyó escuchar un sonido extraño proveniente de la vieja caja de Pandora que contenía los redondos dijes y que trató de llamar en algo su atención más Rosinni, como cualquier otro italiano parco de descendencia Judía que había tenido que huir de su amada Italia tras la muerte de sus padres en la siniestra dictadura de Mussolini, era experto en todo tipo de sucesos imprevistos, al igual que un completo escéptico ante cualquier situación sobrenatural por lo que siguió inmerso en su quehacer preocupado tan solo por entregar la pieza una semana después.

Otra noche y pasados otros dos días, de nuevo escuchó el rechinar de los redondos dijes dentro del antiguo cofre. Movido más por su curiosidad que por otra cosa, abrió la caja para encontrar que las esferas brillaban de manera inusual. Esa misma noche y sin prestar atención a tal suceso, comenzó a instalarlas cada una en su lugar alrededor del fino brazalete para dos días después, dar por terminado el encargo.

…! Hermosa joya… – exclamó el turco detallando la joya y sonriendo mientras que lentamente movía la cabeza satisfecho. Tanto el orfebre al entregar el pedido, como el turco al recibir la alhaja respiraron con una tranquilidad anormal sorprendidos ambos al apreciar la excelente obra por quedar tal y como si hubiera sido elaborada por un joyero de una prestigiosa casa europea para la mismísima Reina o quizás para un duque de alto linaje Británico.

Rosinni insatisfecho como siempre y después de esta experiencia, continuaba irritado en su taller, inmerso en las tareas y encargos en su oscuro y enigmático espacio oyendo todo el día la radio que relataba los sucesos del acontecer diario de la creciente metrópoli de 800.000 habitantes de principios de los 50.

Las semanas pasaban entre oscuras, heladas y húmedas con amagues de aguaceros errantes y quemantes soles en las tardes de vientos gélidos que hacían que el sombrero, el abrigo y la ruana fueran atuendos usuales entre la población bogotana.

Los días domingos trascurrían aburridos y largos como todos los demás; Rosinni, ataviado con una sudadera de lana suelta y un par de tenis se disponía desde muy temprano a salir a trotar por la carrera séptima o Calle Real tratando de correr junto al tranvía que iba con dirección al norte. A la altura de la Plazoleta de las Nieves, aminoraba el paso para Indagar entre las vitrinas los elegantes abrigos que habían vuelto a importarse desde Londres o París detallando los terminados pulcros y brillantes de las telas con que eran confeccionados al igual que los vestidos para aristócratas y nuevos ricos que se adaptaban con el apremiante cambio del ritmo de la moda por demás sencilla y que se iba desarrollando debido a los nuevos viajeros que iban llegando del extranjero después de la diáspora que tuvo lugar luego del famoso Bogotazo ocurrido tan solo dos años atrás.

Como lo hacía los domingos compró el periódico y luego almorzó en un restaurante en frente al mercado de las pulgas. Al caer la tarde, se recostaba en el Parque de la Independencia alrededor del Tío vivo que a esa hora permanecía abarrotado de niños que jugaban y disfrutaban de los algodones de colores rosados; él aprovechaba para ojear su diario de la primera hasta la última hoja.

Una noticia extraña apareció escrita y la leyó como a cualquier otra. Sin embargo, nunca pensó que incidiera de tal manera en su amarga y desapasionada vida como también… en el futuro cercano.

Una mujer de rasgos aindiados fue encontrada muerta a un lado del cementerio central sin ninguna señal de maltrato. Pensó que muy seguramente era otra más de las noticias de estos diarios amarillistas que pululaban para entonces, compitiendo entre sí procurando el informe más funesto para así atraer a más lectores. Sin embargo, continuó leyendo algo que se convertiría en ese momento en el inicio de su tormento… “…En su mirada se notaba una tranquila y pasiva actitud, una contemplación del amor mismo que tenía a los investigadores intranquilos…”.

No había duda de que quien había escrito dicha frase, conocía la estructura misma del amor expresado en manifestaciones tan aciagas como en la muerte. Cómo era de simple para algunas personas descubrir un haz de luz del esquivo y extraño amor manifestado en tan solo una mirada… una mirada ya sin vida… y… ¿romántica?; ¿…contemplando un más allá donde quizás moren algunos espíritus de órdenes elevados…?.

La tarde pasó y llegó la noche de nuevo fría y sola, Rosinni releía recostado en su lecho una y otra vez la frase como intentando develar alguna otra cosa que le indicara más acerca de los misterios del amor, de por qué se hacía tan distante e indiferente para personas como él al punto de no sentir siquiera por sí mismo el más mínimo afecto, lo mismo que profesaba por la vida y por cualquier otro humano. Se cansó de sintonizar la radio para tratar de encontrar la ampliación de la misma noticia pero le fue imposible. Al final tuvo que dormirse después de dar muchas vueltas y pasadas las tres de la madrugada.

Una semana después. Se encontraba de nuevo en el parque de la independencia tratando de reposar el almuerzo dominical frente al Tío vivo.

Abrió el diario dominguero y de nuevo allí estaba… otra joven asesinada, otra humilde mujer, esta vez frente al cementerio del Sur. Echó una ojeada rápidamente a la columna hasta donde el periodista comenzaba a relatar de forma especial la mirada con que encontraron el cuerpo los investigadores. Y de nuevo allí estaba… otra frase corta pero contundente: “…Esta vez la mirada de la víctima descansaba entre extraña, bella, resplandeciente y majestuosa…”… Un sudor frio recorrió su rostro pensando que ya no era una simple coincidencia… era un recado o mejor, un mensaje directo para su entendimiento, esto era demasiado, ya no era un subjetivo y casual informe y tenía que averiguar con mayor consistencia. Según estas muertes, había una forma de morir lleno de una devoción especial al amor y con un anhelo muy diferente a las demás muertes, mirando a un lugar que irradiaba perenne manteniéndole con un poder misterioso desarrollado y vivo. Nunca había sentido temor en absoluto y menos congojas además, odiaba el reflejar algún tipo de cansancio o aflicción alguna; aunque sus huesos y sus músculos le susurraban a menudo lo contrario pues ya no eran tan sólido como antes y estaba comenzando a sentir que perdía el fulgor de la juventud; el agotamiento le sobrevenía sin pensarlo muchas veces en las tardes o en los fines de semana; sentía con resignación que la muerte se estaba acercando a grandes pasos con su silencio cruel y absoluto. Le habían dejado de agradar muchas de las cosas que hasta entonces creía significantes, en cambio comenzó a sentir una especial atracción por aquellas que le seducían reciente y danzaban por su pensamiento una y otra vez con preguntas como cuál sería la manera de morir de aquellas mujeres… una manera de morir por demás hermosa. La misma que sin duda pretendía para él desde tiempo atrás.

Pasó otra semana y Rosinni pegado a la radio escuchaba impaciente las noticias para saber acerca del asesino que había llamado su atención y seguramente la de muchos de los lectores que vivían quejándose por los daños irreparables que tenían en su corazón o en el alma o con enfermedades terminales o personas a punto de morir pudiéndoles dar un pequeño empujón con tan solo una gota de su pócima bendita, un toque de su mansa mano o con un soplo de su suave aliento; los presos correrían por esperanza y los condenados a muerte de cualquier forma morirían voluntariamente. Él mismo, sería beneficiado con su elíxir para poner punto final y de un solo tajo a su incipiente vida. Duró pegado a la radio esa semana hasta muy entrada la madrugada en busca de ese homicida dotado de tal don, pero no hubo el menor rastro de él ni se escuchó nada al respecto. Esperaba entonces al domingo siguiente para ver si aquel matón afectivo volvía a atacar de nuevo; pensativo y nervioso contaba los días como quien espera una dádiva inmerecida hasta que por fin llegó el día esperado. Como si fuese un rito libertino o más bien viciado, salió como loco en busca del parque de la Independencia y se sentó de nuevo frente al Tío vivo oyendo el relajo que producían los niños con sus padres. Abrió el diario y buscó, y ahí estaba de nuevo; otra foto de una tercera víctima. Sonrió irónicamente buscando la frase como quien busca un calmante que apacigua el desespero de un adolorido. Leyó y ahí de nuevo expresaba: “…Su mirada límpida y solemne, brillante como las manchas del rocío…”.

En ese momento, sintió que se descargaron totalmente su alma y espíritu y por fin pudo respirar otro aire de vida. ¡…Ojalá nunca lo hallen…!, pensó con sarcasmo. Observó la foto. Era una mujer de normal contextura, más pobre que rica, ni bonita ni fea; al igual que las otras dos bienaventuradas, con una mirada brillante y expresiva… muy sugestiva… y entonces el italiano descubrió algo que lo exaltó como nunca nada lo había hecho en su vida…. Entonces gritó:… ¡¡¡…MANNAGGIA… PER LA SANTA MADONNA…¡… ¡IL BRACCIALETTO…¡, ¡ la pulsera¡ … “…el brazalete que él mismo había confeccionado lucía puesto en la muñeca de la mujer asesinada”…. Entonces no pudo resistir la tentación y corrió presuroso a su taller sin creer lo que sus ojos vieron cuando abrió los otros dos periódicos y tuvo que sentarse al verificar que la joya con los dijes de oro y plata que había fabricado en su taller, también se encontraban dispuestas alrededor de las muñecas de las otras dos víctimas. Una sucesión de pensamientos atravesaron rápidamente su mente y especuló primero por llamar al turco, o… mejor a la policía o tal vez…por quedarse callado?,.. No tenía sentido, al fin de cuentas no podía hacer mucho pues se trataba de un cliente más que había encargado un pedido y lo había pagado…sumado a que no podía acusarlo después de que era reconocido por su discreción y prudencia y cuidaba de la reserva de sus clientes con celo absoluto, indagó entre sus libros por la copia de la factura y efectivamente allí la encontró escrita con la dirección del turco. Se paró en frente del espejo y se preguntó por última vez si estaba dispuesto a morir de tal forma… ¡…entonces se acomodó de inmediato un traje informal y sobre él un gabán, luego su sombrero y salió en busca del extraño ser a tiempo en que se acercaba la noche…

Una aldaba de cabeza de león adornaba la enorme puerta de roble que antecedía la gran mansión en medio de un tupido bosque en el Barrio Teusaquillo. Tocó tres veces y una pequeña dama de muchos años, abrió la puerta e hizo seguir a Rosinni que veía con asombro los lujos que contenía aquel palacio. Le acompañó hasta el despacho donde se hallaba el turco fumándose un puro y mirando por el ventanal. Rosinni con un poco de temor en ese momento y con la cabeza llena de pasiones se acercó.

  • Sé qué motivo le trae señor Rosinni. – dijo el turco calmadamente.
  • ¿…Hay algo que usted pueda hacer por mi…?… preguntó Rosinni con una mezcla de modestia y expectación…
  • El amor…señor Rosinni… el amor…sabe usted, ¿en qué vasto universo… fue creado el amor correspondido?… o el amor desesperado… es igual señor Rosinni… pero inmenso, oscuro y misterioso como el pensamiento mismo… Las tres jóvenes que durmieron… no han muerto… tan solo volaron como flechas atravesando los rayos de la luna hacia el infinito mismo, colgándose del aire, soñando y deshaciéndose en la bruma de los tiempos sin un cortejo de espíritus, duendes o demonios como a los seres que habitan los mundos nocturnos. Conocí de muy joven señor Rosinni… de la existencia de una semilla de color púrpura que crecía muy lejos, al oriente del mundo y que tenía el poder misterioso de darle paz y descanso al exasperado amor y al más odiado de los individuos. Machaqué la semilla entre mis dedos de modo que el néctar que salió lo puse entre los tres dijes que vibraron entre sí como cuerpos geométricos perfectos y de oro y plata por ser metales dotados de hermosura plena; estos materiales fueron dispuestos especialmente para elaborar un brazalete algún día, en algún lugar del mundo donde faltara la fuerza de la unión entre los pueblos… Pero allí mismo, en ese lejano oriente donde existe un universo lleno de fantasías y secretos, me topé un buen día en un ensordecedor mercado Persa con la caja de Pandora. Según la mitología griega, fue una venganza de Zeus como parte de un castigo a Prometeo por haber revelado a la humanidad el secreto del fuego. Hasta entonces las familias de los hombres, habían vivido libres del mal, no sujetos a un trabajo gravoso, y exentos de la torturante enfermedad. Por accidente fue abierta la tapa y en seguida volaron del recipiente innumerables males que se desparramaron por la Tierra. Mas oculto en el fondo de la caja había quedado un único bien: la esperanza.

La vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, la plaga, la tristeza, la pobreza, el crimen; todos los males del mundo se habían extendido por la tierra y sólo la esperanza quedó oculta en el fondo del arca.

Por la fuerza del destino y al igual que usted señor Rosinni, llegué a estas tierras adonde usted sabe muy bien que reinaba el encanto de una vida sin congojas y la paz se paseaba descalza de un lado para otro, libre y sin miedos. Llegué aquí con la ilusión de vivir tranquilo en un lugar humilde y lleno de riquezas naturales apartado de los alborotos del primer mundo y sin sospechar, por supuesto, que tendría que utilizar un día el poder de los dijes en algunos individuos que lo requerían como consuelo. Aquí donde existió la fortuna de hallar felicidad, es hoy donde muchas personas sobreviven con el corazón roto, herido o lacerado, aquí donde muchas personas perdieron parte de sus familias debido a la violencia y no piensan a diario más que en su propia tristeza perdiendo la esperanza y el deseo de vivir. Antes de que se iniciaran estas largas y angustiosas noches de violencia, de dolor, de enfermedades y de incomprensión, cada una de ellas llegaba sin contratiempos a la vejez y amaba tal vez por alguna clase de magia o sencillamente por la misma fuerza del amor sincero. Hoy ofrezco a las almas solitarias y calladas la oportunidad de amar sin prejuicios, ni dolor, sin más ataduras y de no recordar más. Es un paso muy sencillo de lograr señor Rosinni, se debe contar únicamente con la fuerza de quien toma esta difícil pero sabia decisión, así como es acompañada de una simple y pequeña copa de vino para luego portar el brazalete imperturbablemente hasta el lugar donde se decide sucumbir de esta vida. Los dijes del brazalete vibrarán intensamente con el cuerpo adormecido y volverán solos y de nuevo a través de los rayos de la luna en una noche fresca, hasta reposar de nuevo en su estuche; en la caja de Pandora. A donde se recargarán de esperanza.

…La muerte de los enamorados… señor Rosinni, así resolví llamar a este tipo de muerte… porque queda grabada en los ojos de los mortales, en aquellos quienes dejan de existir calmando sus terribles penas y teniendo en adelante el encanto tibio y duradero de una paz infinita.

La luna paseaba sus ensueños por entre los reflejos de las ramas y la noche llenaba todos los rincones. El turco le ofreció a Rosinni una copa de vino que era la preparación para el largo viaje…él la tomó. La cabeza de Rosinni comenzó a dar vueltas y más vueltas sintiéndose entre ebrio y extasiado; miraba, se agitaba, temblaba y palidecía; la luna se puso un poco intranquila y de repente Rosinni sonrió pícaramente al sentir que el turco introducía en su muñeca el brazalete con los dijes que brillaban como lo notó aquella vaga noche en su taller dentro de la caja de Pandora. Rosinni inclinó su rostro y escuchó de nuevo al turco…

  • Lo que vea en adelante, tómelo con amor verdadero… dormirá a partir de unas cuantas horas el sueño que siempre anhelaba… que es el mismo de los Silfos y de las Hadas que vuelan entre los rayos de luna y las nubes.

El bosque estaba tranquilo y Giovanni Rosinni salió de aquella extraña morada rumbo al camposanto donde quería que reposara su marchito y cansado cuerpo. Caminó tal y como si fuese un sonámbulo sin pensamientos ni sentidos muy despacio y por algún tiempo con lo que le quedaba de fuerza y con total resignación hacia su cita personal con su fallecimiento … sintió lejano el rechinar de una puerta al abrirse, luego se desplomó como una pluma y sin sentir ningún dolor rogó que el sueño viniera pronto sobre él; entonces sintió un torrente de pasión que le invadió por completo su ser al darse cuenta de que se encontraba donde quería morir siempre; en el oscuro y enigmático taller donde había vivido y trabajado por años; en ese momento y después de que dos sendas lágrimas recorrieron sus arrugadas mejillas enjuagando sus cuencas y córneas hasta quedar límpidas como un cristal, sintió satisfecho que se unía a las tres durmientes en espíritu; a partir de ese momento Giovanni Rosinni se puso a soñar con los ojos abiertos, libres y francos de felicidad. Dos noches después, los dijes estaban de nuevo dentro de la Caja de Pandora y la luna había recuperado totalmente la calma.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

omarorjuela@hotmail.com

Soy trasplantado dos veces de riñón y he perdido los dos trasplantes gracias a que en Colombia no dan los medicamentos para conservar el trasplante funcionando a tiempo. Me encanta escribir, pintar, y compongo musica en arpa, piano, guitarra y cuatro llanero. hago poemas y me gustaria participar de su grupo. He lido todos los libros de Carlos Cuauthemoc y me encantan.

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